HIGINIO DEL RÍO
El alcalde Félix Fernández Vega permanecía en su despacho desde muy temprano, rodeado de su equipo de gobierno, y, de vez en cuando, echaba desde la ventana un vistazo al Pinín, donde mucha gente se concentraba para escuchar la radio del local. Era sábado, 6 de octubre de 1934, y el servicio ferroviario había quedado en Llanes paralizado por completo (la víspera, ya habían dejado de llegar a la villa los trenes de Económicos procedentes de Asturias).
Los ánimos estaban muy caldeados. «¡Viva Cataluña libre!», grita el médico socialista José de la Vega Thaliny, miembro del comité revolucionario llanisco, al entrar en el céntrico café. El arquitecto Luis Menéndez Pidal, que se encontraba allí, le replica con toda su alma: «¡Viva Cataluña española!». Al día siguiente, el aislamiento sería total, al quedar cortada la línea telefónica. El lunes 8 se declarará la huelga en Llanes y la práctica totalidad de los servicios para durante 48 horas. Los comerciantes cierran en primera instancia, pero por la tarde, a requerimientos de la Guardia Civil, abre la mayoría de las tiendas. Por la noche se registran sabotajes en el alumbrado público (se corta la línea de Hidroeléctrica Purón en la cuesta del Cristo, y cerca de Poo, la de Electra Bedón). La villa queda completamente a oscuras.
El tendido eléctrico sufrirá más atentados el martes 9. Grupos de incontrolados destrozan el escaparate de la droguería Gamú, a pocos metros del Casino, e intentan incendiar la panadería Muñiz, frente a la iglesia parroquial. El capitán del puesto de la Guardia Civil, Nilo Tella, tras concentrar a sus hombres -incluidos los de Posada, Pendueles y Panes- en el cuartel del paseo de San Antón, recibe la orden de trasladarse a Oviedo, donde actuará como enlace entre la columna del general López Ochoa y el cuartel Pelayo.
Declárase el fuero de guerra y la Corporación llanisca es destituida por la autoridad militar. Con carácter provisional, se nombra alcalde al industrial conservero Gabriel Teresa, que toma posesión el día 10. El gobernador civil da un plazo a los vecinos para que entreguen las armas de fuego que tengan en su poder (mayormente, escopetas de caza). Son registrados los domicilios de algunos de los concejales expulsados de su cargo. Hasta el jueves 11 no llega de Santander el primer tren del Cantábrico, y, con él, las primeras sacas de la correspondencia.
El sábado 13 pernocta en Llanes un batallón del Regimiento número 7, de guarnición en Estella (Navarra), dos del número 14, de Pamplona, un escuadrón del número 6 de Caballería de Vitoria y dos baterías del Regimiento de Artillería de Montaña, también de Álava. Mil hombres, en total, al mando del coronel Solchaga, buena parte de los cuales son alojados en aulas de las escuelas públicas. El lunes 15 el ministro de la Guerra anuncia por radio que el aeródromo llanisco va a ser habilitado como base oficial para la fuerza aérea, y el general Francisco Franco manifestará que la villa es un enclave de importancia militar.
Cuando termina todo, la prensa local celebrará que la zona no haya sufrido daños de especial gravedad -«en medio de esa ruina que ha caído sobre la industria, sobre el comercio, sobre la economía toda de la provincia, la fortuna ha querido que sea Llanes uno de los pueblos que se han librado de ella»- y el acreditado empresario del transporte Laureano Morán, con sorprendente audacia, organizará excursiones dominicales en autocar -a once pesetas el billete- para visitar en el centro de Asturias los principales escenarios de la Revolución de Octubre.