El Barça, Astérix y el programa de B. O.

24.11.2015 | 03:35
El Barça, Astérix y el programa de B. O.

El Barça congeló el Bernabéu, Artur Mas llama a crear un nuevo partido y la tele nos recuerda que hace cuarenta años hubo un cambio de régimen. Benítez se equivocó; el problema de los tiempos modernos es que quinientos millones de personas ven tu error en directo. Las circunstancias hicieron que el partido tuviera menos tinte de desacuerdo territorial del que hubiera tenido de no haber pasado en París lo que pasó. Con esas medidas de seguridad, con ese minuto de tristeza, el ambiente del partido nació distinto. Hasta los silbidos a Piqué se quedaron por debajo de lo esperado. Ojo con eso, puede que sea el futuro. El juego con tantas precauciones se hace más serio. Si nos cambian el fútbol ¿qué va a ser de nosotros? Y serio está el semblante de Artur Mas, que quisiera un mundo tan feliz como el de Astérix, en el que solo hubiera romanos malos de un lado y felices devoradores de jabalí en el otro. No lo va a salir bien Weltanschaaung tan ambiciosa; la temeridad no es virtud altoburguesa y a Artur Mas le van a crecer, como a Florentino Pérez en otra ciudad y en otro ámbito, los adversarios más o menos aliados que le digan que hay por ahí cerca una bonita puerta de salida sin usar. El poder desgasta.

¿Y la efemérides? Felipe González, un optimista histórico, se vio en su día con fuerzas para cambiar el ser de España en el surfeo de la gran ola bruselense. Toda la modernidad nacional cabe en el desaliento del ahora expresidente, que andando el tiempo comprendió que, en vez del ser, podría cambiar solo el estar, y como mucho. Cuando un optimista deja de serlo tanto, es porque el ADN nacional ha dado muestra de un gran vigor. Llegaron las libertades, Internet y las autopistas; persistió el mal rollo vecinal y oscuro que se ve en los cuadros de Goya. Felipe tenía humor; gran virtud que, o se tiene, o no se tiene; impostarla es patético y contraproducente. Zapatero hizo con la mediocridad lo que Stravinski con la primavera: la consagró. Y los veteranos del PSOE se mordieron los labios -por lo general- y recordaron que la lealtad es una virtud esencial en política. Y echaron de menos el humor sevillano. Ahora no hay humor. A Rajoy me remito: joder, es increíble, dijo el presidente en un pasillo del Congreso. (¿Hablará Hollande así, habrá Pirineros?) Eso le pasa a nuestro presidente, que se ve corto de humor. Nos queda, eso sí, la noche de los miércoles, donde Bertín Osborne nos proporciona el poco solaz que nos queda. Dará que hablar ese crack. Un consuelo.

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