06 de noviembre de 2016

Lo que Asturias necesita para funcionar

06.11.2016 | 04:24
Lo que Asturias necesita para funcionar

La capacidad de mutar con agilidad, de variar los planes en muy cortos periodos y de rectificar cuando las perspectivas cambian: ésta es la condición fundamental para que una empresa asturiana pueda sobrevivir y obtener éxito. Las estrategias empresariales ya no se definen en el largo plazo. Hay que reinventarse cada día. Esta conclusión resalta, como gran "leitmotiv", de las reflexiones de "La Asturias que funciona", una serie de debates sobre la salud empresarial asturiana que durante las dos últimas semanas organizaron la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Oviedo y el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA.

Sectores enteros quiebran, como el de la construcción. Otros nacen, como el de los videojuegos, la minería de datos o el comercio electrónico. Las empresas que no se adaptan a las reglas de estos tiempos acelerados, de hallazgos continuos y recesiones demoledoras, se estancan y desaparecen. No hay tregua, pero sí esperanza. Aquellas compañías, por el contrario, que pasaron a la acción para reorientarse, sujetaron con fuerza el timón de su destino y determinaron con claridad y sentido común otro rumbo sí gozan de segundas oportunidades. Incluso las volcadas en mercados absolutamente deteriorados por el vendaval, como el de la maquinaria pesada o la ingeniería naval, lograron salir a flote incrementando fortalezas.

Lo que las compañías asturianas precisan para desenvolverse con solvencia en el mundo implica un profundo cambio de mentalidad. Que la innovación es determinante para modificar el modelo productivo constituye un tópico socorrido. Y no por repetido, asimilado. La sociedad asturiana afianza, de palabra, su fe en el valor de la investigación. Dista mucho de demostrarlo con hechos por sus apuestas y prioridades. Los científicos claman en el desierto. Esta misma semana volvieron a denunciar el desapego por el talento y su retorno. Los empresarios, salvo contadas excepciones, minimizan las inversiones en I+D+i. Desde que comenzó el siglo, este capítulo apenas creció en Asturias. En algunos casos llegan a ofrecerse contratos de seis meses para desarrollar programas, como si en un periodo tan exiguo fuera posible obtener réditos. Otras autonomías o universidades firman por cinco años. Eso sí, con estricta exigencia de resultados y evaluación de los mismos.

La complejidad a que obligan los mercados y el imperativo de estar de inmediato cerca del cliente no se corresponde con la parsimonia con la que toman los asuntos las administraciones y su enjambre de cargos y despachos. Sorprendentemente, pese a estar sometidos a la asfixia de un Gobierno regional voraz en materia fiscal como el asturiano, los empresarios se consideran más damnificados por el exceso de burocracia que por los impuestos. Simplificar trámites es el cuento que venden cada ejercicio el Estado, las autonomías y los ayuntamientos. La cruda realidad determina que cualquier permiso no se libra de una retahíla de ventanillas. España figura entre los países europeos que más trabas plantean a la apertura de negocios. En Portugal, Letonia, Estonia, Rumanía o Bulgaria, por citar ejemplos de naciones menos desarrolladas, dan, con diferencia, mayores facilidades a los emprendedores.

No existe proceso de transformación sin el capital humano. Y la dificultad de reclutar a los profesionales adecuados, por las carencias del sistema educativo y por la falta de compromiso, emerge como lamento común. Los trabajadores se erigen en el principal activo de cualquier empresa. Es complicado implicarlos y apasionarlos en el actual ambiente de volatilidad. Los tiempos requieren un marco laboral con menores rigideces y también, para recuperar el círculo virtuoso, salarios adecuados que recompensen la iniciativa y la dedicación. Sale caro instruir a un operario para que lo arrebate la competencia, pero más no formarlo y que se convierta en una rémora tóxica. Tienen que ganar los trabajadores, y también los empresarios. Sin beneficios no hay creación de empleo, ni riqueza, ni reinversión productiva, ni recursos públicos con los que sostener el Estado del bienestar.

Las empresas bien gestionadas en casa son las que también triunfan fuera. Asomarse al exterior, con tiento y prudencia, supone un requisito indispensable en la nueva dinámica. Exportar forma parte de una cultura que exige dominio. El 84% de las sociedades asturianas cuenta con menos de dos trabajadores. El tamaño representa un inconveniente relativo. Facilita economías de escala y proporciona seguridad, aunque de compañías pequeñas también brotan novedades interesantes. Con los medios actuales, la dimensión apenas impone barreras. Ni la adversidad de los ciclos levanta muros infranqueables para quien sabe lo que quiere y hace con excelencia lo que sabe. Algunas empresas triplicaron su facturación en plena crisis.

Rendimiento y esfuerzo van parejos. "Con buena materia prima, los milagros existen", afirma un empresario. Asturias cuenta con potencial de sobra del que tirar. Necesita ideas ganadoras para explotarlo. No puede competir en costes o bajando precios. Sí en calidad y valor añadido. Al final todo se resume en aumentar la productividad. Hacer más y mejor. Arrimando todos el hombro en esa dirección, la luz brillará al final del túnel.

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