Festival de Cine: la ignominia y la Reina de Corazones

Las malas formas y el oscurantismo en la destitución de José Luis Cienfuegos al frente del certamen cinematográfico gijonés

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Festival de Cine: la ignominia y la Reina de Corazones
Festival de Cine: la ignominia y la Reina de Corazones  

PACO ABRIL Durante el último Festival de Cine de Gijón, me tocó una mañana ponerme a la cola delante del teatro Jovellanos, misión que afronté con entereza, tesón y un buen libro. Esperé allí durante dos largas horas para luego no conseguir entradas. Quienes aguardaban en la paciente fila comentaban que aquello convenía organizarlo de otra manera con el fin de dar más agilidad al «despacho de boletos», como muy bien lo expresó una latinoamericana tres puestos más adelante. Sin embargo, esta pequeña molestia no disminuyó ni un ápice el interés de todos cuantos deseábamos poder tener ocasión de disfrutar de un cine diferente, imposible de contemplar en los circuitos comerciales. Nadie protestaba, muy al contrario; allí, en aquella espera, pude comprobar el enorme y progresivo atractivo que posee el Festival Internacional de Cine de Gijón, pues lleva años llenando las salas hasta la bandera, lo que supone un mérito indiscutible.

Por eso sorprende la fulminante y repentina destitución del director de un acontecimiento que, con escaso presupuesto, ha conseguido romper el mito de que la gente ya no quiere abandonar la comodidad de ver un vídeo en casa para acudir a las salas cinematográficas.

Y sorprende, sobre todo, por dos motivos.

El primero, porque los nuevos gobiernos, local y regional, del mismo tinte político, habían dado, hasta el momento, signos evidentes de propiciar su continuidad. Es decir, reconocían el buen funcionamiento, la gestión y la programación del Festival y, por lo tanto, no se dudaba de que el director seguiría en su puesto, aunque se preveía, eso sí, una reducción de la dotación económica, que afectaría a la próxima edición. Choca también esa decisión, porque la alcaldesa de Gijón entró en el Ayuntamiento por la puerta grande de la humildad, anunciando que iba a dialogar, que iba a escuchar, que iba a explicar, que iba a actuar con total transparencia en todos los asuntos municipales. Ése sería su estilo y el de sus ediles. Sólo le faltó decir como León Felipe: «No sabiendo los oficios, los haremos con respeto».

Y esas expectativas creadas nos llevan a la sorpresa del segundo motivo: el de las contradictorias, irrespetuosas y oscuras maneras utilizadas. Quiero dejar patente que aquí no se discute lo que es evidente, esto es, que cualquier partido político puede elegir a aquellas personas que considere que son las más adecuadas para desarrollar su programa, como siempre hicieron los que accedieron a gobernar.

A lo que ningún partido que ocupe el poder en una democracia tiene derecho es a actuar con malas formas, a portarse de manera despótica, a no dar explicaciones. Los representantes políticos deben responder, no a su ego ni a su grupo, sino a todos cuantos vivimos en la polis. Y cuando se olvidan de ese básico principio democrático y no tienen la dignidad de reconocer su error, no están atentando sólo contra la persona perjudicada, sino contra todos los ciudadanos y ciudadanas.

Deploro ese comportamiento despótico, lo mantenga quien lo mantenga. Y sé bien de qué hablo porque lo he sufrido en mi propia carne, aunque ahora no sea el momento de contarlo.

Terribles tiempos estos en los que quienes nos mandan imitan a la Reina de Corazones de «Alicia en el País de las Maravillas», pues cuando se enfrentan a alguien que no es de su querencia, en vez de argumentar, razonar o pensar, gritan con furia ciega: «¡Que le corten la cabeza!».

Y en vez de tener el coraje de explicar sus decisiones, nos lanzan cortinas de humo para hacernos ver visiones. Y se obstinan, tratando así de tapar su perversidad, en lo que no se discute. Insisten en que están en su derecho a nombrar a la persona que les plazca, lo que nadie cuestiona, o que quien va a sustituirlo es un genio del Séptimo Arte y hay que darle una oportunidad, lo que tampoco es objeto de discrepancia.

Si se ha desatado general indignación por esta destitución no ha sido sólo por la decisión que se ha tomado, sino por cómo se ha perpetrado, pues no ha habido diálogo, ni escucha, ni transparencia, ni respeto, ni explicación alguna.

Debemos oponernos a la ignominia, la realice quien la realice. Cualquiera de nosotros, sin excepción, puede ser el próximo en sufrirla.

Tengan en cuenta las almas dormidas este poema de Bertolt Brecht:

«Primero se llevaron a los comunistas, / pero a mí no me importó, / porque yo no lo era. / Luego se llevaron a unos obreros, / pero a mí no me importó, / porque yo no lo era. / Luego apresaron a unos curas, / pero como yo no soy religioso, / tampoco me importó. / Ahora me llevan a mí, / pero ahora es demasiado tarde».

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