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La conserva, un sector pujante en Ribadesella

n Las antiguas fábricas, instaladas durante gran parte del siglo XX, tuvieron gran relevancia industrial

 
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Fábricas de Benito Suárez e Izaurieta-Arrigorriaga, en una imagen tomada del libro «Postales de ayer, palabras de hoy», editado en 1998.
Fábricas de Benito Suárez e Izaurieta-Arrigorriaga, en una imagen tomada del libro «Postales de ayer, palabras de hoy», editado en 1998. 

RAMÓN CAPÍN RAMA PROFESOR Las fábricas conserveras y salazoneras que se establecieron en Ribadesella durante gran parte del siglo XX, sin duda constituyeron el sector industrial más relevante en la historia de la villa.

El extenso artículo publicado en la revista local «La Plaza Nueva», número 17 por el investigador riosellano Juan José Pérez Valle, nos habla ampliamente sobre este tema.

Según dicho artículo, ya en la Baja Edad Media existía producción salazonera. Pero sería a principios del siglo pasado, con el impulso de los barcos de vapor y más tarde del motor de explosión, cuando las conservas y salazones adquirirían un importante desarrollo.

La primera industria se instala en Ribadesella en 1900; se trata de la fábrica de Benito Suárez Rodríguez, ubicada en El Arenal de Santa Marina. Dos años más tarde, también en El Arenal, se abre la fábrica Izaurieta-Arrigorriaga y Cía. Estas factorías se nutrían de materia prima a través del río San Pedro, en el que los barcos atracaban para descargar el pescado.

Posteriormente, y debido a la reordenación urbanística que calificaba El Arenal como zona turística, comienzan a abrirse fábricas en el casco urbano. Son numerosas las empresas conserveras y salazoneras que, durante varias décadas, se instalan en Ribadesella. Trataremos de recordar sus nombres: Manuel Solano Ruiz, Viuda de Caso, Quirós y Cía., Victoriano Santisteban, Alejandro Cano, Ángel González, Víctor Morán Álvarez, Ángel Fernández Gómez, José María Suárez Blanco, Bernardino Sanciprián, Manuel López, Claudio Schezzi, Conde y Teresa, Santiago Fernández, Giuseppe y Antonio Cusimano de la Gatta, Sociedad Inia di SD. Gaetano, Junquera-Fonseca y Cía., Santo Marino Fu Vicenzo, José Artasánchez Sánchez, Ignacio Villarias, Cipriano Escobio Juan, Vicente Pizzimenti, Gregorio Fernández, Román Ramos López, Etelberto Albuerne Bravo, María Llera Montoto, Jesús Cabeza Díaz, Hermenegildo Rodríguez Sánchez, Alfonso Cimino Romeo, Celestino Sánchez Sierra, María Socorro Vázquez Prada, Gutiérrez y Cía., José Luis Feliz Blanco, Felipe Fernández González.

No todas estas fábricas estaban abiertas permanentemente. Muchas desaparecían o eran sustituidas por otras; y algunas abrían exclusivamente durante la costera de pescado, para cerrar sus puertas hasta el año siguiente.

Las cuatro fábricas que alcanzaron mayor relieve en la villa fueron: Albo, Scola, Sergio González Fernández y Segundo González.

Sin duda, la industria conservera más relevante en Ribadesella, tanto por su producción como por el número de empleados, fue Hijos de Carlos Albo. Cuando la empresa abre su fábrica en El Cobayu en el año 1924, ya poseía distintas factorías distribuidas a lo largo del Cantábrico, además de una flota pesquera y un buque para el transporte de mercancías. Tras la Guerra Civil, en 1943 se abre una moderna fábrica de Albo en la calle Palacio Valdés. Juan José Pérez Valle nos revela que «en los meses de mayor producción conservera la empresa daba trabajo a más de un centenar de personas» y que «la hora se pagaba en 1961 a 7 pesetas» (unos 4 céntimos de euro).

Baldassare Scola Sanfilippo era originario de Porticello (Sicilia). En 1924 se instala en una fábrica abandonada por Victoriano Santisteban en El Cobayu (donde hoy se encuentra el restaurante La Parrilla); más tarde, tras casarse con la riosellana Irene Fernández Ruisánchez, construye una nueva casa y fábrica en el barrio de El Portiellu.

Proveniente de Redipuertas (León), Sergio González Fernández abre su conservera en 1932 en la calle Marqueses de Argüelles. Las tres fábricas mencionadas (Albo, Scola y Sergio González) cerrarían sus puertas en 1969.

El también leonés Segundo González abre su fábrica en 1940 entre las calles Comercio y Marqueses de Argüelles. Su actividad conservera cesaría en 1975.

Las costeras de pescado eran irregulares; de modo que, cuando las materias primas escaseaban, se recurría a traer pescado de otros puertos. Asimismo, en épocas de abundancia el pescado se vendía y transportaba a otros lugares.

La principal materia prima era el bocarte para la anchoa, aunque también se elaboraba bonito, chicharro, aguja, caballa, sardina y palometa. Los desechos con frecuencia eran utilizados como abono, o bien terminaban en la ría; en ocasiones había quien iba a las factorías a recoger desechos para utilizarlos como macizu en la pesca a caña. Por entonces, Ribadesella era un verdadero paraíso para la pesca deportiva (¡cuántos xáragos caerían en los anzuelos de los pescadores del puerto y de los pedrales!).

Existían dos tipos de elaboración: el salazón y la conserva; ésta podía ser en aceite, en escabeche o al natural (asalmonada). En el salazón, el pescado se empacaba en barriles, en capas separadas con sal. En la conserva, tras ser cocido, el pescado se cortaba y finalmente se enlataba.

Los envases de las latas se compraban por separado (parte superior, inferior y lateral), para luego ser montados en la fábrica por una persona especializada en esta tarea, llamada «el lateru». Existían tres tipos de barriles: los denominados «sicilianos» (de 80 kilos), los «raberos» (de 150 kilos) y las «tercias» (de 300 kilos).

Resulta obvio que estas factorías representaban un extraordinario papel en la economía local. Aunque el número de operarios era variable, pues dependía de la mayor o menor producción pesquera, se estima que unas veinte personas trabajaban con carácter fijo y unas trescientas, en su mayoría mujeres, con carácter eventual.

Juan José Pérez Valle nos hace en su artículo una excelente descripción del ajetreo del puerto en época de capturas: «El casi centenar de embarcaciones vascas, cántabras y asturianas con doce o catorce tripulantes atracadas unas al costado de otras; la comida de los marineros en la marmita común; la actividad frenética de los pescadores desembarcando el bocarte a tierra; los carros del transporte a las fábricas (Silva, Fausto, Tino el Durdu, Jaime y otros varios); el vocerío de unos y otros; la sirena de la rula llamando a los compradores a subasta; muchos niños que en un alambre iban ensartando los bocartes que se caían al suelo para luego proceder a su venta de casa en casa; las gaviotas revoloteando alrededor de la pesca; los cangrejos -patelos- pisoteados en el muelle; también desde que comenzaron a usarse, el sonido de los pantalones de agua de los marineros al caminar; la fábrica de hielo a toda producción, la caballa (xarda) y el chicharro que se regalaban o tiraban al agua; la actividad sin descanso en las conserveras; la limpieza de los barcos; el despescado de las redes que ocupaba a toda la tripulación para dejarlas limpias».

La decadencia de las industrias conserveras riosellanas había comenzado tras la Segunda Guerra Mundial, en que numerosas factorías se vieron abocadas al cierre. En 1950 sólo cinco quedaban abiertas de forma permanente: Albo, Scola, Sergio González, Segundo González y Felipe Fernández.

Pero el declive final se produciría durante la década de 1960. La desaparición del bocarte, unida a la disminución de otras capturas, provocaron un importante descenso en el abastecimiento de materias primas; lo cual, unido al aumento del coste de la mano de obra, supuso una importante crisis en el sector conservero de la villa.

Por si esto fuera poco, el decreto 2414/1961, de 30 de noviembre, por el que se aprobaba el reglamento de actividades molestas, insalubres, nocivas y peligrosas, trataba de «evitar que las instalaciones, establecimientos, actividades, industrias o almacenes, sean oficiales o particulares, públicos o privados (?) produzcan incomodidades, alteren las condiciones normales de salubridad e higiene del medio ambiente y ocasionen daños a la riqueza pública o privada o impliquen riesgos graves para las personas o los bienes». Esto implicaba que las factorías conserveras, en plena recesión, habrían de ser trasladadas a zonas industriales, lejos del casco urbano. Así pues, el varapalo final estaba dado: a mediados de los años setenta no quedaban industrias conserveras en Ribadesella.

En la actualidad, la exigua actividad agropecuaria, la escasa pesca de bajura y una pequeña actividad industrial han convertido Ribadesella en un pueblo eminentemente turístico. Poco queda de aquellas industrias conserveras de Ribadesella, y nada de la ingente actividad relacionada con ellas. Sólo la fábrica de Albo permanece en pie, reminiscencia silenciosa de un pasado mejor.

Agradecemos la inestimable colaboración de Nines y Yayo Scola Fernández en la elaboración de este artículo.

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