Reivindicación de la alegría

Contra los predicadores de infortunios que resaltan sin parar lo hundidos que estamos

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Reivindicación de la alegría
Reivindicación de la alegría  

PACO ABRIL Una reclamación así, como la que encabeza estas líneas, y en estos momentos que pintan sombríos, puede parecer una obscenidad, una provocación o incluso un rótulo de muy mal gusto. Sin embargo el título enuncia con claridad una necesidad apremiante para salir del pozo en el que, nos aseguran, estamos metidos.

¿Usted cree de verdad que están los tiempos para alborozos? Me preguntó severamente un individuo que me oyó expresar esta reivindicación.

Por supuesto que sí. Resulta que todos -políticos, economistas, financieros, medios de comunicación, mercados y agoreros de diverso pelaje- resaltan sin parar lo hundidos que estamos. Nos lo recuerdan desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Son discos rayados repitiendo la misma cantinela. Es la canción triste que ocupa el número uno de su lista de éxitos, la única que saben. No hablan de otra cosa. Resulta un discurso tan monótono y machacón, que se ha convertido en un auténtico lavado de cerebro. Es como si a un enfermo le dijeran a todas horas que se encuentra muy mal, que lo suyo es muy grave, que tiene muy difícil remedio. Y así un día y otro día, hasta que el enfermo, harto, en el mejor de los casos, explota y grita: «¡Vale, ya lo sé, pero a esta necedad de mi cuerpo, no quiero añadir también vuestra necedad, así que si no sabéis hablar de otra cosa, si no me vais a buscar algún alivio, si vuestra capacidad mental no os da más que para añadir congoja a mi congoja, largaos con viento fresco y no volváis a importunarme más!». Ya Mateo Alemán, en el siglo XVI, recomendaba esta receta: «La alegría en el enfermo es el mejor jarabe, y así es bien procurársela; y cuando alegre lo vieres, cuéntalo por sano».

A un político que accede al poder, y ya en la toma de posesión de su cargo nos larga que no nos engañemos, que todo va a seguir igual de mal, deberíamos forzarlo a dimitir de inmediato. Y no se trata de que nos endulce la situación -esto es, de que nos engañe-, sino de que si en su programa no figura procurar la elevación moral de la ciudadanía -no su desmoralización-, debería tener la decencia de no presentarse, porque su presencia es el mayor de los engaños.

Los predicadores de infortunios no cejan en su empeño. Son recalcitrantes relatores de desgracias. No saben vivir de otra cosa. En su escaso diccionario figura un vocablo comodín que lo usan para todo, venga o no a cuento. Ese vocablo, que solo voy a escribir una vez, es «crisis». Enumeren las veces que lo oyen al día en la radio, la televisión, en la calle o en las conversaciones de los cafés, o que lo leen en la prensa... Si de repente no se pudiera pronunciar, muchos no sabrían ni qué decir ni qué escribir, pues lo utilizan para explicar desde el paro hasta la sequía, pasando por la caída del cabello y la lumbalgia.

¿Por qué esta insistencia, esta pertinaz monserga que no explica nada, que no resuelve nada, que solo añade más agobio a los agobiados? ¿Por qué no dedicar todas esas enormes energías de la queja a buscar soluciones en vez de empecinarse en las lamentaciones?

Sólo hay una explicación al fastidioso discurso de lo mal que estamos: es la mejor manera de domesticar a los ciudadanos, es la mejor anestesia, la mejor despolitización. Un ciudadano temeroso, que ve inútil cualquier esfuerzo social es un ciudadano muy fácil de manejar. Su tristeza, su apatía, su miedo dejan las manos libres a los manipuladores sin escrúpulos. A ese meternos el miedo en el cuerpo, Naomi Klein lo ha llamado «La doctrina del shock». Pongan este título en su buscador de internet y vean el vídeo completo en el que se resume esta teoría. No tiene desperdicio.

Al reivindicar la alegría se insta a recuperar nuestra propia fuerza como ciudadanos, pues es una potencia del alma. De acuerdo con Spinoza: «Cuanto mayor es la alegría mayor es la perfección que alcanzamos». Por lo tanto, ese sentimiento nos da alas para imaginar, para cambiar, para transformar la realidad. Pero no es el estado de ánimo del estúpido, del papanatas o del ingenuo, sino el del que sabe lo que quiere y lucha por ello.

Esa actitud vital propicia la participación, nos hace políticos en el más noble sentido de la palabra. Es curioso oír decir a diferentes mandatarios, cuando las manifestaciones de los ciudadanos no les son favorables, que esos manifestantes están politizados. ¡Faltaría más, claro que están politizados, pues están ejerciendo como ciudadanos insertos en la «polis» que es lo que todos tendríamos que hacer!

La potencia de la alegría ayuda a esa politización tan deseable, deseable excepto para los políticos que pretenden, llamándose demócratas, tener la sartén bien agarrada por el mango y el mango (de mangonear) también. No nos quieren alegres, porque ese buen temple impulsa a la acción, y esa acción puede dirigirse contra ellos.

Reivindiquemos la alegría, y que ese soplo de vida empiece en las escuelas, donde, prevalezca, por encima de todo, el gozo por aprender. En los años sesenta del pasado siglo, una maestra portuguesa, María Rosa Colaço, publicó una hermosa antología de poesía escrita por niños que conservo como un tesoro. Al estrenarse como maestra ilusionada en uno de los barrios más pobres de Lisboa, con un aula en la que se hacinaban alumnos que carecían de todo, el director le dio una vara para que la usara «sin miramientos», y acompañó al artilugio intimidatorio con una queja resignada: «Lamento darle esta basura, pero? paciencia». Cuando el director se marchó, ella pidió al niño de más edad que fuese a tirar la vara lo más lejos posible. Y convirtió aquella «basura» en niños poetas que escribían poemas como éste de Víctor Barroca de 9 años:

«En esta escuela de alegría / con poemas en las paredes, / niños pintando, / flores en los jarrones, / todo sale bien».

Parodiando a Yoda: «Procura la alegría y la fuerza estará contigo».

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