El oso como objetivo turístico

La necesidad de regular una actividad que puede perjudicar a una especie aún en peligro de extinción

26.05.2013 | 00:00

En los primeros años noventa tuvo gran éxito la campaña de concienciación «Osos, SOS», en la que se alertaba del grave riesgo en que se encontraban los últimos osos de la cordillera Cantábrica. Desde entonces, los censos de hembras con crías parecen indicar que la situación de la población osera ha mejorado notablemente, tanto, que hay quien parece olvidar que a día de hoy sigue estando en peligro de extinción.


Hasta ahora, existían iniciativas turísticas dirigidas a dar a conocer el «territorio del oso». Se trataba de mostrar el hábitat de la especie, explicar su ecología o conocer de primera mano las manifestaciones etnográficas y culturales resultado de una larga y conflictiva convivencia con el ser humano. Estas actividades, sin una interacción directa con los osos, tienen una carga de formación y divulgación indudable. Sin embargo, este año varias empresas turísticas han ido unos cuantos pasos más allá y han comenzado a organizar salidas con el fin exclusivo de llevar a sus clientes a ver osos en libertad.


Quienes promueven este tipo de actividades turísticas mencionan como un aspecto positivo la sensibilización de los visitantes de los territorios oseros. El argumento pierde peso cuando, como hemos visto, ya existen otras formas de lograr esos objetivos con un menor riesgo potencial para una especie que sigue estando gravemente amenazada. Posiblemente, el mayor logro conseguido en todos estos años con las políticas de conservación del oso ha sido, precisamente, el de mejorar de manera radical la imagen del oso en la sociedad. Por tanto, no parece que llevar a gente a ver osos sea una necesidad, ni siquiera la mejor manera, para alcanzar ese fin de una mayor concienciación y sensibilidad social hacia una especie en peligro de extinción.


Otro argumento que utilizan los impulsores de estas nuevas iniciativas es que pueden contribuir a dinamizar las economías rurales y que esto, a su vez, traerá consigo una mejor aceptación de los habitantes del medio rural hacia las restricciones y medidas de gestión dirigidas a la conservación del oso. Ante esto, conviene recordar que hace ya bastantes años que muchas empresas de esos territorios vienen aprovechando la imagen del oso para vender sus productos y la especie viene utilizándose con gran éxito como reclamo y símbolo de calidad turística. Por otro lado, resulta muy significativo que ya en el año 2008 la Asociación de Turismo Rural del Parque Natural de Somiedo se opusiese a la posibilidad de realizar visitas guiadas para el avistamiento de osos, asegurando que este tipo de actividades no beneficiaría a nadie, ni a los osos ni a los negocios somedanos. La Fundación Oso Pardo (FOP) fue la promotora de aquella iniciativa que rechazaron los hosteleros. Por eso, no sorprende que esta vez la FOP haya sido la primera en apuntarse a «poner el oso a producir», utilizando palabras de su presidente, Guillermo Palomero. A cambio, la FOP ha quedado desacreditada para emitir un juicio independiente sobre una actividad de la que ya forma parte, saltándose además, como luego veremos, una normativa de impacto ambiental que debería ser la primera en cumplir.


En cualquier caso, más allá de los intereses económicos que este negocio pueda generar, la cuestión clave es si el balance global de estas iniciativas turísticas es beneficioso para la viabilidad futura de la población cantábrica de osos y, para ello, hay que analizar también la cara menos amable de este tipo de ecoturismo. Aunque nadie ha evaluado con rigor los posibles efectos negativos sobre los osos, quienes promueven este tipo de actividades los han minimizado desde el primer momento. Aseguran que los avistamientos se realizan de ladera a ladera, a gran distancia y en pequeños grupos, de manera que no se moleste a los osos. Sin embargo, esta afirmación no siempre se cumple y oculta situaciones potencialmente perjudiciales para la especie. Este año el punto de observación más concurrido ha sido un lugar donde los osos podían verse a una distancia de apenas 200-300 metros. Tal vez tres o cuatro personas allí, con un comportamiento adecuado, puedan pasar desapercibidas para los animales, pero algún día en concreto han llegado a juntarse, entre turistas, fotógrafos y curiosos, más de 50 personas al mismo tiempo. En otras ocasiones, las laderas donde se establecen los puntos de observación son tan valiosas y utilizadas por los osos como aquéllas donde pretendemos verlos, por lo que la presencia de los observadores afectará inevitablemente a su comportamiento. A esto se añaden los casos en que el acceso a los puntos de observación se realiza por pistas forestales que atraviesan lugares de gran calidad para los osos, que se verán perjudicados por las molestias que supone el tránsito de personas y vehículos.


El biólogo asturiano Andrés Ordiz lleva años investigando los efectos de las actividades humanas sobre los osos pardos en distintas poblaciones europeas, especialmente en Escandinavia. En uno de sus últimos trabajos se ha comprobado que el encuentro casual de una persona con un oso provoca un cambio en las pautas de actividad del animal que puede alargarse durante varios días. Incluso, aunque no haya habido contacto directo y la persona ni siquiera se haya percatado de la presencia del oso. Estos datos sobre el comportamiento de los osos escandinavos han podido obtenerse gracias al radiomarcaje de ejemplares, una técnica básica de estudio vetada por la Administración asturiana a raíz de la desafortunada muerte del oso «Cuervo» en el parque natural de Somiedo en el año 1998. Así, la población cantábrica es la única de Europa donde no se ha realizado jamás un proyecto serio de radioseguimiento continuado en el tiempo. Precisamente, una de las evidencias que aportó el proyecto de radiomarcaje de Somiedo, antes de ser suspendido, fue que los desplazamientos de un grupo familiar de una osa y sus crías eran mayores los fines de semana, coincidiendo con los días de mayor afluencia de visitantes al parque. La cuestión es que seguimos desconociendo muchos aspectos importantes de la vida de los osos cantábricos y esa carencia es un gran lastre a la hora de gestionar la especie. Es sintomático que el aumento experimentado por la población osera en los últimos años se utilice para justificar el inicio de la explotación turística de la especie y, sin embargo, se sigan vetando técnicas de conocimiento ampliamente utilizadas en otros lugares y que permitirían gestionar esa explotación con unos criterios fundamentados.


La necesidad de mejores conocimientos se hace más evidente cuando ya se vislumbran en el horizonte situaciones problemáticas a las que resulta imprescindible anticiparse si queremos evitar posibles conflictos en el futuro: las empresas tratarán de garantizar el éxito a sus clientes en las observaciones, los fotógrafos querrán estar lo más cerca posible de los osos para así obtener mejores imágenes, los hosteleros tratarán de atraer este tipo de turismo hacia sus propias zonas, pedirán que se acondicionen miradores con buenos accesos y no faltará quien reclame que se instalen puntos de alimentación para ver los osos más fácilmente. La demanda turística que se ha creado y las expectativas económicas que se han generado podrían llevarnos rápidamente a una situación fuera de control, en la que los osos serían los grandes perjudicados. Por eso, es urgente dirigir estas iniciativas en la dirección correcta desde ya mismo, marcando como premisas el principio de precaución y la prioridad de la conservación frente a los intereses económicos.


El turismo basado en la observación de especies amenazadas está ampliamente extendido por todo el planeta. Sin embargo, esto no debería hacernos presuponer que sea beneficioso para la conservación de las mismas. Se han documentado científicamente efectos negativos de las actividades turísticas de observación de fauna sobre multitud de especies, desde cetáceos a grandes carnívoros. Además, el plan de acción para la conservación del oso pardo en Europa señala que el aumento del turismo está asociado con que algunos ejemplares se habitúen a la gente, provocando un incremento de los conflictos entre osos y personas, que en último término resultarán en un aumento de la mortalidad osera. Entre las directrices de ese mismo documento se indica que en países como España el turismo se puede convertir en una amenaza para los osos y debería ser regulado para evitar esas situaciones problemáticas.


La regulación debería pasar, en primer lugar, por evaluar las consecuencias para la conservación de una manera rigurosa y objetiva. Un segundo paso, en función del resultado de esa evaluación previa, sería el de establecer un marco que regule las actividades de observación de osos antes de lanzarse a explotar comercialmente una actividad tan delicada. También es obligado que se cumpla con la legislación vigente y, por ello, desde la asociación Geotrupes hace semanas que hemos solicitado al Gobierno asturiano que estas iniciativas comerciales de observación de osos sean suspendidas, en tanto no se realice una evaluación ambiental de las mismas, tal y como exigen la directiva «Hábitats» y el plan de ordenación de los recursos naturales del Principado de Asturias.


Lamentablemente, lejos de hacer cumplir la legislación vigente, la Administración asturiana ha decidido mirar hacia otro lado y a día de hoy ni se ha manifestado ni ha ejercido ninguna acción de regulación de estas actividades.


Desde Geotrupes estamos a favor del ecoturismo siempre y cuando el concepto vaya más allá de la etiqueta. Esto implica considerar como objetivo prioritario la conservación de las especies y que exista un componente educativo explícito. De no ser así, estaríamos hablando simplemente de turismo, un negocio más por mucho que se vista con el manto verde de la naturaleza.

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