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Umberto Eco, bendito seas

Carta al intelectual italiano, fallecido el pasado febrero

17.03.2016 | 03:46
Umberto Eco, bendito seas

Querido Umberto:

Te escribo estas líneas desde la indignación por el intento de un clérigo, víctima de la EGB y del BUP tardofranquistas, de desacreditar tu coherencia intelectual y la grandeza de tu figura intelectual y literaria (LNE, 5/III).

Trata de vengarse en la hora de tu muerte del retrato que haces de los clérigos en "El nombre de la rosa"; y la coherencia de tu ateísmo le saca de quicio. Y todavía se permite terminar su libelo hablando de "amor", cuando sus palabras rezuman venganza y frustración.

Tú conocías muy bien la historia de la Iglesia católica, una historia no llena precisamente de amor, sino de ansia de poder, de odios, de crímenes, de represión y de manipulación de las conciencias de la pobre gente, sometida física y espiritualmente durante siglos a la férula clerical.

Bastará con recordarle la historia del papado; para que se divierta a la vez que aprende -ya sabes, "delectare docendo"- le recomendaremos sólo el divertido libro de Javier Sanz ("De lo humano y lo divino"), donde podrá leer que "Los papas han sido quizá los hombres que más poder han concentrado en la Historia, porque no sólo gobernaban territorios, sino también disponían de las conciencias de su rebaño"; o la historia del papa Juan XII (siglo X), el papa "fornicario", de quien la propia Enciclopedia Católica dice que era "un hombre inmoral, ordinario, cuya vida fue tal que del palacio Lateranense se hablaba como de un burdel"; o el cinismo del papa Inocencio II, que ordenó la matanza de miles de cátaros: "Matadlos a todos -ordenó el legado pontificio-, el Señor sabrá reconocer a los suyos". Sin duda el Espíritu Santo se distrae mucho.

La historia del papado es, sin lugar a dudas, uno de los relatos más obscenos que se puedan leer: corrupción por doquier, y pompas y vanidades, cuyo final retrató magistralmente Valdés Leal en sus pinturas del Hospital de la Caridad de Sevilla, "In ictu oculi" y "Sic transit gloria mundi".

¡Y eso que su reino no era de este mundo! En cuanto hubo ocasión, la Iglesia se asoció al Imperio Romano (Teodosio, Edicto de Tesalónica, 380 d. C.), y gracias a que asumió su estructura de poder pervive aún y tiene un Estado terrenal propio y la pretensión de un Imperio Espiritual sin límites, al que se dirige desde su Estado terrenal: "urbi et orbi".

Aunque bien pensado, querido Umberto, quizá sea mucha lectura para quien, a buen seguro, dedica la mayor parte de su tiempo y esfuerzo a las intrigas de poder que puedan propiciarle un obispado, sin percatarse de que todo acabará, como el pobre Mañara. Sin duda le sería de gran provecho también la lectura de Manrique: "? dejad el mundo engañoso/ y su halago"? "Ved de cuán poco valor/ son las cosas tras que andamos/ y corremos,/ que, en este mundo traidor/ aun primero que miramos/ las perdemos? que a papas y emperadores/ y prelados/ así los trata la Muerte/ como a los pobres pastores/ de ganados".

Se ve que le molesta al clérigo -de ahí su frustración- tu ateísmo militante y que en tu vida no siguieras la consigna del Eclesiástico (7, 40: "memorare novissima tua et in aeternum non peccabis") ni se te diera un ardite la Iglesia en la hora de tu muerte. Es comprensible, su gran baza -ya casi la única que le queda- es la muerte. No soporta que no corrieras, presa del miedo a un más allá inexistente, a cobijarte bajo su protección.

De ahí que recuerde malévolamente tu nacimiento y juventud católicas. Sólo le quedó decir que eras fascista por haber nacido en la Italia de Mussolini. ¿Pero quién podría no serlo habiendo nacido en la Italia de principios del siglo XX? ¿O en la España de Franco? Los hijos cargan con la genética y con los dioses de sus padres, hasta que algunos son capaces de pensar lúcidamente por sí mismos.

Pero tú sabías que "la muerte no es nada para nosotros, que mientras nosotros somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos" (Epicuro, "Carta a Meneceo"). El sabio carece por completo de temor a la muerte, cosa que a la Iglesia le molesta mucho; ella ha alimentado desde siempre ese miedo como base de su poder. ¡Cuántas arengas apocalípticas sobre la muerte hubimos de padecer quienes nacimos en la España franquista de posguerra!

A disipar esos temores dedicó Lucrecio su obra ("Sobre la naturaleza"), sabiendo que las religiones los habían fomentado para controlar la conducta humana y mantener una posición dominante: "un religioso terror está enraizado en los hombres, que les hace levantar por todo el orbe de la tierra nuevos santuarios a los dioses" (V, 1163-1167). Como decía Polibio con cínica lucidez, "dado que la multitud es inconstante y desenfrenada en sus ilícitos deseos, fácil a la ira, violenta e impetuosa, no queda más remedio que tenerla sujeta con misteriosos terrores" (Historias, VI, 56, 2). Ambos sabían muy bien que el poder político podía controlar mejor a la gente con la religión.

Tú, como sabio que eras, también habías leído en Platón que "temer a la muerte no es otra cosa que creer ser sabio no siéndolo" ("Apología de Sócrates", 29, a); y en Séneca, que "tras la muerte nada hay y la misma muerte no es nada? ¿Sabes dónde vas a yacer después de muerto? En donde yacen los no nacidos" ("Troyanas", 397-408).

Te decía, querido Umberto, que tu zaheridor es una víctima de la EGB y del BUP, un invento de un tal Villar Palasí, que en 1970, so pretexto de generalizar la enseñanza, suprimió los cuatro años del bachiller elemental, para abaratarla, arrumbando prácticamente el estudio del latín. En consecuencia, pocos latines debe de haber estudiado el clérigo; sólo así puede explicarse que ignore que puedan existir bendiciones no pronunciadas por dioses o sus ministros terrenales, por chamanes o santos. "Bendecir", al margen de su utilización mágica, igual que "maldecir", significa sencillamente "bene dicere", bien decir, pronunciar palabras elogiosas de alguien, o específicamente desearle lo mejor, o rememorar sus virtudes. Quizá el clérigo piense que "bendecir" y "bendición", igual que muchas otras palabras que ha patrimonializado la Iglesia católica, como "virtud" o "piedad", las ha creado ella.

También pretende patrimonializar las honras fúnebres ridiculizando tu funeral laico, como si los funerales fueran intrínsecamente religiosos. ¿Dónde estaba la Iglesia católica cuando se celebraban los funerales de Patroclo, cantados por Homero?

Quizá el clérigo estuviera pensando que un funeral laico es algo tan contradictorio y ridículo como las comuniones o bautizos laicos, tan de moda ahora en España, antes tan católica y ahora tan esperpéntica. En esto sí tendría razón: éstos son sacramentos de la Iglesia y plantearlos como laicos es una contradicción en sus términos. Pero nada tienen que ver con las honras fúnebres, cuya función no consiste necesariamente en un viático a ninguna parte; es simplemente un acto de recuerdo y homenaje que le brindan los deudos a un ser querido, desde la añoranza. Tu familia era la que sentía tu muerte, tú no; tú ya sólo vives en tus obras -"monumentum aere perennius"- y en el recuerdo de tus seres queridos. ¡Bendito seas, Umberto!

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