PILAR GARCÉS
Si el mundo fuese perfecto, el fundador de Wikileaks sería un personaje de Stieg Larsson. Al padre de la trilogía «Millenium» nunca se le hubiese pasado por la imaginación crear a un Julian Assange que no amase a las mujeres, o que no fuese amado por ellas. Pero Larsson se murió joven de un infarto sin poder disfrutar de su éxito, y al dejarnos huérfanos de más peripecias de Lisbeth Salander nos encontramos con que la valiente hacker justiciera se ha reencarnado defectuosamente en un editor australiano aventurero y sin complejos, que ha puesto en solfa a las grandes potencias políticas y económicas. Un tío que no acepta un «no» como argumento, sea bajo la premisa «los secretos de Estado no se pueden revelar», o en el más doméstico «cariño, no me apetece; quítate de encima ahora mismo». En pleno acoso a su persona y al trabajo del contenedor cibernético de documentos clasificados que dirige, quienes desean verle fuera de combate le han encontrado un flanco débil en las denuncias de dos mujeres suecas con las que se acostó, y que le acusan de presuntos abusos sexuales porque no quiso parar el coito cuando se lo demandaron. Al preguntar la Policía a Assange si ellas habían rechazado sus avances sexuales, contestó: «Alguna vez... pero nada que fuese anormal».
Qué será lo «normal», en su opinión. Vaya usted a adivinar. Nada es «normal» en Assange, ni su biografía nómada, ni su activismo feroz, ni la forma en que se está riendo de Europa y los EE UU, a dos carrillos, ni el inmenso respaldo que tiene, ni la forma en que ha desatascado los canales de la información a base de dinamitar diques viejos. Puede que por todo ello, Suecia, apremiada por sus aliados, le está persiguiendo sin tregua. Puede que se trate de la venganza de dos mujeres despechadas que desean poner en la picota al dueño de la picota, y que hilan muy fino al defender su libertad sexual y su propia estima. A un héroe no se le debe exigir necesariamente santidad, pero sí respeto a la integridad ajena. Una posible violación no es un delito que se pueda dejar correr porque el sujeto se llame Polanski, o sea, un Robin Hood que roba documentos a los poderosos para mostrárselos a todos los ciudadanos. Si lo ha hecho y se demuestra, tendrá que pagar. Abogados no le faltan. Y sentido de la honradez se supone que tampoco. Ahora, en libertad bajo fianza, descansa en la mansión de un millonario mientras la tarea de Wikileaks continúa y su fama se agiganta.
Se ha repetido hasta la saciedad que a Al Capone, inasible en múltiples crímenes de sangre, le pillaron por evasión de impuestos, y que, de una manera u otra, acabó en la cárcel. No es una justicia para sentir mucho orgullo, ni creo que pudiera funcionar como vía rápida de aplacar a Assange. Un tipo que va camino del mito a toda prisa, y que tendría que pararse un minuto para explicar su concepto de lo «normal» si quiere seguir adelante.