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El lobo aúlla en San Juan de Beleño

El Museo del Parque Natural de Ponga, abierto tras múltiples retrasos, recibe los primeros visitantes

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Dos turistas, frente al árbol construido con útiles de madera reciclados.
Dos turistas, frente al árbol construido con útiles de madera reciclados. m. t.
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San Juan de Beleño (Ponga),

María TORAÑO

Desde ayer se pueden escuchar aullidos esporádicos en San Juan de Beleño. Por suerte, el lobo no se pasea a sus anchas por las calles, pero su característico sonido sorprende a los visitantes del Centro de Recepción e Interpretación del Parque Natural de Ponga, que acaba de abrir sus puertas tras múltiples retrasos y sin una inauguración oficial. Los primeros visitantes disfrutaron ayer de la instalación, que dedica una de sus zonas a la fauna y la flora características de las montañas ponguetas, con múltiples fotografías y sonido ambiente de diferentes animales, aunque el recorrido se centra principalmente en las relaciones del hombre con su entorno natural. Por este motivo, el elemento protagonista de la planta de acceso es un enorme árbol construido a partir de útiles de madera de todo tipo. Desde raquetas para la nieve a cucharas de madera, yugos, trineos y hasta madreñas dan forma al tronco y a las ramas de «El árbol de las artes», situado en el corazón de la sala principal y construido como reconocimiento a la valiosa relación entre los vecinos y sus bosques.

En la misma estancia llama la atención la recreación del popular «Correo de Ponga», un vehículo que durante gran parte del siglo XX se encargaba del transporte de personas, ganado menor, alimentos y todo tipo de mercancías, además del servicio postal del que tomó el nombre. Recorría diariamente el trayecto desde y hacia Cangas de Onís y los ponguetos lo denominaban «La línea de Narciso». Junto al autobús hay monturas para caballos, fotografías de personas con burro, cestos de mimbre y varias maletas, en representación de tantos emigrantes que se fueron. Pero los accesos rodados no hubiesen sido posibles sin la construcción de la carretera del Pontón, que se dilató a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, pero sus puentes tuvieron que ser reconstruidos y su trazado modificado parcialmente después de la Guerra Civil. A esta obra está dedicada una pared entera de la segunda planta baja, con una fotocomposición e intervención pictórica realizada por Eduardo Carrero sobre imágenes antiguas.

Entre las paredes del centro no sólo resuenan sonidos de la naturaleza, sino que también se puede escuchar un traquetreo mecánico. Es el toc-toc de los ingenios de agua. El mazapilas, el mazo, el fuelle, el batán, el molino y la rueda hidráulica están presentes también en forma de maquetas de madera que funcionan a la perfección y que recuerdan viejas formas de aprovechamiento de los recursos naturales que están más al alcance en las zonas rurales y montañosas. Y si se habla de agua, en Ponga no se puede olvidar el desfiladero de los Beyos, a través del que discurre encajonado el Sella más bravo. Esta emblemática formación geológica queda representada con una reproducción de la lápida de La Agüera, una inscripción tallada en piedra e instalada en 1905 con carácter conmemorativo en mitad del desfiladero. En ella se recoge un pasaje de un testamento en el que se recuerda un camino bajo que discurría junto al río y cuyo trazado se siguió en gran medida para la construcción de la carretera.

El Principado ha invertido 1.350.451 euros en el equipamiento y desde la Consejería de Medio Ambiente se confía en que sirva para generar actividad económica y riqueza en el parque natural, a la vez que lo puedan usar los vecinos.

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