RAMÓN DÍAZ
José Luis Obeso Nieda, «Pepín el Nuestru», fue uno de esos personajes irrepetibles nacidos en el Llanes de la primera mitad del siglo XX, entre los que también estaba un hombre fallecido hace unas semanas, Javier Cano Goti, «El Dorilu», segundo mejor churrero del mundo (la primera fue, sin duda, su madre, Dorila). Pepín el Nuestru, que ayer fue enterrado en Posada, ejerció mil oficios, algunos bien duros, pero siempre se las arregló para vivir bien, suficientemente bien, razonablemente bien. Tal vez por eso repetía a menudo: «Asustáu estoy de lo bien que vivo». Era buen paisano. Alegre y dicharachero, imitaba a la perfección los sonidos del roncón y de la gaita. Y fue el alma de muchas reuniones en las madrugadas de los años setenta del siglo pasado en bares de Posada como el mítico Monito. Reuniones en las que corrían a la par el alcohol y las carcajadas, las raciones de callos y las anécdotas de la hambruna. Y tantas otras cosas... Un desgraciado accidente se llevó a Pepín el Nuestru demasiado pronto. Asustáu estoy.