18 de septiembre de 2016
18.09.2016

EDITORIAL

18.09.2016 | 04:41

Un corresponsal de guerra inglés, curtido en mil batallas, cura sus heridas psicológicas del horror de Irak o Afganistán plantándose en Somiedo a "cazar" osos con su cámara. Los lectores conocieron su historia gracias a un reportaje este verano de LA NUEVA ESPAÑA. "Ahora me siento más optimista. He recuperado la esperanza. El mundo no me parece tan sucio. Estaba acostumbrado a la oscuridad". Así de optimista compartía sus sensaciones tras el primer avistamiento. Los osos han pasado de ser enemigo acérrimo para el campesino, su competidor en el medio rural, a activo económico del turismo de experiencias, con cada vez más empresas dedicadas a organizar visitas por los montes para descubrirlos y retratarlos.

Al inicio de la década de los años 90 del pasado siglo, cuando el Principado aprobó el primer plan de recuperación, apenas quedaban 25 ejemplares. Hoy, felizmente, habitan en la cordillera Cantábrica, y principalmente en Asturias, unos 250. Ya no es tan milagroso y difícil encontrarse con alguno, ni que bajen a los pueblos. El equilibrio por la supervivencia sigue siendo delicado. Cualquier contratiempo, aunque leve, supone una amenaza comprometedora. Los osos que caben en un hábitat muy humanizado en núcleos dispersos como el asturiano siempre van a ser escasos para preservar una estirpe en un momento tan precario.

La muerte a balazos del oso de Moal nos retrotrae a la peor época del furtivismo. ¿Hecho aislado o rebrote de las mafias en torno a la captura de piezas codiciadas? La investigación en marcha aclarará los hechos. Ciertamente, el endurecimiento de las penas y la persecución de los infractores y del tráfico de trofeos complican mucho la existencia de bandas organizadas. El Código Penal recoge expresamente como delito la eliminación de un animal de un grupo protegido. Pero hay quien dispara, aunque cueste creerlo, por el simple hecho de matar y desafiar lo prohibido. Las imágenes de encapuchados, rifle en ristre, pateando zonas oseras, captadas por videocámaras camufladas de grupos conservacionistas, son inquietantes.

Sólo la educación ambiental hizo posible cambiar la imagen de los osos. La mayoría de la sociedad no los considera hoy animales fastidiosos, dedicados a destrozar los rebaños y las colmenas de los ganaderos. Al contrario, son queridos, respetados e incluso idolatrados. Un símbolo casi a la altura de Pelayo o la Cruz de la Victoria. Predomina en el imaginario popular su aspecto bonachón y legendario a su extraordinaria fuerza y su cólera cuando se les enfada, lo que ocurre en raras ocasiones.

La devoción de los miles de visitantes del cercado de "Paca" y "Tola", su interés por el seguimiento de los cortejos de "Furaco", el furor ante cada noticia con un esbardu como protagonista, el exitoso reclamo de una atestada Senda del Oso constituyen la mejor prueba de los progresos en la concienciación.

En el pago de los daños no cabe reseñar idéntica eficacia. Las cosas prosperaron respecto a la época en que la gestión correspondía al Estado, que tardaba años en abonar las indemnizaciones. El proceso actual dura menos, pero tampoco queda resuelto con rapidez. Hay que aguardar meses de burocracia en la tramitación de un lento expediente para recibir compensaciones. Esa tardanza desespera y alienta las críticas, ahora mayores porque al aumentar los especímenes crecen en paralelo los estropicios y los perjudicados.

El abandono del campo, la pérdida de pastos devorados por la maleza y las políticas de protección han multiplicado la fauna. En esta película, el oso es el bueno; el jabalí, el feo y el lobo, el malo. Su rastro llega a las ciudades. La desaparición de las carroñas -desde la crisis de las "vacas locas", todos los cadáveres de reses se retiran de los montes- los obliga a ir más lejos en la búsqueda de alimento. Las toneladas de castañas y de avellanas que ya no se recogen, de gran valor proteico, los acerca a las aldeas.

La proliferación genera un intenso debate. Conviene huir de maximalismos. No existen motivos para la alarma. No nos invade la selva, y estas presencias, con la gestión adecuada, son perfectamente compatibles con el desempeño agrícola y ganadero. También es comprensible la intranquilidad de los ciudadanos por una situación novedosa, o su impotencia ante los bienes perdidos sin resarcir. Vamos a tener que acostumbrarnos a la convivencia porque los casos serán cada vez más frecuentes. Es la consecuencia de una región bien conservada en una profunda transformación poblacional y territorial que cambia el escenario.

El suceso de Muniellos supone un mazazo por la pérdida de un macho joven y sano, en plenitud. El Suroccidente es la gran reserva osera. En el Oriente, antes el área débil pese a sus magníficos bosques, ya arraigó población. Ambos núcleos están comunicados por el valle del Huerna, aunque la zona todavía funciona como lugar de tránsito. Las madres con crías no acaban de asentarse en Lena y Quirós. Que los encuentros con osos empiecen a formar parte del relato cotidiano no debe de traducirse en la reactivación de viejos estigmas, sino en un signo definitivo de la calidad ambiental de nuestro ecosistema. Aprovechémoslo.

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