Soserías

Mi amigo el banquero

El llamado «banco malo» y otros inventos

 
Mi amigo el banquero
Mi amigo el banquero  

FRANCISCO SOSA WAGNER La teoría según la cual los banqueros no traen sino desgracias a nuestra vida no se tiene en pie. Por el contrario son autores de los mejores descubrimientos, los más imaginativos y los más cuajados de frutos. Por ello les debemos agradecimiento.

El hecho de haber inventado la cuenta abierta en un establecimiento como único medio de estar dignamente en sociedad nadie negará que es un hallazgo memorable. Antiguamente, yo todavía lo recuerdo, a los funcionarios nos pagaban con el lujurioso dinero metido en un sobre, lo que nos permitía vivir en buena medida al margen del banco. Llegó un momento luminoso en que el banco (o la caja) se impuso. A partir de entonces, o se disponía de un número de cuenta o no se cobraba. Así de sencillo y así de clarito.

Luego vino el truco de las tarjetas de crédito, de débito y no sé cuántas zarandajas más. Hoy, en media Europa, es imposible sacar un billete de tranvía si no se dispone de una de esas tarjetitas cuyo uso deja obviamente intereses y comisiones a los esforzados y sufridos banqueros. El viejo carné de identidad (la «cédula» como se llamaba en la España antigua) ya no sirve de nada. Lo que cuenta es la cuenta. Y la tarjeta a ella anudada.

En estas estábamos cuando a estos señores se les ocurre el no va más. El punto y final. Es el llamado «banco malo». Como se entiende que el banco es un negocio libre, sometido a las reglas del mercado, es inevitable que sus gestores acumulen ganancias, pero también -en ocasiones- pérdidas. Y así en sus balances no tienen más remedio que contabilizar, al lado de sonrientes números azules, ceñudos números rojos. Es ley de vida: quien está a las maduras, está a las duras, junto a los días felices están los tristes... los refranes, la Biblia y los poetas (la luz y el abismo; la lumbre y el frío, etc...) nos han dado cuenta de esta realidad proteica y amenazadora.

Pues bien, el hallazgo consiste ahora en pasar a otro banco, el «malo», todo lo que hay de poco estético en los balances y, a partir de ahí, seguir gestionando el negocio financiero sólo con los productos estéticamente presentables. Y ¿quién se hace cargo de la morralla que se cobija bajo el nombre de banco «malo»? Pues el Estado, tan solícito él. Ahora bien, como éste aún conserva un poco de dignidad, se revestirá de siglas cabalísticas para intentar confundir. Pero nadie debe engañarse, al final es el Estado, es decir, usted, lector (no ponga cara de despiste), y yo quienes prestamos el servicio al banquero bueno de quedarnos con el malo.

Al lado de esta invención, la teoría de la relatividad se queda en un rompecabezas para niños.

Lo positivo es que, por esta vía, todos nos convertimos en banqueros. Una profesión que había estado cerrada a una casta impenetrable, a unos círculos distantes a los que ningún contribuyente normal podía acceder, ahora está abierta a todos nosotros: al cartero, al profesor de instituto, al sargento, al juez, al odontólogo y al comercial de calcetines de punto.

Un sueño se ha hecho realidad. Tantas vueltas que hemos dado a la necesidad de democratizar la sociedad, de hacer fluido el paso de los escalones más bajos a los más altos, sin que hayamos sido capaces de encontrar fáciles soluciones, ahora está al alcance de nuestras manos, gracias al esfuerzo y a la imaginación de los banqueros.

Nadie negará que estamos viviendo un momento feliz, este de constatar que somos banqueros, «malos», es verdad, pero banqueros. Por algo se empieza. Además ¿qué son la maldad y la bondad sino bagatelas burguesas que es hora de desalojar de nuestro horizonte?

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