Ribadesella,
Ignacio PULIDO
El calor aprieta y en los últimos metros de la ría del Sella las labores diarias de los pescadores conviven con las toallas y las sombrillas de los bañistas que exprimen las horas de sol sobre la arena de la playa de Santa Marina, galardonada con la «Q» de calidad. Este arenal se encuentra en pleno núcleo urbano de Ribadesella, en un área que desde finales del siglo XIX goza de importante raigambre turística.
La playa de Santa Marina tiene 1.150 metros de longitud y su superficie está cubierta por completo por una fina arena de color dorado. En su zona más occidental, en concreto en la que los lugareños conocen como la Punta'l Pozu, se localiza un área rocosa que ha hecho y hace las delicias de los paleontólogos, dada la existencia de numerosos restos de huellas de dinosaurios; en concreto, varios rastros de pisadas de saurópodos.
El aspecto actual de la playa nada tiene que ver con el que presentaba hace apenas un siglo y medio. Antes del XIX este arenal permaneció inmutable sin que la mano del hombre alterase ninguno de sus elementos. Para acceder a Santa Marina era necesario el empleo de embarcaciones y sobre su superficie se daban cita centenares de aves migratorias. Esta situación daría un giro radical en 1898 con la construcción del puente de hierro obra de Eugenio Ribera, que por aquel entonces se convirtió en la pasarela metálica más larga del mundo.
La mejora de las comunicaciones trajo consigo una considerable marea colonizadora urbanística que, a base de construcciones modernistas, tomó la delantera a la Naturaleza y se posicionó en primera línea de costa. Villas, palacetes y chalés fueron erigidos por la aristocracia y la burguesía que acudía a Ribadesella atraída por el balneario instalado en la playa en 1910 por los marqueses de Argüelles y donde se ofrecían baños de mar, de yodo y de algas.
El paso de las décadas dio lugar a un nuevo tipo de veraneo y las largas estancias de los aristócratas se fueron diluyendo. No obstante, la peculiar fachada de la playa se conservó inalterada y actualmente el visitante se da de bruces con una estampa que bien podría ser claro ejemplo de la suntuosidad de la «belle époque».
Luis González llegó a Ribadesella hace años como cualquier otro turista y pronto se enamoró de Santa Marina. «Vengo con mi esposa todos los meses de agosto. Paso los veranos en Villamayor y siempre nos dejamos caer por aquí», comenta mientras practica golf en la zona este del arenal. «Ejercito un poco mi afición, para matar el gusanillo. La mujer no me deja jugar más», sonríe, y añade que en numerosas ocasiones acude a la playa acompañado de sus nietos. «A veces vienen conmigo. Nos solemos colocar en la zona de la desembocadura, está bien para que naden los niños», explica González, para el cual tan sólo deberían mejorarse algunos detalles en el núcleo turístico riosellano. «Quizás eche en falta algo más de limpieza y alguna que otra papelera más. Por lo demás, todo está muy bien», señala.
Apenas queda un mes para que concluya el estío y en el paseo de Santa Marina la actividad es frenética. Su pavimento se ha convertido en punto de encuentro para cicloturistas, patinadores, corredores o para familias, que reposan en bancos o sobre el césped de sus jardines. Del mismo modo, a pie de playa se encuentran varios restaurantes desde cuyas terrazas es posible ver la mar mientras se degustan suculentas viandas.
El encanto inherente a la playa de Santa Marina se completa con una variada oferta de servicios que le han servido para obtener la «Q» de calidad. Entre esos servicios se cuentan vigilancia, baños, duchas, puntos accesibles para discapacitados y teléfono público.