Construyendo Gijón

La ciudad creció a gusto y beneficio de la derecha imperial inmobiliaria y sus sociedades interpuestas

02.04.2013 | 02:08
Construyendo Gijón
Construyendo Gijón

Parece razonable afirmar que Gijón, Xixón, Xixín, como todo lo importante, comenzó a construirse «por arriba», o sea, por la ladera de la «Atalaya», lo que hoy conocemos como «Cimavilla»...


Antes de que llegaran los romanos y nos dejaran termas y muralla (la segunda se construyó en 1837 en forma de estrella por culpa de la carlistada), y antes de que don Pelayo nos dejara en herencia las calles de Munuza y los Moros, y nos convirtiera en capital de su pequeño reino..., ya Gijón era Gijón..., mientras que Ovetum era solo un sueño de cuatro frailes...


En 1395, por conflictos dinásticos (las coronas siempre trajeron líos, corinas y fuegos artificiales), Gijón quedó arruinado: perdidos sus palacios, basílicas y teatros. De todo hizo hoguera la condesa Isabel para alumbrar su huida... Y luego, vuelta a construir, sobre todo desde que, gracias al señor Capua se derribara la segunda muralla..., la anticarlista.


La construcción del muelle se hizo casi toda mirando al Mediodía. Todos querían poner su casa mirando al sol, «cara al sol», como la puso, y todavía resiste, el señor Olavarría, que tan buenos recuerdos dejó de sus «operaciones» en la Alcaldía. Precisamente el día que se rindió homenaje al cura Sama, descubriendo en el «campín» del Hospital de Cabrales su busto, la Alcaldía no acudió al acto porque se encontraba «operando» en la carga urgente de un navío que había de salir a pleamar...


Construyeron el segundo nuevo Gijón los «patricios» pudientes, como propietarios que eran de todo el suelo, de la mar a Valdornón, y de Quintes a Veriña; por la vieja Cimavilla, aprovechando los solares antaño señoriales, los patrones de pesca; los artesanos lo hicieron por los barrios del Llano, Tejedor, la Rueda, el Natahoyo, La Calzada; la colonia americana, de mano de los grandes arquitectos De la Cruz, Marín y Busto, lo hizo adquiriendo solares a las viejas familias, principalmente por Corrida, San Bernardo o Cabrales. Don Eusebio Miranda, el «pedazo de pan», lo hizo por la Magdalena, comprando huertas a los Rato y a don Rufo Rendueles.


Por aquel tiempo las calles se hacían solas: primero una casa y luego otra pegada..., hasta llegar a la distancia conveniente para colocar plaza, plazuela, el paseo del Bombé, el abrevadero del Infante o la fuente de los Papos, según los lugares...


La burguesía pasaba en la villa los días de otoño, invierno y primavera, a la espera del momento «casi feliz» de la trashumancia veraniega a sus quintas de Somió, Cabueñes, Caldones o Deva... Muchas de aquellas familias vivieron desahogadamente sin trabajar durante generaciones, solo a base de vender solares al indiano, y las caserías, a llevadores y colonos. Caserías y praderías vendidas a cuatro cuartos, que ahora los bisnietos revendieron a los constructores..., ¡pobres constructores!..., a precio de solares...


Con el desarrollismo, la construcción en Gijón dejó de ser tarea particular de don Torcuato Hevia Piquero, que construyó para casi todos los propietarios, para convertirse en negocio en sí misma.


Novedad de construir, no para vivir o rentar..., sino para vender por pisos lo construido. Y con ella comenzó el terrible desmán del Gijón nuestro de cada día. Desaparecieron como por encanto los cómodos y vistosos «hotelitos» familiares que adornaban el ensanche y la calle Uría... Y de las huertas feraces del Arenal, y los pequeños chalés con su terreno, surgió como demonio furioso la tercera muralla de Gijón, la del muro de San Lorenzo, que a su fealdad une el pecado capital de robar en otoño e invierno el sol del paseo y la playa...; el desmadre playero se acompañó de las monstruosas edificaciones de Donato Argüelles, Álvarez Garaya, Anselmo Cifuentes, Covadonga, Alfredo Truán..., y el solar todo de la vieja fábrica de cristales...; sin olvidar las barbaridades de la carretera de la Costa..., del Continental, los Campos Elíseos... Horrores que autorizaron impávidos y virtuosos alcaldes y concejales, y el señor arquitecto municipal...


Gijón creció a gusto y beneficio de la derecha imperial inmobiliaria y sus sociedades interpuestas... Y para los barrios, nada de luz, higiene, urbanidad ni urbanismo... Saltando entre barro y sin mingitorios públicos ni reservados en las casuchas, ni apenas luz, malvivieron muchas generaciones por las ciudadelas, el Llano, La Calzada, la Rueda, Tremañes, Ceares...


Las derechas propietarias y conservadoras de entonces, y luego las del Glorioso Movimiento, autoras de las impopulares y desaforadas derechas actuales, poco se ocuparon, salvo en el salón de Begoña, el Boulevard, o el parque de la piadosa reina Isabel, de la mejora y embellecimiento de la ciudad en su conjunto, obsesión solo de Gaspar de Jovellanos, testigo del otoño de las Luces...


Los poderosos constructores de la naciente democracia derribaron como si fuera «hotelito» familiar la posibilidad de que repitiese tercera Alcaldía el señor Palacio, que no quería construir y construir para construir y seguir construyendo sin orden ni concierto, sino a golpe de la calculadora del finado Juan Álvarez, en intento vano de ordenar nuestro histórico desorden urbano; con la intervención de jóvenes intermediarios alcanzó el bastón de mando el señor Areces..., que en su afán de mejora y de obra hasta transformó la «cabila» del Llano. Pero el poder ya no era suyo ni de su partido, sino compartido con los constructores..., y de ahí, solo un paso para lograr el manejo de los planes urbanos en reuniones técnicas de espalda a los intereses del vecindario, fuera del centro, El Llano, El Bibio, Tremañes, Vega o Granda...


Y luego llegaron las nulidades... El actual gobierno municipal -más nulo que la suma de los dos PGO- como que en dos años de mandato no ha sido capaz ni de ordenar los horarios de las juergas, para proteger la tranquilidad nocturna del vecindario, ni de organizar las aceras para proteger al sufrido peatón de mesas, ciclistas, motoristas y patinadores..., ni de aprovechar racionalmente los recursos creados para los Servicios Sociales... ¿Cómo va a ser capaz de arreglar ahora, deprisa y corriendo, el problema de las nulidades urbanísticas, cuando en campaña prometió (en campaña todo es gratis) una cosa, la contraria de la otra... y la de más allá?...


¡Es muy difícil arreglarse!; por eso los constructores piden ahora -cuando ya tienen la cartera mordida por el lobo, y algunos bienes raíces camino del «banco malo»-, a los grupos políticos del municipio que lo «suyo de la construcción» lo arreglen «políticamente»...


Pero no están solos los grupos municipales, sino que el Plan General afecta al propietario dispuesto a defender sus intereses... ¿Egoísmos? ¿Oportunismos?... Claro que sí: los de los unos y los de los otros... Y entre tanto egoísmo, el peor papanatismo municipal, que ni alcanza a saber qué ciudad quiere...


Yo, que la Alcaldesa, haría un novenario, con ayuno y abstinencia, en el antiguo santuario de Contrueces... pidiendo luz al Espíritu Santo, o la Electricidad de Portugal..., que nunca se pudo operar en el quirófano ni gobernar en el Ayuntamiento a oscuras.

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