Madame directora

Los lujos de Christine Lagarde, una provocación en tiempos de austeridad

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ISABEL VICENTE Leía el otro día un artículo sobre Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, es decir, una de las mujeres más poderosas del mundo. Tras haber ocupado varias carteras ministeriales en Francia, incluida la de Economía, aprovechó la defenestración de su antecesor Dominique Strauss-Kahn por aquel turbio escarceo con una camarera en un hotel de Manhattan, para lograr situarse al frente de un organismo que, entre otros menesteres, se ocupa de ajustarnos el cinturón para sortear la crisis. «Madame directora», como al parecer la llaman sus subordinados, aparenta los 56 años que tiene debido en gran medida a su pelo totalmente blanco y a su poca propensión al maquillaje, lo que no le impide destilar esa clase y estilo de chica bien francesa que estudió en sus tiempos mozos con la mismísima Jacqueline Kennedy. Dicen que ni fuma ni bebe ni come carne; que es muy trabajadora, ambiciosa e inteligente. Tras dos matrimonios fracasados a cuestas y dos hijos, mantiene desde hace varios años una relación con un empresario marsellés al que, desde que se mudó a Washington, sólo ve una vez al mes, y que debe tener un punto canalla a tenor de la confesión que ha hecho ante la prensa de que él se ocupa del PIB, «placer interior bruto», de su novia. En cuanto a sus aficiones, además de practicar la natación sincronizada cuando era joven, le gusta el submarinismo, el yoga y la jardinería. Al margen de que sea una defensora del neoliberalismo económico, que para eso está donde está, nada más que decir de esta mujer hasta que te paras en sus bolsos, su ropa y su tren de vida. A ver. Lo primero que hizo esta mujer cuando fue nombrada al frente del FMI fue subirse el sueldo hasta los 418.000 euros anuales, un 11% más que su antecesor. No está mal para un organismo que nos obliga a mantener una austeridad mayor que la de un monasterio cisterciense. Pese a su discreción, es habitual verla con trajes de Chanel y es una amante de las joyas, algunas de precios prohibitivos. Tampoco escatima en su vivienda. Al llegar a la capital estadounidense alquiló, cuentan, un apartamento de una habitación por 5.000 dólares al mes y luego compró un piso en una exclusiva zona cerca del edificio del FMI. Nada de todo esto resultaría extraño en otra época ni lo sería ahora si fuera una actriz o una empresaria de éxito. El problema es que ella simboliza la austeridad y los recortes draconianos en una Europa cada vez más empobrecida, por lo que no estaría de más que, antes de defender en público nuevos ajustes para Grecia, se deje en casa el bolso de Hermès cuyo precio no baja de los 6.000 euros. Más que nada por no provocar.

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