Covadonga (Cangas de Onís), Alba SÁNCHEZ R.
En el año 1959, 113 niños de edades comprendidas entre 11 y 14 años ingresaban en el Seminario para realizar los estudios de Bachiller. Ayer, medio siglo después, los estudiantes de la quinta promoción del Seminario de Covadonga se reencontraron en el real sitio para recordar viejos tiempos.
Aquel lejano 3 de octubre ninguno de ellos imaginaba que la etapa que abrían la recordarían con agrado el resto de sus vidas. Ése era el sentir general ayer, tras la celebración de la misa en la basílica de Covadonga presidida por el abad, Juan José Tuñón, y concelebrada por los compañeros ordenados de la promoción del 59. De aquellos 113 alumnos, 60 se acercaron ayer a lo que durante dos años consideraban su propia casa y no era para menos pues desde el 3 de octubre hasta el 20 de junio del año siguiente no regresaban a sus casas a ver a sus familias. Por aquel entonces la opción del Seminario era clara para muchas familias que no vivían en las ciudades de Oviedo, Gijón y Avilés. Lo que no debía estar tan claro era su continuidad en la orden, ya que de esta promoción sólo 11 acabaron la carrera en el seminario. Era una opción de poder estudiar.
Muchas eran las anécdotas que fluían al recorrer de nuevo los lugares de convivencia. Fernando Álvarez Muñiz, organizador del encuentro, recordaba con cariño cómo jugaban al fútbol en lo que hoy son las casas de los canónigos y cómo trotaban por los alrededores siempre que tenían tiempo libre. Correteaban por el valle de Orandi prácticamente todos los días. Era su vía de escape.
A los diez días de ingresar en el Seminario visitaron por primera vez los Lagos, a unos 12 kilómetros de distancia. A partir de entonces serían muchas las veces que subirían al espacio protegido, hasta el punto de conocer como la palma de la mano el paisaje y el paisanaje.
«Un compañero, en una ocasión, tardó sólo 58 minutos», rememora Álvarez Muñiz. Se sentían los dueños del santuario, comenta con cariño. Lo más importante, asegura el organizador, era la confraternización y la unidad que había entre ellos. Ahí no tenían a quien protestar, todos eran iguales. Pero, sin duda, el sentir general era el acercamiento que tenían con la Naturaleza: estudiaban y jugaban. Ayer recordaban la figura de Juan XXIII cuando era todavía cardenal y de cómo subió a la Cruz de Priena, también llamada la cruz de Pelayo.