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Un personaje sobresaliente

Memoria del Juan Ramón Pérez Las Clotas que deslumbraba a los estudiantes del San Gregorio

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Un personaje sobresaliente
Un personaje sobresaliente  

JAVIER HERNÁNDEZ Juan Ramón Pérez Las Clotas es, en la tertulia de los curas, Juanra. Sin embargo, para los que tuvimos la suerte de vivir en el San Gregorio, es Clotas.

Llegué en el mítico 1957 al San Gregorio. Yo tenía 16 años y era un guaje de la cuenca minera. Clotas tenía la edad de Jesucristo cuando lo mataron y era un gentleman. La colonia de moda era el Varon Dandy y Clotas era un dandy: pañuelos de seda al cuello en vez de corbata, camisas a cuadros, chaquetas deportivas, pantalones a veces vaqueros y aquella trinchera cruzada como un detective de Scotland Yard. Y un bigote medio «roxu».

En mi mente de guaje había tres personajes equivalentes a los hechiceros de las tribus primitivas: el cura, el médico y el periodista. Y allí teníamos al alcance de la mano nada más y nada menos que al redactor jefe de LA NUEVA ESPAÑA. Para deslumbrarme más todavía, Clotas llevaba una vida que me parecía bohemia, con todo el atractivo de ese tipo de vida. Los periódicos se cerraban como a la una de la madrugada y por eso se podía levantar tarde, qué envidia. Hacia 1960, Clotas se compró un 600 y aprendió a manejarlo. Para Clotas el puesto al volante era como una silla eléctrica, porque se ponía nervioso. Se vestía y escribía desafiando las reglas de aquella sociedad conservadora y sin embargo se ponía nervioso manejando el coche. Nadie bebía Martini, esa bebida que en las reuniones de negocios a las que asistí en USA los gringos se toman como aperitivo... pero Clotas lo bebía. Genio y figura.

Con el 600 se fue con Garrucho y Manolo Busto a la Costa Brava. Nosotros decíamos que a «ligar» francesas y a beber cava, aunque nunca supimos nada de la vida sentimental de Clotas. Cuando estuve en Cuba y pregunté por la salud del presidente de Venezuela, los cubanos me dijeron que el mejor país del mundo para guardar un secreto de salud era Cuba. Clotas era un maestro de tener su vida sentimental bajo una discreción tremenda. Con la pinta de Clotas en aquellos años podía haber sido el Arturo Fernández de Oviedo?

Era muy generoso y desprendido. Hace un par de años me encontré con un ex San Gregorio y hablando de Clotas me dijo que todavía le debía plata que le pidió prestada para ir al cine Santa Cruz y comer en Casa Lito.

Considero que la parte emocional de una persona es como los círculos que se producen al tirar una piedra en una superficie de agua quieta. Yo no estaba en el primer círculo de Clotas, pero en ese círculo estaba el «Garru», mi profesor de límites/derivadas e inglés, y así tenía accesos a Clotas. Le estoy muy agradecido a Clotas. Todos soñamos con salir alguna vez en un periódico y que no sea el día de la esquela. La mano invisible de Clotas hizo posible varias veces ese sueño. Él le sugirió a Pineda que me sacase en LNE cuando fiché por un equipo regional. Pineda escribía «Yimi». La mano invisible estuvo allí cuando pintamos la fachada del San Gregorio y los que andábamos por los Picos de Europa y no teníamos miedo a la altura estábamos en el andamio con poleas para pintar las partes altas y la foto estaba en LNE. También la del día de la becerrada en la que yo estaba en una cuadrilla de «barbudos», pero el Gobernador nos mandó afeitar para no identificarnos con el Che Guevara y Fidel. Fuimos a trabajar a Botas como dependientes en Navidad y allí estaba la foto y la entrevista. Pero el mayor agradecimiento se lo debo cuando al ir a Madrid en el 1962 conseguí una de las 15 becas March para toda España y también salí en LNE. Mi abuelo paterno, que vivía en un pueblo de mil habitantes, consiguió un ejemplar del periódico y se paseó por el pueblo enseñando la foto y el artículo y llorando muy orgulloso de tener un «nietu muy listu».

Mi conexión con Clotas era a través del «Garru» y al irme de Oviedo tardé en volverlo a ver. Desde 1962 a 1997 estuve desaparecido como esos ríos que desaparecen y aparecen unos kilómetros más adelante. «Garru» volvió a Gijón en 1997 y allí empecé a disfrutar de la compañía de Clotas. Yo ya no era el guaje de la Cuenca ni el Caballo Loco del San Gregorio, sino que le había cortado muchas «cabelleras» a la vida y conocía algunos temas que le interesaban a Clotas. Cuando yo llegaba a Gijón, Clotas me tomaba aparte para que le diese mi opinión sobre algunos temas. Se ponía la mano en la oreja y me confesaba. En mi última conversación con él ya me recomendó que me fuese buscando unos cuarteles de invierno para el futuro. El sabía lo que era envejecer y por eso me recomendó que me fuese preparando.

En la tertulia hay muy buenas plumas y además están los delfines-periodistas de Clotas. Yo escribo poco. En realidad la gente dice que escribo como hablo, es decir no soy un «escribidor del Macondo». Pero cuando escribo algo le envío una paloma mensajera al «Garru» y sé que va a pasarle lo escrito a Clotas. Y espero el veredicto de Clotas como cuando uno iba a mirar qué nota había sacado en la Universidad. Y si es positivo me siento como si me diesen una medalla olímpica. He estado en muchos estudios de TV, de radio, ruedas de prensa, y salir en los periódicos ya no me impresiona. Sin embargo salir en LNE siempre me causa emoción. LNE fue mi primer beso periodístico y ese no se olvida y se lo debo a Clotas. Él le sugería a Fernando Canellada que publicase algunas cosas que yo escribía, demasiado largas para la disciplina de Fernando.

Hay gente que no se debería morir nunca y Juan Ramón Pérez Las Clotas entra en esa categoría con un 10. Clotas deja una sensación de vacío humano e intelectual (se nos quemó la biblioteca de Alejandría) que no se puede llenar.

Ahora andará en un Ferrari con su pañuelo de seda al cuello por las praderas del Gran Manitu.

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