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«En el servicio militar nos dimos cuenta de que había que dejar el rollo siniestro»

«"Gabinete" nunca fue un grupo fascista, me siento de la generación punk, y en aquella época entendí que se trataba de eso, de provocar»

 
Jaime Urrutia, ayer, en Oviedo.
Jaime Urrutia, ayer, en Oviedo. luisma murias

JAIME URRUTIA Músico, participó ayer en Oviedo en una mesa redonda sobre el grupo británico «Joy Division»

Ch. NEIRA



Jaime Urrutia (Madrid, 1958) regresó ayer en Oviedo a su infancia musical, al paso de los setenta a los ochenta, que para él supuso ir de «Derribos Arias» a «Gabinete Caligari». Allí, en los primeros singles de una banda que luego sería icono del rock castizo, quedó clara la influencia siniestra de los británicos «Joy Division». Del peso de la banda de Ian Curtis habló ayer Urrutia junto al músico asturiano Chus Naves en un coloquio programado por Cajastur dentro de su ciclo «Intersecciones» para analizar la huella de la formación británica.



-¿Cómo llegó a la música de «Joy Division»?



-En el año ochenta, a través de Eduardo Benavente, que era batería de «Alaska y los Pegamoides» y muy amigo nuestro. Él funcionaba mucho por Londres, se traía discos, y una vez me pasó uno de «Joy Division». Me pareció una historia muy personal y fue una forma de empezar. Éramos muy jóvenes y yo pasé de tocar «Mari Pili» con «Ejecutivos Agresivos» a las primeras canciones de «Gabinete», cosas como «La vida es cruel» u «Olor a carne quemada». Era todo muy siniestro. El mismo nombre de «Gabinete Caligari» lo habíamos tomado de una peli de terror. Fuimos los primeros en España en iniciar esa onda siniestra, aunque en realidad era todo muy independiente.



-¿Hasta qué punto «Gabinete» eran siniestros o se entretenían con ese disfraz?



-Lo que tenía claro era el espíritu del punk, la provocación, y a partir de ahí empezó nuestra cosa personal de brazaletes con insignias, parafernalia militar, decorar la escena... Era un juego de provocación. Tanto que en nuestra primera vez en Rockola salí y dije: «Somos "Gabinete Caligari" y somos fascistas». A partir de ahí se empezó a correr la voz de que en Madrid había un grupo fascista, y luego nos costó muchos disgustos, hasta una amenaza de bomba de ETA mucho después, en los noventa, pero para nada éramos fascistas, sólo era un juego. Me siento de la generación punk y entendía que se trataba de eso, de provocar. Otros grupos de la misma época, como «Nacha Pop», hacían un pop más ñoño, aunque tuvieran grandes canciones. Nosotros íbamos más a la provocación.



-¿La influencia de «Joy Division» sigue presente en el Jaime Urrutia de 2009?



-Sí, hay algo. En la voz de Ian Curtis había algo que me recordaba a la voz de Jim Morrison, que me gustaba mucho. Luego, en la carrera de «Gabinete» hubo muchas referencias a «Joy Division», y también en nuestro disco de 1995 «Gabinetísimo», que era un poco una vuelta a las raíces de la banda. Y ahora, bueno, para bien o para mal, no me puedo quitar mi voz, de un tono similar al de Morrison, Curtis o incluso Lou Reed.



-¿Qué más grupos marcaron sus inicios?



-Es que también fue una época, de 1977 a 1981, en que había una gran variedad. Había grupos de ska, de rockabilly, la onda siniestra, los «Siouxsie and the Banshees», que me gustaban mucho; «Bauhaus», que no tanto, «Cabaret Voltaire»... Todos daban importancia a la espectacularidad de la música. Todo el mundo jugaba a ver qué pasaba con todo. Es la época de mi vida en que más música compré. En 1978 tenía veinte años, y con veinte años lo haces todo. En nuestro caso, era todo muy de verdad, no pretendíamos vender millones de discos, pero había mucho público. Y, sin querer, publicamos «Cuatro rosas» y éramos profesionales, pero sólo habíamos dado cuarenta bolos y no teníamos ni idea del negocio ni de subir al escenario.



-Pero ¿sí una idea clara del grupo?



-En «Gabinete» queríamos decir algo. Nunca entendí las canciones de «mi chica me ha dejado». Había que decir cosas diferentes. Y en ese momento leíamos mucho a Sven Hassel, novelas sobre un batallón de castigo de las SS. Ésa era nuestra imaginería. Se trataba de buscar cosas diferentes. Igual que luego, aunque ahí tuvo que ver que mi padre era crítico taurino, hicimos cosas como «Sangre española». Creo que ésa fue la clave de nuestro éxito.



-¿Siente nostalgia? ¿Cree posible que hoy se diera un efervescencia tal?



-Difícil. España entonces vivía una explosión de libertad que se trasladó a la calle. Los de dieciocho o veinte años tuvimos la suerte de que las cosas sucedieran así, porque mis hermanos mayores sí habían corrido delante de los grises. Por otra parte, ahora veo imágenes y era todo muy cutre. Ves a Alaska en el 79 y te hace gracia. Había pocos grupos que sonaran bien. No le dábamos importancia a nada y había un punto de ilusión, de hacer cosas. La nostalgia que puedo sentir es la misma que cualquiera por la época en que tenía veinte años. De vez en cuando me como algún disco de «Gabinete» de esa época y ya está. Sólo creo que tuve la suerte de estar en el momento adecuado y en la ciudad adecuada.



-¿Cómo influyó la clase social a la que pertenecían?



-Una cosa importante es que los tres «Gabinete» éramos universitarios. Dos nos conocíamos de la Facultad de Filología y el otro estudiaba Periodismo. No éramos chavales de La Elipa como los «Burning». Teníamos referentes culturales, pero éramos pura clase media. Mi primera guitarra la conseguí haciendo conciertos y en casa mis padres se negaban a que tocara en un grupo. A mi padre lo de «Gabinete Caligari» le sonaba a saltimbanqui de circo.



-Y luego pasaron de siniestros a castizos. ¿Cómo dieron el salto?



-Sí, lo llamaron el rock torero, una etiqueta que a mí me gustó, aunque en realidad sólo hicimos tres canciones que tuvieran que ver con lo taurino. Lo que sucedió es que sacamos los primeros singles, «Olor a carne quemada» y esas canciones, y funcionó. Así que dijimos «con dos cojones, hay que tirar por el grupo, pero hay una mili por el medio». Decidimos ir al servicio militar primero y luego dedicarnos profesionalmente al grupo. Ferni se libró, pero Edi y yo nos fuimos al mismo cuartel, a Colmenar Viejo. Ahí fue el cambio. Pasamos de ser los modernos del Rockola a ser un igual entre todo tipo de peña, hasta pastores que no sabían leer ni escribir. Y allí nos dimos cuenta de que no sólo existía el rollo siniestro. Allí se escuchaba a «Los Chichos», lo lolailo, y dimos el cambio. Nos dimos cuenta de que no podíamos seguir con todo el tinglado atormentado de «me flagelo». Sacamos el single «Obediencia», inspirado en nuestro año en el cuartel, y luego ya empezamos con el sonido más «Stones», más americano, de «Cuatro rosas».



-¿En qué anda ahora?



-Colaboro en la radio, en «La Ventana», y preparo disco nuevo. Quiero que salga para principios del año que viene. Estoy preparando los temas, y posiblemente Bunbury haga la producción. Al final no sé si podrá por agenda, pero se lo propuse y él está de acuerdo. Es un músico que me entiende. Además, están haciéndome un documental, un «biopic», que se completará con una serie de vídeos y canciones con una serie de músicos, de Ana Belén a «Pereza», cantando mis temas. Es el proyecto de un director colombiano, Carlos Duarte, que ya ha hecho algo parecido con el director de teatro José Tamayo. Es fan, vino y me contó que quería hacerme una película.

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