LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES
«Asistimos al fin de la crisis de la Restauración, crisis de sus hombres, de sus partidos, de sus periódicos, de sus procedimientos, de sus ideas, de sus gustos y hasta de su vocabulario; en estos años, en estos meses concluye la Restauración la liquidación de su ajuar... Yo os diría que nuestra bandera tendría que ser ésta: la muerte de la Restauración: Hay que matar bien a los muertos». (Ortega, «Vieja y nueva política»).
Ahora, como hace casi cien años, la vieja política, en Asturias y en España, atraviesa un desprestigio tan merecido como alarmante. Los grandes baluartes de esta segunda restauración borbónica se están viniendo abajo desde la cúspide hasta la base. Y es en un momento como éste cuando su partido irrumpe en la vida pública asturiana, con un discurso teórico que dice desentenderse de la vieja política. Celebro, claro está, semejante proclama. No obstante, las dudas no pueden no asaltarme.
Dos objeciones, inevitables, de entrada. La fundadora de su formación política proviene de un partido en el que lo intentó casi todo, tanto en el País Vasco como en España. Es decir, su origen está en la vieja política. En segundo término, el discurso de UPyD es poco favorable al Estado autonómico. Para ello, se pueden esbozar, sin duda, argumentos convincentes, aunque no se debe perder de vista que en las escasas experiencias democráticas vividas por España se tendió siempre a reducir el centralismo. Por otro lado, estaría bien que se manifieste con claridad qué idea de España se defiende. Usted, que admira a Ortega, conoce bien las dudas que el filósofo tenía al respecto: «Dios mío, ¿qué es España?». Y si, retóricas aparte, Ortega planteaba grandes dudas metafísicas acerca de lo que es España, es difícil pensar que la presidenta de su partido pueda tener más clara su idea de España que el filósofo más brillante que dio nuestro idioma.
Sigamos con la vieja política centrándonos en esta tierra. El actual candidato socialista, máximo dirigente de la FSA desde el otoño de 2000, no puede esgrimir que nada tiene que ver políticamente con los despilfarros, nepotismos y excesos faraónicos del arecismo, ello por no hablar de la corrupción que se destapó el pasado año, pues el desconocimiento de lo sucedido no exime de responsabilidad política. Cierto es que en la lista que el PSOE asturiano presentó las últimas elecciones el arecismo desapareció casi por completo. Pero, aun así, cuesta creer que estemos ante una cúpula socialista astur totalmente desmarcada de la vieja política arecista, máxime si se tiene en cuenta que poca renovación hubo en la mayoría de las agrupaciones locales, responsables en muchos casos de despilfarros escandalosos en algunos gobiernos municipales.
¿Y qué decir de los partidos que forman la derecha astur, que no está nada claro que al final se apoyen entre sí para formar Gobierno? Mire, contra Cascos se dicen infinidad de cosas, y, sin embargo, se soslaya que el PP astur, al que lleva enfrentado desde que anunciara su intención de presentarse como candidato a gobernar Asturias, es, ante todo y sobre todo, la herencia que el ex ministro dejó aquí tras su enfrentamiento con Marqués. Quienes lo encumbraron hasta el paroxismo son sus mayores enemigos. Juego de contradicciones, nada hegeliano, en el que no cabe reclamar coherencia por parte de nadie. Pero, en todo caso, don Ignacio, el PP es vieja política, la vieja política resignada a ejercer una cómoda oposición a Areces, la vieja política que consignaba entre sus glorias los logros de Cascos para Asturias en los gobiernos de Aznar. La vieja política que, en un momento dado, se desdijo de su discurso y puso a doña Isabel Pérez-Espinosa como lideresa, lideresa que no marca un antes y un después en la historia del parlamentarismo. La vieja política de un Ovidio Sánchez que, cada año, lanzaba invectivas contra Areces en el debate sobre el estado de la región y poco más hacía. La vieja política que decide en su día poner a Cherines al frente del partido conservador en Asturias, cuya vida política no es explicable sin Cascos. Y esa vieja política hizo que en mayo de 2011 y en marzo de 2012 el PP astur fracasara estrepitosamente en las elecciones autonómicas.
Y ahora se da la paradoja de que Cascos sospecha que usted está por el continuismo. ¿Acaso no es don Francisco el político asturiano con más dilatada trayectoria ya desde los tiempos de AP? Todo el mundo tiene derecho a cambiar, y son frecuentes los casos de políticos que así lo hicieron. Pero lo cierto es que el discurso del actual presidente en funciones no se tradujo en práctica política, más allá de broncas y desencuentros.
Vieja política, don Ignacio. Desentenderse de ella por completo podría llevar a otra cita electoral anticipada, lo que no parece muy deseable. Y, por otra parte, apoyar a la vieja política en cualquiera de los frentes haría difícil los equilibrios de coherencia.
Hablando del pasado, me viene a la mente un personaje admirable de nuestra transición: Atanasio Corte Zapico, que nunca fue vieja política, que nunca estuvo por lo cortesano, que planteó iniciativas aún pendientes como la fiesta cívica de Asturias el 25 de mayo, seguramente siguiendo a Renan, cuando hablaba de glorias comunes en el pasado, frente a remordimientos, que configuran lo que es una nación. No estaría mal ese referente, se lo aseguro.
Deseoso estoy de ver, don Ignacio, cómo se las maneja usted entre la vieja política astur. Y, sobre todo, de contemplar y comprobar que usted nada tiene que ver con canovistas y sagastinos.