RAMIRO FERNÁNDEZ
Somos tal cual somos porque formamos una familia. Y ser una familia es mucho más que una palabra; es compartir historia, compartir memoria, compartir pasado y futuro, sangre y sentimientos, enseñanzas, buenos y malos momentos, esperanzas y anhelos... Es, en definitiva, compartir y sentir como si fuéramos uno aunque seamos cientos.
La familia nos dio la vida, nos donó las raíces y nos enseñó a navegar por la vida; el océano más grande de todos los océanos, guiados por una rosa de los vientos que mira siempre a nuestra cuna, a ese Aller, centro neurálgico de nuestro mapa vital, que nos forjó como seres nobles, con carácter y con corazón, y nos permite encontrar, sin pérdida posible, la ruta de regreso a nuestro puerto, a nuestra casa, a nuestra familia, por lejanos que sean nuestros derroteros.
Nuestro «carbayón» familiar tiene raíces profundas, sólido tronco y largas ramas capaces de extenderse desde Aller, Londres y hasta allende los mares... donde sus hojas aprendieron el ritmo del viento de samba.
Éste es un acto de vivo recuerdo a nuestros mayores, de homenaje y cariño a todas y todos los que por amor injertaron en nuestro «carbayón» su compañía; y de nostálgica memoria para mantener vivo el recuerdo de quienes ya no están aquí, pero que siguen a nuestro lado como permanente inspiración y enseñanza imperecedera.
Quienes reciben un acto de homenaje acostumbran a decir que no lo merecen. Nosotros nos hacemos el homenaje a nosotros mismos porque sí lo merecemos. Nos merecemos esta fiesta familiar (y muchas más) porque la deseábamos y necesitábamos. Por eso nuestro deseo es la continuidad. Una continuidad que es un compromiso, un trato irrenunciable de que siempre tendremos a quien acudir, en quien refugiarnos, con quien recordar, querer, compartir y disfrutar.
Por eso hacemos nuestro el canto del poeta: «Familia mía, ustedes saben que pueden contar conmigo; no hasta dos o hasta diez, sino contar siempre conmigo».
Ramiro Fernández es psicoesteta.