Espinaréu (Piloña),
Emma F. LLANA
En Espinaréu el hórreo es el rey. Pero el pueblo piloñés, una de las joyas turísticas de la comarca oriental asturiana, es mucho más que una colección de arquitectura rural. En Espinaréu cada pequeño rincón atesora un recuerdo y en su conjunto es la más clara manifestación de tradición y exaltación de la naturaleza. Las laderas de los montes que lo rodean evocan escenas épicas. Espinaréu es la Piloña rural, la Piloña más cuidada, coqueta y genuina, la Piloña auténtica.
Es verdad que los auténticos reyes son los hórreos: exponentes de la tipología arquitectónica clásica asturiana. Espinaréu posee la mayor concentración de hórreos del Principado de Asturias. Recientemente han sido restaurados para evidenciar aún más su potencial turístico y su encanto rural.
Al colorear Espinaréu, sin duda se mezclarían en la paleta tonos azules y amarillos, cuidando las proporciones, para obtener un intenso color verde, más bien oscuro, intenso y brillante. Al alzar la mirada hacia cualquier punto, parece como si este paraje hubiera sido cubierto de una densa capa monocromática.
Agudiza, además, no sólo el sentido visual, sino, además, el sentido auditivo. Un silencio parece acallar cualquier duda sobre su incuestionable atractivo y susurra de vez en cuando, entre el sonido de las cascadas del río cercano, el Infierno, al romper contra las rocas, mensajes de bienvenida al descanso, al ocio y a la aventura.
En medio de este reino natural, el tiempo parece detenerse. Sin embargo, los árboles de grandes dimensiones que pueblan los bosques de Espinaréu, año tras año, dan cuenta del paso del tiempo al aumentar el diámetro de sus troncos. Los hay, tal vez, milenarios. Son los de mayor porte y distinción.
Los hórreos, también sabios testigos del paso del tiempo (en ocasiones de más de un siglo de antigüedad), son el reflejo del modo de vida y la tradición de un tiempo pasado, pero aún presente en la memoria colectiva.
Mientras se permanece inmóvil en la contemplación paradisiaca que la vista ofrece, animales salvajes corretean entre las escarpadas peñas: corzos, venados o jabalíes. Y también tejones y jinetas, «raposas» y comadrejas.
El contraste de luces y sombras, la humedad del bosque en La Pesanca (el espacio recreativo más antiguo del Principado de Asturias), o el brillo del sol iluminando las estancias o sobre el reflejo del agua del río del Infierno, componentes características de los bosques de la zona, serán el pase definitivo a una experiencia que únicamente se verá superada por una nueva visita a tierras piloñesas.
Todos estos reclamos permanecen en la memoria y también en la retina del visitante, que, en peregrinaje al retorno a la naturaleza y lo estrechamente natural, sin aditivos, ni conservantes, ni colorantes, bajo un efecto de entremezclada ensoñación y melancolía, parte, al término de su viaje, con la esperanza de un pronto retorno a estos valles y colinas para sentir de nuevo el latir de la naturaleza; el latir de Espinaréu, de sus hórreos y de sus bosques.
La parroquia de Espinaréu la forman Les Cuerries, Porciles, Rifabar, Xerra, Sotu, La Villa, El Barru, El Campón, Ferrán, Pandelamazca, El Pedrosu, Raicéu, Riquimáu, Sobanéu, El Tabayón, Villar y otros veintiún pueblos, aldeas, caseríos y lugares, que aparecen en la nueva toponimia piloñesa, aprobada hace unos meses por el Ayuntamiento y el Principado.