30 de abril de 2012
30.04.2012

El puzle de los continentes

Un siglo de la hipótesis de Wegener

29.02.2012 | 04:34
El puzle de los continentes

En enero de 1912 los Reyes Magos trajeron una buena nueva para entender mejor nuestro globo terráqueo. Un avezado investigador alemán, Wegener, dictó una conferencia memorable en la Asociación Geológica de Frankfurt am Main, en la que propuso una hipótesis acerca de lo que se bautizó como «deriva continental», concepto que revolucionó la comprensión del dinamismo terrestre, ya que ha sido la llave para poder interpretar, medio siglo después, el origen de las montañas, la actividad sísmica y las erupciones volcánicas. Sin embargo, su controvertido libro «Los Orígenes de los Continentes y los Océanos» («Die Entstehung der Kontinente und Ozeane») no vio la luz hasta 1915, con varias revisiones posteriores.


Expuesto de manera sencilla, se percata de que la morfología de los continentes (en especial, África con respecto a Sudamérica) encaja a modo de un rompecabezas a cada lado del Océano Atlántico, lo que le hizo sospechar que había existido un supercontinente único (denominado «Pangea», con el significado griego de «toda la Tierra») que, una vez dividido en tiempos del Jurásico (hace de ello 180-165 millones de años), los fragmentos resultantes se desplazaron unos con respecto a otros, de manera lenta y continua, hasta configurar la actual disposición continental. Estas ideas suponían, de facto, una explicación alternativa a las arcaicas concepciones geológicas basadas en la permanencia estable de continentes y océanos a lo largo de la historia de la Tierra.


Sus postulados no se libraron de una enconada controversia en la comunidad científica internacional, llegando a ser ridiculizados por las grandes figuras norteamericanas de la Geología (fueron tachados de «un completo disparate») en un congreso organizado en 1922 por la prestigiosa Sociedad American Association of Petroleum Geologists. Los detractores no comprendían cómo se podían desplazar grandes masas de tierra firme con las simplistas ilustraciones esgrimidas para justificar el mecanismo propulsor de tal fuerza ciclópea; este autor pensaba, equívocamente, que los continentes se movían sobre una capa más densa que conformaba los fondos oceánicos -a modo de símil, como una alfombra sobre el suelo de una vivienda-, disquisición poco convincente para explicar la enorme fricción que desarrollarían los movimientos horizontales de la superficie terráquea. A este respecto, recuerdo que en mi época de estudiante el profesorado nos transmitía planteamientos contrapuestos, unos proclives a tales doctrinas, otros con opiniones más críticas, los más adoptando una cómoda postura ecléctica.


Alfred Lothar Wegener (Berlín, 1880-Groenlandia, 1930) era un hombre de ciencia pluridisciplinar, geofísico y meteorólogo; impartió docencia en las universidades de Hamburgo (Alemania) y Graz (Austria), fue combatiente herido en la Primera Guerra Mundial, amén de participar en cuatro grandes exploraciones a Groenlandia, en una de las cuales falleció. Las diversas observaciones empíricas realizadas en sus viajes, junto a la lectura de trabajos científicos, le permitieron concebir las ideas sobre el desplazamiento de las tierras emergidas; sin embargo, no fue hasta los años 60 (véase «La tectónica de placas, una teoría revolucionaria», LA NUEVA ESPAÑA 1 de junio de 2011) cuando se pudieron comprender de manera global los principios emitidos por el eminente germano.


Sus investigaciones no sólo contienen pruebas geométricas, como las señaladas del encaje de los continentes, sino que también se basan en consideraciones paleontológicas, paleoclimáticas, paleomagnéticas y estructurales. Un ejemplo clarificará estos argumentos: si se rasga irregularmente la hoja de un periódico, al juntar los dos trozos se produce una coincidencia en la forma de la rotura y en la continuidad del texto.


Se percató de un hecho sorprendente: en continentes separados por miles de kilómetros marinos se encontraban idénticas especies de fósiles (especialmente un género de reptil acuático) y de la misma edad, tanto en la costa oriental de Sudamérica como en la occidental de África. Los paleontólogos estaban de acuerdo que era necesario algún tipo de conexión aérea para explicar la presencia de fósiles equivalentes en ámbitos terráqueos tan separados. Para Wegener, habían pertenecido a un mismo hábitat, alejado con posterioridad por el movimiento continental, ya que estos organismos hubieran sido incapaces de atravesar las enormes distancias oceánicas. Desestimaba así las débiles hipótesis sobre la existencia de puentes intercontinentales.


Las evidencias paleoclimáticas corroboraban asimismo el modelo de Pangea. La presencia de morrenas glaciares -de hace unos 300 millones de años- en una amplia área que cubría continentes en la actualidad muy alejados (borde oriental de Sudamérica, sur de África, Antártida, India y parte occidental de Australia) le permitió determinar la existencia de un gran casquete polar en el que las direcciones de flujo del hielo impresas en las rocas presentan -como acontece hoy día en los ámbitos polares- una característica distribución radial. Gran parte de las zonas que muestran pruebas de esa arcaica glaciación se encuentran en la actualidad bajo un clima tropical.


Las mediciones del paleomagnetismo, o magnetismo remanente, de las rocas aportaban nuevas precisiones. Es conocido que el campo magnético terrestre es similar al generado por una barra imantada, atravesando el planeta las líneas de fuerza invisibles de un polo magnético al otro. En este contexto, algunos minerales se comportan como «brújulas fósiles» (es decir, se orientan y marcan la dirección del Norte de distintas épocas), y conservan en el momento de su formación la influencia del campo magnético. Si una masa continental sufre movimientos de traslación y/o giratorios, éstos quedarán delatados por esas brújulas.


Desde el punto de vista estructural, algunas cordilleras también respaldan su hipótesis de deriva. Observó que era posible dibujar la continuidad del trazado de la misma tipología de orógenos, con idénticas rocas y edades, a ambos lados de los mares. Wegener encontró que rocas ígneas precámbricas de Brasil eran muy similares a litologías de la misma antigüedad del borde oeste africano. Por otro lado, el cinturón montañoso de los Apalaches desaparece en la costa de Terranova; también en las Islas Británicas y Escandinavia se encuentran elevaciones de edad y estructura comparables. Cuando se reúnen estos afloramientos geológicos las cadenas montañosas quedan prácticamente alineadas, como corresponde al modelo genético de los cinturones orogénicos.


Como compensación a tan importante aportación científica se ha puesto el nombre de Wegener a la península de Groenlandia donde murió este prócer, y a cráteres de impacto en Marte y en la Luna. En esencia, las propuestas wegenerianas supusieron uno de los mayores avances en el desarrollo de las Ciencias de la Tierra -el comienzo de una verdadera revolución científica-, pues constituyeron el embrión de lo que luego cristalizaría en la teoría de «tectónica de placas», el nuevo paradigma de la Geología.

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