Llanes, María TORAÑO
La roca caliza se abre en forma de abrigo como si se tratase de la entrada abovedada de una catedral. La vegetación lo rodea todo y la intensa humedad cubre las paredes de musgo y todo tipo de líquenes. La cueva de El Covarón, en la localidad llanisca de Parres, merece ser mencionada simplemente por la belleza de su apariencia, pero esconde más secretos dentro de esa singularidad geológica.
Este lugar de difícil acceso contiene dos conjuntos de manifestaciones sobre sus paredes. El primero, localizado en el exterior, está formado por una serie de trazados grabados en la roca que están adscritos, aunque con dificultad, a los inicios del Paleolítico Superior.
El segundo tiene un interés mayor y está en una galería del interior. Presenta, por un lado, signos y manchas pintados en rojo -datados a finales del período Solutrense e inicios del Magdaleniense- y, por otro, con figuras de animales en pintura negra -del Magdaleniense Medio e inicios del Superior.
La Consejería de Cultura y Turismo del Principado aprobó el miércoles un decreto por el que se delimita el entorno de protección de la cueva, que además está declarada como Bien de Interés Cultural.
La riqueza rupestre del oriente de Asturias es bien conocida gracias a cuevas como la de Tito Bustillo, en Ribadesella, o la de El Pindal, en Pimiango (Ribadedeva). Con yacimientos como el de El Sidrón, en Piloña, parece más que asegurado que a los más antiguos moradores ya les gustaba esta zona para establecerse. En el concejo de Llanes existen otros ejemplos y hace poco se aprobó el entorno de protección de otras dos cuevas en Balmori. La cueva de Balmori cuenta con motivos paleolíticos, mientras que la de El Quintanal tiene representaciones animales, en forma de jabalí o bisonte.