12 de enero de 2018
12.01.2018

"Los años no me pesan", dice la centenaria de Cabrales Guillermina Mier

La hostelera de Bulnes celebra la centuria con una comida con amigos y familiares

12.01.2018 | 03:58
Guillermina Mier Campillo, rodeada de familiares y amigos, antes de la comida celebrada en Arenas, ayer.

"Hoy estoy divinamente. Los años no me pesan. Veremos mañana cuando empiece a encarar los 101". Rodeada de familiares y una legión de amigos Guillermina Mier Campillo llegó ayer a la centuria como una rosa. La emblemática hostelera de Bulnes, una de las pioneras del turismo en la zona de Cabrales con Casa Guillermina, establecimiento aún abierto y que regenta su hijo Manuel Martínez Mier, no paró un solo momento de recibir visitas, besos, regalos y felicitaciones. "Llevo toda la mañana sin parar", decía con el teléfono al odio.

Con una memoria privilegiada y tan solo una ligera dificultad para caminar acompañada de un bastón Guillermina Mier Campillo revelaba ayer, junto a sus dos hijos, tres nietos y cinco médicos, poco antes de la comida celebrada en el restaurante la casa de Juansabeli de Arenas Cabrales con más de medio centenar de personas, la receta mágica para llegar a su edad como una chavala. Como buena cocinera dicho secreto tiene que ver con los fogones. "Hay que comer de todo y de lo que te apetezca", señaló.

Casa Guillermina es uno de los establecimientos bandera de Cabrales. Abierto hace medio siglo por sus manteles han pasado todo tipo de personalidades y políticos de todos los signos y partidos, además de destacados militares y montañeros. Antes de abrir el restaurante, según recordaba ayer su hija, Josefina, vendían junto al puente de Bulnes cervezas del Águila Negra y zurrones que ellas mismas hacían. A los míticos César Pérez de Tudela o Pedro Antonio Ortega "El Ardilla", este último recientemente fallecido, muchas veces les dio de comer Guillermina y les atendió, antes y después de sus legendarias ascensiones al picu Urriellu.

Hasta hace dos o tres años aún estaba al pie del cañón en la cocina. A día de hoy, sí se tercia, está aún disponible para pelar patatas o ayudar en lo que sea. En Bulnes está de marzo a diciembre. Solo el duro invierno hace que baje con sus hijos a Arenas.

"He sido muy humana con todo el mundo que iba al restaurante tuviesen o no dinero. Había gente que llegaban sin nada, me pedían un bocadillo y les invitaba a comer lo que fuera", recordaba ayer. Esa generosidad era subrayada por sus amigos como una de sus principales cualidades. Una generosidad unida a su enorme vitalidad que mantiene a raya al paso del tiempo.

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