El cormorán

Coherencia sin estufa

Mil almas heladas despiden a Bardales, que nunca traicionó el Concilio

 
Coherencia sin estufa
Coherencia sin estufa  

JAVIER MORÁN Mil almas despidiendo a un cura no son una tontería. Le ha sucedido al desaparecido José María Díaz Bardales y en sus exequias había feligresía de todas las edades, por ejemplo un amplio grupo de Boy Scouts, gente joven, que la Iglesia católica en general daba por perdida en la vieja Europa, aun cuando ciertos movimientos han atraído savia nueva durante los últimos años. Sin embargo, se ha calificado a algunos de esos grupos como proveedores de una «espiritualidad de estufa», es decir, un cierto apartamiento del mundo que da seguridad, una protección contra las «maldades» de la realidad, contra el relativismo, etcétera, etcétera. La estufa espiritual puede funcionar estupendamente. Todo individuo necesita momentos de calor, de calidez, de algunas certezas, pero tarde o temprano el mundo rompe una ventana y penetra, o hay que alejarse de la chimenea para obtener el pan de cada día.

La espiritualidad de Bardales lo fue sin estufa, más en el exterior que en el interior de una seguridad, y fue la suya una tarea que en cierto modo había certificado el Concilio Vaticano II. Entendámoslo: pese a lo que aseguran los tradicionalistas radicales, el movimiento conciliar no se cargó las certezas del cristianismo, pero las puso a caminar por las aceras, a vivir en las comunidades de los barrios, a evitar el anatema como única forma de intercambio con el exterior.

Si algo ha sido Bardales, es, ante todo, un cura coherente con lo que le enseñó el Concilio. Paradójicamente, no fue él quien se movió del carril, sino la misma Iglesia, aterrorizada por sucesos del posconcilio. Sin duda, lo que le falló al Vaticano II fue el momento pastoral, el tiempo lento de explicarse a sí mismo. Pero en Asturias, como recordarán, fue el obispo Tarancón el que hizo un gran esfuerzo en ese sentido y después lo continuó Gabino Díaz Merchán. José María Díaz Bardales ha sido fiel cumplidor del Concilio. Pudo cometer algunos errores, como tantos, pero nunca cometió traición. La suya ha sido una coherencia sin estufa y mil almas heladas han llorado su partida.

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