EDITORIAL

El sector lácteo asturiano, en horas críticas

03.04.2016 | 19:45

Los problemas de la leche siguen siendo ahora los mismos que hace treinta años, cuando España ingresó en la Unión Europea. Una producción en el conjunto de la UE muy superior a la demanda. Un reparto muy desigual de la misma, con países altamente excedentarios y otros que ni siquiera llegan a cubrir las necesidades internas, como España. Y una política agraria determinada por los intereses de las grandes corporaciones lácteas, que no son precisamente españolas sino del centro y el norte del continente, con influencia decisiva. Como los socios comunitarios y las autoridades de la Unión nunca quisieron ir al fondo del asunto, el sector se deteriora sin remisión.

En España falta leche, pero en Europa sobra. La producción ya rebasaba con creces las necesidades de los europeos hace décadas. En el último año, en vez de reducirse, creció de manera disparatada. Lo sigue haciendo. Los ganaderos más poderosos quisieron mantener intactos sus beneficios y, anticipándose a una caída generalizada de precios, reaccionaron multiplicando el rendimiento de sus cabañas para compensar posibles mermas. La consecuencia fue la contraria: una espiral bajista por abundancia de oferta que no toca suelo. Los ganaderos reciben hasta un 20% menos por cada litro.

Esta caótica situación está llena de absurdas paradojas. La leche española apenas cubre algo más del 60% de las necesidades del país. El resto hay que importarlo. Y quienes más entregas venían realizando antes, los productores holandeses, irlandeses, alemanes, luxemburgueses y británicos, son encima los responsables de los mayores incrementos y del abaratamiento desde la abolición de las cuotas. Nadie les cortó las alas. La cabaña española fue ninguneada en los tratos para el ingreso en la UE en favor de la huerta y los cítricos. Primero las ganaderías no pudieron crecer para facilitar que el exceso de leche europea encontrara aquí acomodo. Y en los próximos meses, si un milagro no lo remedia, muchas explotaciones serán sacrificadas en silencio, por inanición, para que los mismos de siempre sigan pudiendo dar salida en nuestro país a sus stocks desmesurados.

Con cuotas y sin ellas, los grandes damnificados por las nefastas estrategias nacionales, regionales y europeas son los ganaderos asturianos, el eslabón más débil de la cadena. Cada año ven disminuir su renta. Los abandonos no cesan. Mientras estuvieron en vigor las restricciones, fueron obligados a modernizar sus cuadras y a invertir fuertes sumas en la adquisición de derechos de producción. Ahora que se terminaron, comprueban con estupor el fiasco. Cerraron los ojos, no quisieron ver lo que les venía encima. Han desembolsado un capital por un bien, los cupos de ordeño, que ya no vale nada. Son expulsados del mercado porque no pueden rivalizar en costes, salvo unos pocos privilegiados en unas condiciones muy determinadas: con vacas selectas y establos próximos a las lecherías para minimizar transportes. Por si fuera poco castigo, quedan hipotecados hasta las cejas.

En un mercado dopado por los controles, las industrias iban tirando. Ahora, con la liberalización, tiemblan. Las centrales están padeciendo una grave acumulación de sobrantes de leche en polvo como consecuencia de la mayor competencia y del frenazo en seco de la demanda de China y los países emergentes. La crisis dinamitó unas perspectivas demasiado optimistas de exportaciones. Grupos como Clas y Reny Picot lo están pasando francamente mal porque tienen paralizadas miles de toneladas sin que se atisbe algún tipo de solución. Tal es el desconcierto que quienes antes clamaban contra la existencia de mecanismos que coartaban el emprendimiento individual, como las cuotas, ahora abogan por retroceder a algún tipo de fórmula parecida que imponga orden.

Las empresas también dejan patente su dependencia del envasado líquido, sin más, y su incapacidad de colocar productos transformados. Mientras, las queserías artesanales asturianas sufren para encontrar materia prima de calidad -leche con la suficiente grasa y proteína para manjares de alto valor añadido- porque nadie orientó a los campesinos hacia esa especialización. Les prometieron equivocadamente el paraíso en otra parte.

Lo descorazonador es la falta de respuestas a esta crisis desde todos los ámbitos. La Comisión Europea da palos de ciego. Al principio intentó lavarse las manos: sálvese quien pueda. Al comprobar la dimensión de la tragedia piensa en ayudas. Otro parche. El Ministerio de Agricultura, en funciones, no planta batalla. Un alto cargo aseveró que cada cual debe adaptar su volumen de ordeños a la demanda del momento, como si las vacas fueran máquinas regulables. La Consejería de Desarrollo Rural asturiana está ausente y carece de criterio sobre qué hacer con el campo. Otorgar subvenciones, el remedio para casi todo cuando faltan ideas, es una suerte perversa de caridad agraria, no de política fructífera. Los subsidios convierten a las administraciones en redes clientelares en las que cada uno defiende su mamandurria. El campo asturiano tiene futuro. Pero para rescatarlo hay que creer en su potencial y trabajar en serio. No incrementar la dosis de anestesia para que no sienta dolor mientras se extingue.

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