Argüelles, ministro

El paso del político riosellano por el denominado «gobierno de los presidiarios» y su regreso a Asturias. Un libro sobre el riosellano más universal

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Argüelles, ministro
Argüelles, ministro 

TONI SILVA Mientras Agustín Argüelles cumple su arbitraria condena en Ceuta y Alcudia, España bulle de conspiraciones masónicas y pronunciamientos constitucionales de militares que minan la solidez del trono de Fernando VII y acaban por forzarlo a firmar en marzo de 1820 la Constitución de 1812 y a convocar a las Cortes, con aquellas palabras de «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». Iba a ser ministro en el conocido como «ministerio Argüelles», bautizado, no sin cierto cinismo, por el propio rey como el «gobierno de los presidiarios», pues de sus seis miembros cinco habían sufrido condenas ordenadas por él mismo y firmadas de su puño y letra. Los constitucionalistas se habían dividido en dos grupos: el «doceañista» de Argüelles, que apostaba por la moderación para dar estabilidad, y el exaltado, cuyos integrantes acudían al ruedo político inflamados por las consignas de las sociedades patrióticas instaladas en los cafés y de sociedades secretas como la masonería o los Comuneros, inspirados en los carbonarios italianos.

El asunto candente entonces era si había que disolver o no el ejército de Rafael del Riego, que seguía sublevado cuando Fernando VII ya había jurado la Constitución. Riego se había desmarcado de la estrategia masónica, que prescribía dar prioridad a otro tipo de acción más política que militar y quería apoyar a Argüelles para asegurar la Constitución. En agosto de 1820 el ministro Argüelles decretó sin que le temblara el pulso la disolución del Ejército de Riego, pues quería normalizar la vida pública sin tropas revolucionarias que actuaran por su cuenta, aunque su firme decisión provocó disturbios callejeros alentados por los exaltados. Argüelles, pese a que en algún momento de su vida creyó que estaba participando en una revolución, siempre fue un hombre de orden y poco amigo de caudillajes y pronunciamientos. Fue -como un producto tardío de la Ilustración, que es lo que en el fondo eran él y los doceañistas- un convencido defensor de la razón, de la libertad, del orden, de la cultura e incluso de la política, en el mejor sentido del término. Sentencia San Miguel: «Toda su vida corrió tras el bello ideal de la libertad sin licencia, de la libertad apoyada en la ilustración y la virtud, en el amor al orden, en la sumisión á la ley, en el respeto al trono, en la deferencia á las autoridades». Cuando el líder exaltado Romero Alpuente dijo que los desórdenes estaban legitimados por la «pasividad del gobierno», la reacción de Argüelles fue fulminante: «¡Desgraciada la nación en que se publica que el pueblo está autorizado para hacerse justicia por sí mismo! Con tales principios, ¿qué nación pudiera subsistir?».

La dirección de la masonería tenía como objetivo estratégico prolongar el estado de sublevación revolucionaria que había conseguido que Fernando VII firmara la Constitución y nombrara un gobierno progresista, y quería también dirigir desde la sombra la política de los ministros, algo que Argüelles nunca permitió. El reingreso en la masonería de Argüelles -que ya había ocupado cargos relevantes en Cádiz- implicó que la facción exaltada redujera en el Congreso la presión contra su gobierno y que incluso pasara a apoyarlo abiertamente en la Cámara, algo necesario pues la situación nacional se estaba deteriorando mucho. Las revueltas revolucionarias ya no estaban alentadas por la cúpula masónica sino por un grupo paramasónico conocido como los Comuneros, que ejerció de banderín de enganche de los más exaltados y tuvo mucho peso en las Cortes, en la cúpula militar y en la calle. Éstos vinieron a coincidir en su estrategia con la de los absolutistas y entre ambos grupos acosaron a los gobiernos liberales del Trienio y llevaron a la Constitución hasta los pies de los caballos: «Con la división de los constitucionales iban cobrando aliento el rey y los parciales de Fernando, que lo eran del gobierno absoluto», escribió Evaristo San Miguel.

Durante su ajetreada etapa como ministro, los achaques no dejaron de importunarle, tal como confiesa en una carta a lord Holland en octubre de 1820: «Los negocios no me dejan tiempo para nada; y entre las muchas razones que tengo para aborrecer la vida pública después de mis pasadas desgracias no es la menor no poder tratar libre y frecuentemente con los libros y los amigos». El castigo había hecho mella y no sólo en el plano físico, sino también en el de las ideas. Argüelles, escarmentado, había dejado atrás el hombre que fue en 1812 y sus prioridades ya no eran las de impulsar cambios en las leyes, como había hecho en Cádiz, sino consolidar el Estado de derecho que se acababa de reestrenar en España. La Constitución, bien o mal, ya estaba hecha y ahora tocaba defenderla, y no sólo del rey y de los absolutistas, sino de sus propios compañeros del ala liberal más exaltada, que querían mantener la tensión revolucionaria.

Lo que de verdad deseaba Agustín Argüelles, que había aceptado el puesto de ministro por responsabilidad, cuando lo que anhelaba era disfrutar de su recuperada libertad para restablecer su salud, era el sosiego de la vida retirada, algo imposible para un ministro de la Gobernación, como confiesa a lord Holland: «Parece que la época presente en todas partes ofrece ocurrencias notables; yo hubiera querido no exercitar con ellas; tengo la salud tan quebrantada con lo que he padecido estos últimos seis años que no apetezco más que la vida privada, y solo en ella puedo hallar consuelo a mis penalidades y algún restablecimiento para mi pobre salud».

Las relaciones entre Fernando VII y sus ministros se habían deteriorado rápidamente, fruto de la mutua desconfianza entre un rey absolutista y unos ministros constitucionales. Desde 1812 ellos tenían sobre sí más responsabilidades ejecutivas que en los tiempos del Antiguo Régimen y no les temblaba la mano para ejercerlas, lo que suscitaba el recelo del monarca, poco proclive a dejar el poder en manos de los liberales y la soberanía nacional en un Parlamento. Así pues, el gobierno de Argüelles estaba entre dos fuegos, el rey y las Cortes, aunque en la Cámara tenía suficientes aliados doceañistas como para ir aprobando decretos como el de la reforma de su propio ministerio, la libertad de imprenta, la reforma de la enseñanza y la Milicia Nacional de voluntarios, la fuerza popular para la defensa del orden constitucional.

En febrero de 1821 hubo un altercado entre los Guardias de Corps y la Milicia Nacional voluntaria y, tras reconocer a los guardias como culpables, el gobierno suprimió tan odiado cuerpo, lo que provocó la ira de Fernando VII: «Con visible repugnancia firmó el decreto [el rey] disolviendo el cuerpo de Guardias de la Real persona, que inspiraba hacía tiempo, muy serias inquietudes». En marzo acudió a la apertura de las Cortes y leyó un discurso escrito por Argüelles en el que el rey había añadido un párrafo en el que se quejaba de los ultrajes hacia su persona echando las culpas a «la poca entereza y actividad de muchas de las autoridades», en referencia a Argüelles y el Ejecutivo. Y escribe San Miguel que «fue por primera vez, y acaso por la última, que un Rey hubiese abusado de la confianza y buena fe de sus ministros, que le habían entregado sus discurso algunas horas antes de la sesión regia, como se practicaba entonces, para acusarlos de un modo tan cruel en pleno Parlamento». La suerte de los ministros estaba echada; desautorizados por su despótico rey, deciden presentar su dimisión, aunque se anticipa Fernando VII con un decreto exonerándolos del cargo. San Miguel resume así su etapa ministerial: «Hizo á todos justicia, observó con ojo vigilante los pasos de los enemigos de las instituciones liberales, siempre pronto a reprimirlos sin extralimitar sus facultades; y no pocas veces hizo el sacrificio de [su] popularidad. [...] Para navegar sereno por un mar tan sembrado de escollos, se necesitaba gran tenacidad de propósito, creencia ciega en la solidez de sus principios, un acendrado valor cívico. Tal es la prenda que mas brilló en Argüelles durante su administración».

A finales de 1821, liberado ya del ministerio, ve el momento de cumplir su sueño y regresa a Asturias. Acudiría a su casa de la Atalaya para abrazar a los dos únicos hermanos que le quedaban, Antonio y Teresa, aunque también estuvo en Colunga, probablemente en casa de su hermano mayor, el coronel José Argüelles Ribero, casado allí con Concepción Valdés Llanos. En diciembre Agustín Argüelles fue elegido diputado por Asturias para las Cortes de 1822, que se abrirían en marzo. En enero de 1822, estando en Colunga, se reconcilió por carta con Rafael del Riego, gracias a la mediación de Canga Argüelles. Y en febrero, antes de regresar a Madrid, recibió un caluroso homenaje de la Universidad de Oviedo: «Gozoso Argüelles, y lleno de emoción al verse rodeado de tantos amigos y antiguos condiscípulos, les dirigió la palabra, y en un breve discurso recordó, que en aquella aula había pasado sus mejores años».

El historiador Toni Silva presentó ayer en la Casa de Cultura de Ribadesella su libro «Agustín Argüelles, retrato de un liberal». El autor tiene otro libro sobre ese momento histórico, «Ribadesella en guerra. Retrato del concejo durante la Guerra de la Independencia». En el presente libro se acerca a la figura del riosellano más universal en los aspectos humanos, su peripecia vital, y su valor histórico y político. En la imagen, la presentación.

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