07 de agosto de 2016
07.08.2016

EDITORIAL

07.08.2016 | 06:14
EDITORIAL

Sólo en el valle del Sella, en los 70 kilómetros del puerto del Pontón a la mar, sería posible realizar una veintena de actividades con el río como principal protagonista. El turismo de experiencias cuenta con una creciente demanda. Específicamente relacionadas con el entorno fluvial, desde las cumbres a la desembocadura, estarían las excursiones en piragua, el descenso de barrancos, el kayak (una piragua especial) de aguas bravas, el kayak de mar, el rafting (la bajada de cauces en una balsa), el hydrospeed (el deslizamiento con tabla), el surf, el paddle surf (con remo), los paseos en barco, la pesca, el submarinismo y el bodyboard (otra forma de cabalgar olas). Luego también suman valor a estos encantos el esquí de travesía, las raquetas de nieve, los paseos a caballo, las vías ferratas (itinerarios equipados con clavos, pasamanos, tirolinas... para llegar con seguridad a zonas difíciles), la bicicleta de montaña, el senderismo, los quads, la espeleología y el parapente.

La ventaja de las nuevas actividades que surgen alrededor de los recursos hídricos es que permiten desestacionalizar la temporada de visitantes, precisamente la asignatura pendiente que tiene hoy el sector servicios en la región. Muchas sólo pueden practicarse en invierno o primavera, cuando los cursos alcanzan la plenitud. Y la mayoría están por desarrollar aquí.

Los rápidos del Cares destilan una hermosura apabullante. Un baño en la hoya del Dobra, entre Cangas de Onís y Amieva, nos sumerge en una de las piscinas naturales más maravillosas. Antes de besarse con el Sella, el Piloña forma un pedrero a la puerta de Arriondas que las pandillas han convertido, generación tras generación, en una coqueta playa interior. Hay pocos sitios como el Navia y sus embalses para largas expediciones acuáticas, de noche o de día, repletas de historias, magia y descubrimientos. La braveza del Agüeira, por los Oscos y Pesoz, sobrecoge. Incluso tramos del Aller, el Nalón y el Caudal, felizmente recuperados de su sacrificio minero, presentan idílicos remansos.

Hasta hace cinco lustros, del río sólo sacaban provecho los pescadores. Cuando empezó a sembrarse la semilla del turismo de aventura hubo que compartir las riberas. Los enfrentamientos, viscerales, entre los aficionados al salmón y los empresarios predominaron en los primeros tiempos, cuando apenas bajaban el Sella un puñado de atrevidos. Paradójicamente, ahora que la actividad está al borde de la saturación no existe ningún problema. Los acérrimos críticos en los inicios -"¿quién va a pagar por bajar un río?", "es caro", "una chifladura"- son hoy los más fervientes prosélitos, los primeros en recomendar subirse a la embarcación a quien les ruega consejo sobre algo diferente con lo que llenar su descanso.

Para triunfar en un mundo frenéticamente cambiante, en el que la velocidad y la flexibilidad de adaptación constituyen la norma, hay que desterrar de la región esa mentalidad conservadora aferrada a lo clásico. A cualquier innovación le cuesta mucho abrirse paso en Asturias. El turismo rural tuvo que sobreponerse a la incomprensión general y a las críticas. El etiquetado de la botella de sidra, tan normal e imprescindible ahora, fue considerado por los puristas en los inicios un atentado a las tradiciones.

Asturias puede presumir de aguas de mucha calidad, a la cabeza de Europa, aunque los avances en el saneamiento ni mucho menos concluyeron. Residuos sin depurar siguen afluyendo a los lechos. Los ríos constituyen un foco de atracción que hay que impulsar sin olvidar nunca que buena parte del éxito reside en saber conservarlos, tarea que implica a todos. Muchas orillas presentan por acciones poco cívicas un abandono y una suciedad lamentables, agudizados con el estiaje. El turismo es un motor económico fundamental para las alas, las zonas más castigadas por el envejecimiento y la despoblación. Esta semana conocimos los últimos datos sobre el empleo, espectaculares en el Oriente. El paro bajó en Llanes, Ribadesella y Cangas de Onís casi un 20%. Con una caída de la misma intensidad en todos los concejos, Asturias tendría 64.000 parados, y no los 80.000 actuales.

Aquellos pioneros de las canoas arrancaron pensando únicamente en ofrecer al público asturiano la posibilidad de emular a los héroes deportivos del Descenso de agosto. Ni en sus previsiones más optimistas imaginaron la magnitud global que llegaría a alcanzar este fenómeno. Y eso que la región, pese a contar con ingredientes para destacar, apenas es conocida fuera de España. Otra eterna factura por saldar en el ámbito de la promoción.

Miles de remeros pugnan cada jornada de verano, río abajo, de Arriondas a Ribadesella. También puede morirse de éxito. Normalmente, quien se siente atraído por el medio natural huye de las masificaciones. Un argumento que añadir a la larga lista de razones que justifican aprovechar nuevos recursos acuáticos y diversificar las zonas en las que concentrarlos. Un paseo por Europa basta para verificar las posibilidades de este mercado. Hay lugares en los que nada más concluir la temporada de esquí empieza la del agua. La campaña turística regional no puede reducirse a dos meses, aunque vengan tan de cara como éstos. Asturias es atractiva todo el año. Aprovechémoslo.

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