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Ribadesella

Agustín Argüelles, apóstol de la libertad

Se cumplen 200 años del comienzo de las Juntas preparatorias de las Cortes de Cádiz, en las que destacó el liberal riosellano

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Agustín Argüelles, apóstol de la libertad
Agustín Argüelles, apóstol de la libertad  
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TONI SILVA
HISTORIADOR
El pasado 2 de marzo tuve el gusto de dar una conferencia dentro del ciclo dedicado a las Cortes de Cádiz en el Ateneo Jovellanos de Gijón, una de las más ilustres entidades culturales de Asturias, y me correspondió hablar de Agustín Argüelles, la figura más destacada de esas Cortes y uno de los padres del Estado español moderno. En este año 2010 se cumplen doscientos años de los primeros trabajos de las Juntas preparatorias de esas Cortes de Cádiz, las Constituyentes que en 1812 habrían de dar a luz la primera Constitución española, por lo que parecía oportuno trasladar a estas páginas de LNE un extracto de la conferencia.

Es sabido que Agustín Argüelles nació en 1776 en L'Atalaya de Ribadesella en una casa que ya no existe, pues todo aquel espacio fue completamente transformado en una operación inmobiliaria a comienzos del siglo XX que se llevó por delante, entre otras cosas, la vieja Alameda, lugar de expansión, paseo, bailes y festejos locales. El padre, José Argüelles, se casó dos veces y Agustín fue el último de sus siete vástagos. Tan sólo el mayor se casó -con una colunguesa, Concepción Valdés- y dejó descendencia. Agustín fue un niño alto, serio, friolero y enfermizo, aunque mostraba curiosidad por todo y era incansable haciendo preguntas, según escribe su descendiente y biógrafo Antonio Ramos Argüelles. La fortuna le deparó una privilegiada educación en lenguas, ya que un fraile francés huido de la Revolución recaló en su casa y le pudo enseñar latín, griego, francés y un poco de inglés, que le habría de ser muy útil en el futuro. A los 14 años ingresó en la Universidad Oviedo para estudiar Filosofía (lógica aristotélica, en la que forjaría sus armas dialécticas) y más tarde Leyes, y por su buena aplicación fue invitado a quedarse como profesor, aunque pronto descubrió que la enseñanza no casaba con su impaciencia. Hasta los 22 años estuvo sin empleo, queriendo ser magistrado, y en 1799 obtuvo una plaza de secretario del obispo de Barcelona, aunque a comienzos 1800 ya está en Madrid como traductor en el Ministerio de Exteriores. En 1805 pasó al de Hacienda y estando allí fue propuesto por su superior al todopoderoso Godoy para viajar a Londres con la delicada misión diplomática de evitar que Inglaterra (oficialmente en guerra con España) amenazara las colonias españolas en América, desprotegidas tras el desmantelamiento de la Armada española en Trafalgar en 1805.

La misión londinense nacía muerta y no tuvo éxito, pero Agustín supo aprovechar la ocasión para permanecer dos años en Inglaterra y estudiar a fondo las instituciones británicas, especialmente su antiguo sistema parlamentario y su avanzado aparato judicial, que ya había abolido la tortura y había puesto en vigor todo un sistema de garantías jurídicas y procesales en favor del acusado, algo inexistente en España. Ese conocimiento institucional sería de enorme importancia para la política española, pues el resto de su vida Argüelles lo usaría como punto de apoyo para la ambiciosa reforma constitucional, judicial y administrativa abordada por las Cortes de Cádiz.

A finales de mayo de 1808, estando en Londres, Argüelles recibió y acompañó a los enviados asturianos Toreno, De la Vega y Miranda a entrevistarse con las autoridades británicas para solicitar el apoyo inglés al levantamiento de Asturias contra la invasión napoleónica. Los resultados de la misión fueron excelentes (fue el comienzo de un apoyo de Inglaterra a Asturias bien documentado por la investigadora Alicia Laspra) y Argüelles regresó a Ribadesella, aunque en 1809 se trasladó a Sevilla, la nueva sede de la Junta Central, para participar en la preparación de las futuras Cortes. En la Comisión de Cortes, presidida por el muy influyente Jovellanos, Argüelles era secretario con voto, y a pesar de la amistad entre el gijonés y el padre de Agustín, hubo entre ambos notorias disparidades de criterio. Si bien Argüelles aceptaba todo el ideario económico de Jovellanos (supresión de las aduanas interiores del país, libertad de industria, desamortización civil y eclesiástica, fin de los gremios), combatió sus ideas políticas conservadoras -ya caducas en el nuevo siglo liberal- y arrastró a las Cortes hacia el programa liberal. Jovellanos, que temía una revolución tanto como el propio Argüelles, intentó entorpecer el desarrollo de los trabajos con diversas triquiñuelas legales. El resultado fue que las Cortes, convocadas para el 1 de enero de 1810, se inauguraron con nueve meses de retraso y con la asistencia de un buen número de nobles y obispos, cuya presencia estamental no estaba prevista por los liberales y que acabaron poniendo obstáculos a las propias Cortes hasta conseguir su cierre por Fernando VII en 1814. Una vez creado el Consejo de Regencia y disuelta la Central, las nuevas Juntas preparatorias de las Cortes continuarían su labor en Cádiz en 1810 y 1811, ya sin la presencia de Jovellanos y con una enorme actividad de Argüelles, presente en las diez Juntas y presidente de la de Legislación, la más relevante.

Dentro de los debates previos a la Constitución también fueron sonados los choques entre un riosellano, Argüelles, y un llanisco, el eclesiástico Inguanzo, que defendió ardientemente el exclusivismo de la religión católica en la nueva Constitución (extremo que logró), y la permanencia del Santo Oficio, un Parlamento bicameral con presencia de nobles y eclesiásticos y una soberanía nacional que no recayera en el pueblo sino en la corona, cosas que no consiguió. Argüelles, que en las Cortes de Cádiz actuó como auténtico portavoz parlamentario de los liberales, fue quien inició y sostuvo los principios liberales en la mayoría de los debates como un coloso de la política. Su idea central, la de que la soberanía nacional debe estar en el Parlamento y no en la corona, la extrajo del propio pasado español, de la monarquía goda, que Argüelles considera que se sustentó en una especie de Constitución. Su ideario completo puede rastrearse en el Discurso Preliminar de la Constitución, que se leyó en las Cortes a finales de 1811.

Argüelles defendió -con éxito- un Parlamento de una sola Cámara, al estilo francés, sin representación estamental, así como una soberanía nacional en el Parlamento y no en el Rey. En ambas cosas se percibe el predominio de la inspiración francesa sobre la inglesa en su praxis política, aunque él lo oculta para que no le tomen por un afrancesado, cosa que no es. Si algo fue Agustín Argüelles toda su vida, fue un hombre de orden, un pragmático, un político de Estado que antepuso la gobernabilidad a los intereses partidistas y a los suyos propios, pues siempre vivió con lo justo para sobrevivir o, muchas veces, ayudado por sus amigos Toreno o Álvarez Guerra, cuando no por la provincia de Asturias, que siempre le avaló ante la exigencia de disponer de 12.000 reales de renta para ser elegible, una fortuna que él nunca tuvo.

Cuando Fernando VII regresa a España, Argüelles es condenado personalmente por el rey a ocho años de reclusión en Ceuta, aunque a los cinco años es trasladado al penal mallorquín de Alcudia, un sitio insano y mucho peor. De allí sale en 1820, cuando la situación del país es insostenible para Fernando VII debido a los movimientos de Riego, la agitación de las sociedades secretas, la actividad de la masonería y el ambiente revolucionario en la calle. El Rey, para conservar la corona, acata la Constitución de 1812 y permite gobernar a la oposición, dando paso al Trienio Liberal. Argüelles será ministro de la Gobernación hasta que, en 1821, fuera ya del cargo, regresa a Asturias. En 1822 es investido doctor en la Universidad de Oviedo y ese mismo año firma las paces con Riego, jefe de la facción exaltada del partido liberal, muy enfrentada a los moderados del partido, los «doceañistas», cuya cabeza visible es Argüelles.

En 1822 Argüelles regresa a Madrid para ser de nuevo diputado, aunque la invasión de España por los ejércitos absolutistas europeos pone fin al gobierno, cierra las Cortes, respalda a Fernando VII, anula la Constitución y envía al exilio a Argüelles y a los demás liberales. Argüelles vuelve a Londres y allí permanece doce años; entre achaques de salud, escribe el libro «Examen de la Reforma Constitucional Española», en el que repasa las circunstancias en que se desarrollaron los debates de la Constitución de 1812, se reafirma en sus principios fundamentales (soberanía en las Cortes, monarquía constitucional, división de poderes, reforma judicial, libertad de imprenta, supresión del Santo Oficio, etcétera) y aclara los porqués de sus posicionamientos de entonces, algo que en 1812 tuvo que ocultar por razones estratégicas para no facilitar la labor de los opositores a la Constitución. A la muerte del tirano, en 1832, Argüelles no acepta la primera amnistía de la regente María Cristina, tal como dice en una carta al obispo Ortigosa: «No estoy resuelto a abandonar mi asilo mientras por allá no le haya legal y muy legal (?) Aunque yo quiero en el alma a mi tierra, me quiero más a mí mismo, para andar dependiendo el resto de mis días del bueno o del mal humor que reine entre los que manden». Regresa a España dos años después y será de nuevo diputado en las Cortes Constituyentes de 1836, que elaborarán la Constitución de 1837. Tanto él como Toreno han aprendido a moderar sus planteamientos en beneficio de la estabilidad del país y aceptan la existencia de una Cámara alta, además de la de Procuradores del Reino, y también que la soberanía nacional sea compartida por el Parlamento y el Rey.

Tras el golpe de Espartero de 1841 la regente marcha al exilio y Argüelles es nombrado por las Cortes tutor de las infantas Isabel (II) y Luisa Fernanda, menores de edad. Argüelles se dedicó en cuerpo y alma a ese cometido durante dos años, renunciando a la mitad del sueldo que le correspondía. Galdós lo retrató así en los «Episodios Nacionales»: «un señor viejo, alto, amarillo, con unas patillucas cortas, el mirar tierno y bondadoso, el vestir sencillísimo, sin ninguna cruz, ni cintajo ni galón. Era D. Agustín Argüelles (?). Condenado a muerte por el padre, al cabo de los años las Cortes le nombraban padre legal de las huérfanas (?). Sorprendió a éstas [las infantas] la extremada sencillez de su tutor, que más que personaje de campanillas parecía maestro de escuela; pero éste no tardó en cautivarlas con su habla persuasiva, dulce, algo parecida al sonsonete de los buenos predicadores (?). Él se hacía querer por su bondad simplísima y por el aire un tanto sacerdotal que le daban sus años, sus austeras costumbres, su dulzura y modestia, signos evidentes de su falta de ambición».

Agustín Argüelles falleció en Madrid en 1844 sin haber podido cumplir su sueño de regresar a Ribadesella, donde solamente quedaba su hermana Teresa, enajenada mental. Murió tan pobre, honrado y austero como había vivido y a su entierro dicen las crónicas que asistieron 50.000 madrileños de forma espontánea, además de los jefes de todas las facciones políticas. Era el homenaje postrero al «apóstol de la libertad», según la «Gaceta de Madrid», o al «héroe de la reforma constitucional», como lo bautizó el historiador José Luis Comellas, calificativos ambos mucho más certeros que el de «Divino», pues el riosellano más universal, Agustín Argüelles, fue por encima de todo un ser terrenal, un pragmático, un estratega y un luchador.

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