M. PÉREZ
Una manada de jabalíes se pasea alegremente desde hace unos meses por los límites de la ciudad, en el entorno de la localidad de Olivares. Los vecinos del lugar, que se han percatado de la presencia de los puercos en fincas y caminos del pueblo, tanto de día como de noche, comentan estos días con asombro la anécdota.
En la localidad ovetense de Olivares, desde hace pocos años, conviven los vecinos del pueblo de toda la vida con los nuevos vecinos que se han asentado en las múltiples urbanizaciones que se han construido en esta área. Cabría preguntarse entonces si es que han llegado los jabalíes a la ciudad o si, por el contrario, la ciudad ha invadido el hábitat natural de la manada. Evaristo Fernández, vecino de Olivares «de los de toda la vida», según explica, cuenta que nunca hasta ahora los jabalíes se habían acercado tanto a la localidad. «Ese monte de ahí es un paraíso para ellos», explica. «Antes no había ahí bichos, pero como esto está vedado de caza y no se pueden pegar tiros, vinieron a criar aquí, porque están más tranquilos y se sienten protegidos», cuenta este vecino. «Yo los veo por aquí desde el mes de marzo, por lo menos. La última vez que me encontré con una manada de cuatro o cinco delante de casa hará quince o veinte días, en septiembre», concreta.
Evaristo Fernández vive en la última casa de Olivares, después de toda la hilera de urbanizaciones de nueva construcción. Su vivienda, la casa del hórreo la llaman, es la más próxima al monte donde se supone que habitan los jabalíes. Evaristo Fernández, su huerto y sus frutales están sufriendo en carne propia la presencia de la manada de cerdos salvajes. «No hacen más que fozar todo. No dejan nada en su sitio, lo ponen todo patas arriba», lamenta el vecino, que se ha visto en la obligación de proteger sus pimientos y demás hortalizas de la huerta con un pastor eléctrico. Asimismo, Evaristo Fernández muestra con resignación los restos que han dejado los jabalíes en su última vista a Olivares: montones de tierra alrededor de su plantación de manzanos. «Vienen a comer, pero lo que me fastidia es que no comen nada. Andarán buscando gusanos debajo de la tierra. De la huerta no me comen nada, sólo lo estropean», apunta este vecino.
Esperando el otoño
Además de las constantes visitas de la manada a los dominios de Evaristo Fernández, también es frecuente verles pasear por las calles del pueblo. «Andar, ándanlo todo. Se meten por el pueblo a sus anchas», comenta este vecino de Olivares. Asimismo, a Evaristo Fernández estos cerdos salvajes no le molestan más allá del destrozo de sus tierras. «Yo miedo no les tengo y no creo que nadie tenga por qué tenerles miedo», cuenta. «Tienen más miedo ellos que nosotros y en cuanto escuchan cualquier ruido escapan corriendo y deshaciendo...», bromea.
Evaristo Fernández espera con paciencia que la estación otoñal se asiente de una vez. La cosa tiene su explicación, siempre relacionada con el asunto del jabalí. «A ver ahora que viene el otoño, que se dan las bellotas y todos los frutos secos del monte. Así tendrán que comer y vendrán menos por aquí», comenta resignado.