El espíritu de las leyes

Una tragedia nacional

La catástrofe colectiva del paro como símbolo del fracaso del sistema económico, político y educativo

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Una tragedia nacional
Una tragedia nacional  

RAMÓN PUNSET
CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL
Sobrecoge el ánimo más templado el dato de que en España, de acuerdo con la encuesta de población activa, hay casi 5.300.000 parados, no descartándose alcanzar los 6.000.000 este mismo año. Semejantes cifras -para nuestra vergüenza las más altas, con mucho, de los estados miembros de la Unión Europea- no sólo reflejan una catástrofe colectiva. Evidencian, asimismo, el fracaso de nuestro sistema económico (pero también político y educativo) y, con la ineptitud de tal sistema, su intrínseca inhumanidad. Son igualmente números que encierran una amenaza de quiebra de la legitimidad institucional y de deterioro de nuestra convivencia pacífica y libre. Y sobre todo: testimonian otras tantas tragedias vitales, envueltas en carencias materiales básicas y en sufrimientos psicológicos. Igual que el terrorismo, el paro conlleva crueldad y frustración traumática de las expectativas de las víctimas directas y de sus familias.

De ninguna manera podemos aceptar esta situación como un hecho fatal o como un fenómeno equiparable a los de la naturaleza. El ser humano no forma parte de un hormiguero en el que tanto da un individuo que otro porque lo que importa es la preservación de la especie. Según la tradición filosófica y religiosa de Occidente, cada existencia personal resulta irrepetible y posee un significado propio, pleno de valor y de sentido. Como proclama la Constitución, la dignidad de la persona es uno de los fundamentos del orden político y de la paz social. Consiguientemente, los parados, damnificados por un sistema político y económico particularmente ineficaz e injusto, poseen una dignidad personal inalienable, aunque ellos, también aquejados a menudo del síndrome de Estocolmo, cabe que padezcan en su autoestima y crean cada vez más en su inutilidad para el conjunto del país, mientras ven las orejas al lobo de la exclusión.

Por otra parte, el paro es, desde siempre, un rasgo estructural de la llamada economía de mercado. El diario «The Times» del 23 de enero de 1943, cuando sobre Gran Bretaña caían chuzos de punta, decía: «Después de la guerra, el desempleo ha sido la enfermedad más extendida, insidiosa y destructiva de nuestra generación: es la enfermedad social de la civilización occidental en nuestra época». Antes de que esa enfermedad volviera para quedarse y arrasar el presente y el futuro de tanta gente, hubo, no obstante, un período de pleno empleo en Europa entre 1945 y 1972. Fue el momento álgido del Estado de bienestar. Con posterioridad, las crisis energéticas, la hegemonía ideológica neoliberal, el hundimiento del bloque soviético y los excesos del capitalismo financiero, insuficientemente controlado por el poder público, han desembocado en la grave depresión actual, cuyos efectos destructivos son especialmente graves en España, a causa, principalmente, de las singularidades de nuestra estructura productiva, aún débilmente conectada con la innovación científica y tecnológica.

Desaparecido hace dos décadas el intranquilizador fantasma comunista del rancio bolchevismo, que favoreció las mejoras sociales en los países capitalistas, y gravemente herido por la globalización el ideario socialdemócrata, a las clases populares lisa y llanamente se les ha perdido el respeto. Se han impuesto, pues, las recetas del ultraliberalismo: austeridad radical de las cuentas del Estado (menos para reflotar entidades financieras en apuros), disminución de las prestaciones sociales, recorte de salarios y precariedad laboral. La política económica imperante en la Unión Europea, impuesta por Alemania, gira, en efecto, sobre la obsesión de competir en el mercado global. Pero, como escribía hace años Norman Birnbaum, «siempre habrá alguna zona del mundo en la que la producción de bienes y servicios sea más barata que en las democracias industrializadas, por lo que no existen límites para la reducción de los salarios y la eliminación de puestos de trabajo».

En realidad, y si bien se considera, estamos gobernados por feroces ideólogos. El mero sentido común nos indica que una política de simple contención brutal del déficit público conduce derechamente a más recesión y más paro. El eminente economista J. K. Galbraith dejó dicho, en su última obra y a modo de conclusión de una larga vida dedicada a la ciencia económica, que «el único remedio fiable para la recesión es una demanda sostenida por parte de los consumidores», ya que «una recesión exige un flujo constante de poder adquisitivo». Vamos, por tanto, en dirección contraria.

El caso español tiene su específica dosis de dramatismo, porque aquí fallan también la educación, la innovación tecnológica y la eficacia gubernamental y administrativa. Como observaba el historiador de la economía Joel Mokyr, «es mejor legar a nuestros hijos y nietos un Estado educado que un Estado sin deudas».

Bueno, en general, tal vez lo que sucede es que nos hallamos los europeos al final de un largo ciclo histórico: el del mito del progreso permanente. Quizás acierte Josep Fontana cuando, lúgubremente, nos advierte de que el programa modernizador iniciado hace 250 años, en el Siglo de las Luces, está próximo a su agotamiento. Y ello no sólo en lo que se refiere a la economía, sino también como proyecto de civilización.

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