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EDITORIAL

13.12.2015 | 04:47

Al parecer, en pleno puente festivo, con Oviedo vacío de coches y vecinos, la contaminación alcanzó niveles tan elevados que obligó a adoptar una medida nunca vista en la región: cerrar la arteria principal de entrada a la capital. Ni en los tiempos en los que las chimeneas de las industrias pasaban el día y la noche escupiendo partículas y humos alguien actuó con semejante contundencia. La decisión partió del Ejecutivo socialista del Principado y la acató sin rechistar, hasta que todo pasó, un tripartito ovetense en el que también figuran representados los socialistas y otros dos grupos, Somos e IU, que sentirían traicionada su esencia por poner pegas al discurso ecológico políticamente correcto. Sólo con la autopista ya reabierta, los socios del PSOE aprovecharon la baza para castigar electoralmente al partido que gobierna en Asturias.

Unos días antes, otro Ayuntamiento socialista, el de Avilés, desobedeció una recomendación parecida proveniente de la Consejería de Medio Ambiente. El polvo por el asfaltado en la Travesía de la Industria había disparado unos sensores hasta cotas no permitidas. El Principado ordenó detener los trabajos. La alcaldesa avilesina se negó y mandó acelerarlos. La mejor forma de acabar con la anomalía, entendía, era rematar las obras cuanto antes.

Nadie pone en duda que las mediciones de Oviedo fueran las correctas y que, de acuerdo con los protocolos establecidos, exigían una rápida intervención. Aun de estar plenamente justificada, el Gobierno regional y el Ayuntamiento fallaron estrepitosamente: ni explicaron convenientemente a la población la gravedad de lo que estaba ocurriendo, ni la previnieron, ni justificaron adecuadamente el insólito cierre, ni emitieron los consejos paralelos que una alarma de tal calibre conlleva para proteger a los ciudadanos, ni están atacando ya a toda velocidad la raíz del mal -sea el tráfico, las fábricas o la depresión geográfica de la parte baja de Oviedo, unido al tiempo- con un plan de actuaciones concretas. El jueves hubo reunión entre las partes. Dentro de un mes o de dos, ya veremos de qué ha servido, salvo para charlar y salir en la foto.

Cuesta mucho, en cambio, creer que para limpiar una atmósfera con el doble de suciedad de lo recomendable baste con que los coches dejen de pasar por el entorno de Santullano y continúen entrando a la ciudad por otros accesos, en igual cantidad y contaminando lo mismo. Madrid, el único precedente, prohibió aparcar y limitó la velocidad para disuadir del uso del automóvil particular. La magnitud del sobresalto no se corresponde con la ligereza con que fue solventado, tras una tormenta que ayudó más que el desvío. Si era sencillo, ¿mereció la pena intranquilizar a los ovetenses?

Los asturianos tienen muy asumido que habitan en un paraíso natural. Han sabido transmitirlo hacia afuera porque es cierto. Eso no impide lagunas, ni el repunte de un tiempo a esta parte de la sensibilidad medioambiental en paralelo al crecimiento de la concienciación sobre las amenazas del cambio climático.

En Gijón arraiga un sólido movimiento contra la contaminación que cristalizó esta semana con la entrega de cinco mil firmas de protesta en el Consistorio. Los vecinos de la zona Oeste, los más próximos a la siderurgia y a los polígonos industriales, ya no claman en solitario. Un informe reciente sitúa precisamente al concejo gijonés entre los más contaminados de Europa. En Avilés hubo una manifestación por este motivo la semana pasada. En poco más de cinco kilómetros a la redonda del municipio con mayor densidad de población de Asturias mantienen su actividad seis grandes multinacionales de sectores pesados. Un grupo ecologista controla a diario, por su cuenta, la situación de la atmósfera. Si los indicadores oficiales ya están en máximos, los paralelos los rebasan con creces.

Con estos antecedentes, a cualquiera le resulta rocambolesco y surrealista que, centrándose las denuncias y la presión social en Gijón y en Avilés, la única medida de fuerza se haya adoptado en Oviedo, un domingo de vacaciones. En Avilés, hace un mes, Medio Ambiente anunció que el concejo estaba a punto de entrar en estado de prealerta ambiental. A preguntas de este periódico, nadie en la Consejería supo detallar qué entrañaba la categoría, ni qué precauciones comportaba. Evidentemente, no cuesta lo mismo cerrar una autopista en horas sin vehículos que clausurar una factoría. La "preemergencia" llegó una jornada antes de que empezase a orbayar y desapareció con las primeras gotas. ¿Serán las rogativas lo único efectivo contra los vientos viciados?

Todos deseamos ciudades saludables. Hasta el Papa Francisco elabora encíclicas rotundas sobre el medio ambiente y la armonía con la Naturaleza. Hay que velar por una Tierra sostenible, sin dogmatismo ni fundamentalismos. No conviene ridiculizar esta cuestión ni tomársela a cachondeo. Pero los golpes de efecto ni limpian los cielos ni acallan a los críticos. Con su estrategia, el Principado acaba de incorporar la contaminación al extenso catálogo de asuntos por resolver de la región. En una comunidad en regresión demográfica y con actividad menguante, no parece que el peligro sea hoy mayor que hace un lustro, aunque si quien analiza los datos está seguro de que los asturianos se emponzoñan al respirar tanto como para asustarlos cerrando la "Y", no puede esperar ni un minuto más para hablar con franqueza y actuar con energía. La consejera de Medio Ambiente, por convicción o por camelo, ha contraído una enorme responsabilidad con los asturianos.

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