La Frecha (Piloña),
Emma F. LLANA
Peter Fletcher conoce, en su justa medida, las claves del paso del tiempo. Los segundos constituyen la cadencia exacta del ritmo vital de sus creaciones: los relojes. Su corazón late a ritmo de tic-tac desde que comenzó en el oficio, a las órdenes de su maestro, un tal señor Herd, a los dieciséis años. Peter Fletcher, «Pedro» para sus amigos españoles, es un relojero que ha recorrido medio mundo, en ocasiones al límite de la supervivencia. Él hace que el tiempo cuente.
Nació en Inglaterra el 25 de marzo de 1951 y con sólo dos semanas sus padres le llevaron consigo a Kenia, por motivos de trabajo. Su padre era guarda. Vivió allí durante siete años, hasta que sufrió durante una noche el ataque de una tribu terrorista. Este suceso obligó a su familia a buscar nuevos horizontes vitales. Fueron a Zimbabwe, que resultó ser un sitio apacible al principio, El acoso de los aborígenes le hizo volver a sus orígenes y regresar a Reino Unido, a su Bedfordshire natal.
Debido a su trabajo se ha visto obligado a viajar alrededor del mundo en multitud de ocasiones. Hace cuatro años encontró en Asturias un nuevo hogar. Ha venido para quedarse. Su amor por la cultura española le trajo a la Península. Asturias fue el enclave decisivo debido a su preferencia por el estilo arquitectónico de las casas asturianas, a la cultura musical de raíces celtas y, sobre todo, por el carácter amable de la gente y por la posibilidad de disfrutar de las cuatro estaciones, algo que el clima impide en el sur de España.
Cuando conoció el pueblo piloñés de La Frecha se mostró muy sorprendido con la similitud sintagmática que guardaba con su apellido y en su interior una especie de conciencia premonitoria le hizo estar receptivo a todos los encantos del lugar. Luego descubrió que en el número quince (precisamente la misma numeración de su casa en Bedfordshire) del sitio de La Martiniega se encontraba una casa en un alto para reformar. Esta construcción conquistó los ojos y los sentidos de «Pedro» Fletcher por las espectaculares vistas a la montaña del Sueve que ofrece el lugar. Le venía como anillo al dedo y además, ante este cúmulo de coincidencias, lo tuvo claro, y aquella casa es, desde hace tres años y medio, su nuevo hogar y lugar de trabajo.
Peter se ha sabido integrar a la perfección con los vecinos del pueblo. En ocasiones, les repara herramientas mecánicas y se siente muy arropado por ellos. Sus vecinos dicen que Peter tiene manos de oro.
Cuenta con el respaldo de más de treinta y cinco años de dilatada experiencia como especialista en la restauración de relojes antiguos, franceses e ingleses, de alta calidad.
En su taller de trabajo, Peter sólo se dedica a restaurar relojes grandes, de pared y antiguos. Para dedicarse además a reparar relojes de muñeca, necesitaría disponer de un laboratorio independiente donde desarrollar esta labor, un espacio sin restos de polvo y demás residuos generados al trabajar con relojes grandes. Este aspecto hace que no pueda compaginar ambas disciplinas al mismo tiempo.
Disfruta al reparar los relojes de los campanarios de las iglesias, tanto su mecanismo como las esferas que se van deteriorando con el paso del tiempo. Es capaz de convertir en eléctrica y automática la mecánica de un reloj basada en el sistema de funcionamiento a cuerda, respetando el mecanismo mecánico original. Los diseños para cada trabajo son únicos e independientes. Restaura tanto la parte mecánica, construyendo si fuera necesario alguna pieza deteriorada o extraviada, como la estética, y afina la melodía o los tonos de las campanadas.
Fletcher admite que su profesión es un continuo aprendizaje. Además de los relojes, también trabaja con barómetros e instrumentos científicos. Posee patentes de barómetros. Una de sus creaciones más valiosas es el esqueleto de un reloj. Pieza en la que trabaja desde hace unos treinta años.
La música es otra de sus grandes pasiones. El astur-británico toca varios instrumentos musicales, la mandolina, el violín, el acordeón, la guitarra, el bajo y la flauta.