Corao (Cangas de Onís),
Ignacio PULIDO
En Corao existe un lugar en el que parece haberse detenido el tiempo. Desde que en 1956 el bar-tienda «Casa Manolito» abriese sus puertas poco o nada ha cambiado en este pintoresco comercio, donde es posible comprar todo tipo de productos. El pasado 16 de septiembre, su fundador Manuel Gelot, «Manolito», fallecía a la edad de 80 años. A pesar de todo, su hijo Adolfo y su nuera María Lucas miran con ilusión hacía el futuro y siguen haciendo posible que se perpetúen tradiciones tales como las populares tertulias de paisanos a pie de barra al atardecer.
Manuel Gelot nació en 1929 en Pinar del Río (Cuba) y en 1932 recaló en Corao. Tras la muerte de su padre en 1947, Manolito se hizo cargo de su madre y de sus dos hermanos pequeños. En 1956, tras contraer matrimonio con Berta Soto, fundó el bar-tienda que, después de medio siglo de historia, conserva su aspecto inicial.
Las paredes de «Casa Manolito» destilan un cierto «horror vacui» o lo que es lo mismo, están repletas de objetos. Repisas atestadas de comestibles, artículos de droguería, productos agrícolas, aperos de labranza, botellas, chirucas, alpargatas o cabezadas para caballos son algunos de los productos que abigarran el acogedor comercio. Todos y cada uno de los metros cuadrados del bar-tienda tienen su uso, incluso el techo, del que cuelgan, entre otras cosas, hileras constituidas por cubos de color azul y blanco, bacinillas o cestos de mimbre. Y es que en «Casa Manolito» se vende de todo. «Aquí tenemos desde comestibles hasta aspirinas. Los jóvenes del pueblo comentan que es el "Corte Inglés" de Corao», comenta María Lucas.
Adolfo Gelot recuerda con añoranza su infancia en «Casa Manolito». «Me ha quedado grabada la cantidad de personas mayores del pueblo que acudían. Se reunían por la tarde a jugar la partida mientras tomaban media botella de vino», comenta. Y prosigue añadiendo que «su juego favorito era la brisca». «Un paisano llamado Mundo Pantín no bebía alcohol y en las partidas se jugaba un par de pesetas de galletas tostadas», precisa Gelot.
Los inviernos se afrontaban con dulzura en «Casa Manolito». «Cuando había frío, mi madre hervía vino con azúcar para que lo tomaran los clientes», subraya Adolfo Gelot, que lamenta la escasez de gente en el pueblo. «Antes había más habitantes».
No obstante, de vez en cuando aún tiene lugar alguna que otra tertulia en torno a una pinta de vino. «Al atardecer ya no hay gente como antes. Las partidas han dejado de jugarse», subraya Gelot mientras muestra a un grupo de visitantes una vieja bomba expendedora de aceite de oliva que aún permanece instalada en el mostrador. «La utilizamos hasta bien entrada la década de los 70», resalta.
El inexorable paso del tiempo y progresivo abandono de los pueblos ha provocado que muchos bares-tienda hayan desaparecido. «Había casi uno por pueblo», sostiene Gelot, cuyo objetivo es mantener la tradición iniciada por su padre. «Queremos conservarlo tal cual. El mayor de mis hijos, Adolfo, pretende seguir con el negocio».