La columna del lector

Arde, conciencia

08.05.2016 | 05:32

Cuando somos pequeños, en la escuela nos enseñan valores tan básicos como son la tolerancia, el respeto, la igualdad, la importancia de compartir. También nos enseñan que mentir, robar y engañar está mal. Son cosas tan simples que los niños que han llegado hace relativamente poco al mundo las entienden a la perfección. Por eso me pregunto cuál es el momento en el que hemos olvidado todo eso.

Últimamente escuchamos la palabra refugiados a todas horas, en todos los medios de comunicación, y empiezo a pensar que, como ocurre cuando repetimos tantas veces la misma palabra hasta que pierde el sentido, Europa ha dejado de saber lo que significa. Todo el mundo habla de ello, cayendo en el mismo error: no vinculan el término a su significado verdadero. No hablamos de cosas ni animales, hablamos de personas. Gente como tú, como yo, como tu madre o tu padre, como tus hermanos. Intentan huir del lugar donde han nacido, donde han vivido durante toda su vida, porque una guerra absurda ha destrozado su hogar. Y el único fallo de toda esta historia, según los países desarrollados, es que emigren en masa hacia sus territorios, donde todo marcha bien. Porque ¿es en realidad la emigración el verdadero dilema? ¿La guerra no suponía ya ningún problema? Claro que no, nos hemos vacunado contra la empatía: si no está cerca, el asunto no es nuestro.

Al comienzo de todo, Europa se implicaba al máximo, todo el mundo quería acoger a los refugiados. Pero empezaron a llegar demasiados y todos se dieron la vuelta disimuladamente, haciendo rigurosos tratos con Turquía. La UE, que siempre se había visto a sí misma como una asociación culta, formal y justa (al diablo nunca le ha gustado ser diablo), ha mostrado su verdadera identidad: una potencia más cuyo poder se mueve por intereses, cómo no, económicos y no por amor al arte. Porque las cosas, por mucho que queramos, son todo menos bonitas.

La sociedad en que hemos crecido nos ha educado para cerrar los ojos y taparnos los oídos ante los gritos de ayuda y a prestar toda nuestra atención a la publicidad, para pasarnos la vida comprando productos que no necesitamos, mientras otros se mueren de hambre. No queremos ver las cosas como son porque la ignorancia da la felicidad. La sociedad ha secuestrado nuestro cerebro y ahora sufre el síndrome de Estocolmo.

¿Han existido alguna vez de verdad los valores que he comentado al principio o ha sido el dios dinero, que maneja el poder, el que los ha corrompido? De forma inexplicable, se puede afirmar que un niño de 4 años puede enseñarle tolerancia, respeto y a compartir al mundo entero. Manda narices.

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