CARMEN RUIZ-TILVE
CRONISTA OFICIAL DE OVIEDO
Como el tiempo vuela, ya estamos en agosto y, sin querer ser agoreros, pronto vendrá el frío en el rostro.
Oviedo ya no se queda desierto en este tiempo. Quedan muchos ovetenses y vienen muchos forasteros a descubrir esta bella desconocida, cada vez más desnuda de tópicos.
En otro tiempo los veranos de Oviedo, en general, dividían a los habitantes entre los que marchaban y los que querían marchar, con las notables excepciones de los vocacionales que elegían el placer de veranear en el Oviedo desierto y salir al atardecer a tomar una botellina en alguno de los merenderos que todavía quedaban en la ciudad, tragados ahora por barrios nuevos, algunos de buen ver.
Niños de Oviedo en verano
Un lugar de Oviedo bueno para todo el año es el Campo, donde generaciones y generaciones de niños ovetenses pasaron sus veranos, a veces alternados con la aventura de las verdes praderas en las que la caza de grillos era la práctica principal, con lo que en cada casa había una jaula de grillos, en sentido literal.
Ahora, como ya no hay ni praderas ni grillos, la ciudad ha sabido encontrar para sus niños nuevas formas de pasar el verano, que ni se soñaban hace unos años, cuando todo eran jornadas de puertas cerradas. Estos nuevos clientes del verano ovetense vienen condicionados por la preocupación social creada hacia las nuevas generaciones y por la evidencia de que en la ciudad hay mucho que aprender y mucho que enseñar desde el placer veraniego que rompe la rutina.
Así, el Ayuntamiento ofrece múltiples actividades para todas las edades, desde el mismísimo día de San Pedro y San Pablo, 29 de junio, fecha clásica del arranque del verano con permiso del Señor San Juan. Mañanas en algunos colegios en las que, incluso con comedor, se realizan tareas llamadas lúdico-educativas de alivio indudable para padres y madres con carga laboral. Otras actividades responden al nombre de «Verano a tu aire» y también hay aulas infantiles de apoyo.
Los centros sociales, tantos, también proponen cosas interesantes hasta el 28 de agosto. La formación, la información y el conocimiento de lo cercano y lo exótico caben en tan amplia oferta que convierte a la ciudad en un aula abierta que combina equilibradamente el ocio de las nuevas generaciones con la conciliación laboral de los que fuimos niños en los tiempos en los que hacíamos cola para beber en la fuente del Caracol, sin echar de menos la Coca-Cola. Por cierto, el caracol de la fuente sigue sin cuernos y ya casi no pasa nada.
Hablando de aguas y fuentes, una de la actividades del verano ovetense promovida desde el Ayuntamiento consistió en recorrer expresivamente la historia del abastecimiento de aguas a la ciudad. Empezando por la Foncalada, que ahora tiene una interrogación sobre su carné de identidad en el que consta hija de Alfonso III. Luego se hizo parada en El Fontán, otro nombre de agua, y de allí los niños fueron, en alegre caminata, hasta el Auditorio, que sirve de panteón al depósito de aguas de Pérez de la Sala, que ya no está ni se le espera. Allí los niños y los mayores aprendieron mucho sobre tuberías, metros cúbicos y análisis de aguas, para que todos apreciemos el milagro que supone abrir el grifo y que salga agua cristalina, en una ciudad que sabe mucho de «pertinaces sequías» y zozobras veraniegas de «ni gota ni gota».
Como complemento de lo anterior, o lo anterior como complemento de esto, emparejados en el interés y la oportunidad, el Museo de Bellas Artes de Asturias ofrece a los niños ovetenses actividades de verano bajo el título general de «Educación en el Museo», talleres, itinerarios por el museo para familiarizarse con tanta maravilla y acercamiento puntual a algunos autores muy vinculados y a lo asturiano, todo encaminado a hacer privilegiados a los niños de hoy en su contacto, temprano como debe ser, con el arte.
Lástima que hayamos crecido. Pero también para nosotros, los crecidos, el museo es un permanente baño de belleza.
Colofón
La vida sigue, esta vez con un agosto menos musical. Echaremos de menos conciertos de verano de aquellos que llenaron muchos atardeceres de la ciudad, disfrutados por propios y extraños, otra forma de hacer verano, ya sin golondrinas, cambiadas por las chillonas gaviotas. ¿Dónde nadarán ahora los peces rojos del claustro del Museo Arqueológico?