RAMÓN DÍAZ
Alguien miente, así que el juicio sobre el descarrilamiento de Arobes va a ser muy interesante. Unos aseguran que el tren accidentado avanzó casi siempre por encima de la máxima velocidad permitida, que Feve lo sabía, porque tiene medios tecnológicos para ello, y que no lo evitó. Otros afirman que el convoy fue siempre por debajo de los límites de velocidad, que sólo en la curva del Taragañu -casualidades de la vía estrecha- el conductor piso el acelerador (o lo que sea) en exceso y que no hubo tiempo material para alertarlo. Alguien que anda por ahí, que diría Cortázar, asegura que los trenes llevan tacógrafos, en los que quedan registradas las velocidades durante todo el trayecto, y que en las estaciones se elaboran partes diarios de circulación con las horas de llegada y salida de los trenes. Así que al juez no le será difícil saber quién falta a la verdad. El asunto no es baladí: el que pierda paga. Feve, desde el primer momento, señaló con sus dedos separados, largos y tensos a la garganta del maquinista.