Un préstamo de nuestros nietos

La irresponsabilidad de malgastar nuestro patrimonio natural

14.07.2013 | 00:00
Un atún rojo
Un atún rojo

Se ha puesto de moda la idea de que el patrimonio natural no es una herencia de nuestros antepasados, sino más bien un préstamo de nuestros descendientes. Malgastar esa riqueza es una irresponsabilidad, todos estamos de acuerdo. No conozco a nadie que esté a favor de la extinción de especies, del desarrollo insostenible, de la destrucción de la biodiversidad. Sin embargo, eso es lo que las sociedades humanas están causando, pérdida de especies y reducción de la diversidad biológica como consecuencia de una explotación tan intensa que impide la regeneración de los ecosistemas. Y más o menos seguimos todos de acuerdo, hasta que empezamos a poner ejemplos concretos y cercanos.


La sobreexplotación de algunas especies como el salmón o el atún rojo, los intentos de eliminar depredadores, como el lobo, que son piezas clave de cualquier ecosistema, o la minería a cielo abierto que destruye para siempre una parte del territorio, son sólo muestras de que los humanos somos responsables de la pérdida de biodiversidad también a escala local. No sólo se pierde biodiversidad por la destrucción de las selvas tropicales o los arrecifes de coral. Claro que es más fácil culpar a los países en desarrollo en los que se encuentran esos hábitats, que pararnos a pensar en lo que estamos haciendo en nuestro entorno.


La calidad del aire, el agua y los alimentos que consumimos cada día depende de que los ecosistemas realicen sus funciones de forma eficiente. Los científicos han demostrado que donde la biodiversidad es más alta los ecosistemas funcionan mejor. Además, una mayor diversidad significa más estabilidad frente a perturbaciones. Por lo tanto, perder biodiversidad significa que la mayoría de la gente perderá calidad de vida.


A escala global, la economía depende de los servicios de los ecosistemas. El valor de estos servicios estaría por encima de los 30 billones de dólares al año, según la estima que Robert Constanza y sus colaboradores publicaron en la revista «Nature» a finales de los años noventa. Casi el doble de la suma del producto interior bruto de todos los países del mundo. Establecer un valor económico de la biodiversidad, algo que todo el mundo pueda entender, es importante porque si no se podría llegar a la conclusión de que el valor de una especie o de un ecosistema es cero. Sin embargo, otros opinan que es un sinsentido tratar de valorar algo sin lo cual no sobreviviríamos, el valor de la naturaleza sería, por tanto, infinito.


La perspectiva económica con el fin de promover la conservación de las funciones de los ecosistemas proporciona un buen argumento en favor de la protección de la biodiversidad. Se trata de evitar que sigan desapareciendo especies o se sigan destruyendo espacios naturales porque es malo para la economía. Pero este argumento no puede ser el único. En realidad hay dos enfoques muy diferentes para un objetivo común.


Por una parte están los que creen en el valor intrínseco de la naturaleza. Es lo que se conoce como posiciones biocéntricas, según las cuales los humanos debemos proteger la naturaleza por una responsabilidad ética para con otras especies. De acuerdo con esta visión, los humanos somos una especie más dentro de la comunidad biológica y por lo tanto debemos evitar dañar a otros seres vivos y no tenemos derecho a destruir ecosistemas. La mayoría de las asociaciones ecologistas y de defensa de los derechos de los animales, por ejemplo, encajarían en esta categoría.


Otra forma de enfocar la protección de la biodiversidad tiene que ver con una obligación moral hacia otros seres humanos. Si sobreexplotamos un recurso hasta su extinción, estaremos negando a otros, incluyendo nuestros descendientes, la posibilidad de disfrutar de esos bienes. Si continuamos pescando atunes a escala industrial en las costas de África, algunas especies se extinguirán, los pueblos que viven de las pesquerías artesanales se quedarán sin peces y nuestros hijos y los suyos habrán perdido la oportunidad de probar a qué sabe el atún rojo. Los beneficios económicos, generalmente para unos pocos individuos, de explotar un recurso hasta su extinción deberían de valorarse frente al coste que ello representa para la mayoría de la población actual y para las generaciones futuras.


En cualquier caso, tanto si valoramos la naturaleza en términos estrictamente económicos, presentes o futuros, como si consideramos que tiene un valor intrínseco, nuestra obligación ética sería proteger la diversidad biológica. Sobre todo si pensamos que los avances sociales, científicos y tecnológicos nos permiten evitar la destrucción del patrimonio natural a un coste relativamente bajo, máxime si se tiene en cuenta a las generaciones futuras.

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