San Roque (Llanes),
Bárbara MORÁN
Su despedida fue multitudinaria, emotiva y, como no podía ser de ora manera, al compás de la gaita. Se reunió gente de todo tipo y condición. Y es que son muchos los que amaban y admiraban al genuino Ignacio Noriega, el gaitero de San Roque del Acebal (Llanes), que falleció en la madrugada del viernes en el Hospital de Arriondas tras luchar contra una larga enfermedad. Tenia 85 años y amigos de todas las edades que ayer se unieron para rendirle tributo y con gran tristeza decir adiós al mítico gaitero de mirada tierna y semblante bonachón que ha sido y será considerado uno de los exponentes de la gaita tradicional asturiana.
La iglesia parroquial de San Roque del Acebal ya se abarrotó a las tres y media de la tarde, media hora antes del comienzo del funeral. Los alrededores del templo también estuvieron atestados. Había muchísima gente, pero un silencio sepulcral que denota el gran respeto que todos le tenían al maestro Noriega. El coche fúnebre con el cuerpo sin vida de Noriega llegó a la iglesia bajo un cielo gris y una lluvia que dio poca tregua.
La multitud se puso en pie y el sonido de la gaita de José Ángel Hevia emocionó a los presentes. La mayoría no pudo contener las lágrimas al ver con tristeza entrar el féretro del gaitero en la iglesia abrazado con fuerza por varios amigos de Noriega. El Pericote de Llanes sonó de la gaita de Hevia tal y como el maestro de San Roque lo había ajustado a su gaita. Empapó el templo de recuerdos. De aquellos cientos de fiestas y eventos en los que siempre estaba Ignacio Noriega con una sonrisa y dispuesto a animar el ambiente con su gaita. A pocas citas festivas de la comarca faltó el maestro. Difícil es encontrar a alguien que no tenga una anécdota que contar o buenas palabras que decir sobre Noriega. Junto a la gaita de José Ángel Hevia, sonó el tambor del joven Manuel Vela, más conocido como «Manolín el de Poo», compañero inseparable de fatigas del maestro Noriega en los últimos años. Hevia ensalzó la figura del gaitero de San Roque, al que calificó como uno «de los exponentes de aquella generación de gaiteros de antaño que hace cuarenta años lucharon porque la gaita no se perdiera».
Noriega caló en públicos muy distintos y ayer todos ellos le demostraron que lo querían y que sienten su marcha.
Su féretro abandonó la iglesia mientras Hevia y Manolín tocaban «Bendita la Reina de nuestra montaña», el himno de Covadonga. «La canción que él quería que le tocase este día», confesó Hevia. Muchas personalidades del mundo del folklore se acercaron a San Roque para despedir al maestro. «Con él se ha ido aquella generación de gaiteros de antaño, el toque antiguo de la gaita», recordó, Alfonso Fernández, director del Museo de la Gaita de Gijón.
Cuando el féretro salía del templo en el que Noriega se bautizó y al que tantas veces acudió para poner música a una misa o evento, la multitud le dedicó un rotundo, fuerte y cálido aplauso. El último.