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Sin tregua para la pena

Una vida de fe plena, rotunda y avasalladora

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Sin tregua para la pena
Sin tregua para la pena  

CUCA ALONSO No hay tregua para la pena. A un adiós se sucede otro, y el alma ya se cansa de tanto llorar tierra adentro, como un pozo. Se nos están yendo los mejores. José María Bardales nos dejó en el amanecer de esta incipiente primavera. Era un sacerdote íntegro, una generosidad tan ceñida al Evangelio que era él mismo la expresión del Evangelio. Y nosotros nos hemos quedado aquí, como los pájaros, dando vueltas atolondrados en medio de un caos que viaja de la esperanza a la resignación, de la incipiente añoranza a la gratitud por haberlo conocido, del dolor al teórico deber de la alegría; él ya está en la morada del Padre.

Pienso, saltando a zancas sobre la razón, que a nuestro querido Bardales no se lo llevó la enfermedad, sino la fe. Una fe tan plena, diáfana, rotunda y avasalladora, que le hacía vivir sin vivir en él, y al fin se fue tras ella. Recuerdo su mirada clara al decirme un día con tristeza, pero sin un atisbo de reproche, cuánto le había herido un comentario mío en estas páginas, hace ya un montón de años. Bajo el título «Tratado de una extravagancia», criticaba el exceso de burocracia que a veces se observa en una parte del clero. Sacerdotes que parecen meros funcionarios de una Iglesia fría y rutinaria. El reproche se remataba con el juicio -del que fue testigo presencial Juan Ramón Pérez Las Clotas, albures de la vida- del referido extravagante: «Desengañaros, los únicos curas que creen en Dios son los del Opus Dei». Leer esto, un hombre que había hecho del amor de Dios, vida, camino, entrega; que minuto a minuto se mantuvo fiel a todos los pasos de las bienaventuranzas, que nunca quiso otro mundo que aquel donde habitaban los humildes... Le pedí perdón por ser portavoz e instrumento de tan crasa injusticia, y desde entonces me respondió con su cariño y su amistad. Bardales no hablaba otro lenguaje más que ése, el del perdón, el amor, la fe que le reventaba en el alma. Hubo un día en que le escuché una lectura evangélica... Cómo la decía, cómo modulaba las palabras, cómo las iba abasteciendo de contenido y pasión, cómo desbordaban amor y verdad... Cerré los ojos. Supe que era la voz de Cristo a través de sus labios.

Ayer me vino a la cabeza el título de otro José María, Pemán, «El divino impaciente», para enlazarlo a la muerte de Bardales. Amor de Dios, ansiedad de tener a su lado sus hijos más dilectos, «Venid a mi...». El duelo inmenso de la feligresía de Nuestra Señora de Fátima, de todo el barrio de La Calzada, ha de ser fiesta mayor, allí, en la casa de la paz eterna. Un alma tan noble habría de ocupar la primera línea de los elegidos, «Venid a mí...». Apagó su cuerpo y su alma se fue dócilmente ante la llamada del Padre.

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