Dando caña con coña

Juan Ramón, punto final

Echo en falta la última biografía del decano de los periodistas de Asturias

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Juan Ramón, punto final
Juan Ramón, punto final  

LADISLAO DE ARRIBA No quiero leer una palabra más sobre nuestro amigo Juan Ramón Pérez Las Clotas. En casa ya no nos quedan más lágrimas que llevar de la emoción al pañuelo. Todos los necrologistas han hecho que rebrotemos antiguas vivencias. Algunos me han citado a mí como «amigo del alma». Rufo Gamazo describió muy bien la agenda madrileña de J. R. en los últimos años. J. R. decía a Mari Carmen, su hermana, que venía a Madrid a pagar los gastos mensuales devengados por la comunidad de propietarios de piso en la Ciudad de los Periodistas. Mari Carmen, muchos años funcionaria de Hacienda, sabía sobradamente que la transferencia bancaria y el giro postal ya estaban inventados hacía tiempo. Venía a ver a su gente de los Madriles: A Rufo, a Félix, a Arturo Fernández y siempre reservaba algún almuerzo para Lola, mi mujer, y yo, y alguna cena con la peña asturcona de El Mesón del Conde. Los más afortunados con su visita mensual eran los libreros de lance del Madrid castizo, y su entrañable vecino, condiscípulo y compañero de andamio Rufo Gamazo. Tanto Gamazo como yo le visitábamos en Córdoba, Valladolid, Santander y Lisboa (a La Habana no llegué a ir por razones económicas).

En Portugal vivió sus mejores años de holganza, rebosante de salud, con un automóvil deportivo, amigo de diplomáticos, de espías, y adulones que iban a dar la cabezada a Estoril a un hijo de rey que nunca llegó a reinar. (En Tavares tomamos copas con Juan de Borbón, Humberto de Saboya y Simeón de no sé dónde).

En el Casino descubrimos a franquistas apostólico-romanos dejar la piel en la ruleta, pues en España aún no estaba autorizado el juego.

Quien escriba la biografía de Juan Ramón tendrá tajo abundante. Habrá que combinar al currante que hacía periódicos desde el taller, rodeado de los entrañables linotipistas, tipógrafos, correctores, que bebían sorbitos de leche para combatir el venenoso plomo, con el gentleman que había nacido a la sombra de la estatua de Jovellanos en la plaza gijonesa del Seis de Agosto.

Una hija de mi única hermana está casada con un sobrino-nieto suyo. Espero que sus hijos varones se parezcan a su tío-abuelo Juan Ramón Pérez Las Clotas. A mí, no.

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