DIANA DÍAZ
«La del Manojo de Rosas» es uno de los títulos culminantes del último período de la zarzuela y, en las manos del director de escena Emilio Sagi, supuso un gran paso en la recuperación de la lírica española, hacia una dignificación del género que implica el cuidado de todos los elementos de la obra. La revisión de esta producción antológica y su consiguiente impulso desde Oviedo no es sino un acierto.
Después de quince años, esta producción del renovado sainete de Pablo Sorozábal regresa al teatro Campoamor. «La del Manojo de Rosas» sorprende por una música en la que hay que hilar fino, rica en melodías y tiempos de danza, con una instrumentación muy trabajada. La música toma partido en la historia que rodea al triángulo amoroso, a través de un libreto que, con una dosis equilibrada de pasión y humor, no pierde actualidad por su lucidez, simpatía y continuas referencias sociales e históricas. Para el público asturiano es una de sus zarzuelas predilectas, como lo demostró el martes con una entusiasta acogida como hacía tiempo no se vivía en el Campoamor.
En la recuperación de la producción que en 1991 se presentó en el teatro de La Zarzuela, Sagi revisa la escenografía, en una presentación continua y uniforme, y el libreto, de manera que la acción no cojea ni se coarta a los personajes en su desarrollo. Por otro lado, la participación asturiana en «La del Manojo de Rosas» más reciente fue otro aspecto para ganar expectación. Con todo, el hecho de que esta producción, por la que han pasado cantantes y actores que son ahora grandes nombres, continúe en la programación, se extienda por escenarios y sirva así mismo de lanzadera a nuevos artistas, es para valorar.
De este modo, en la producción de «La del Manojo de Rosas», nuevamente levantada con firma ovetense, volvieron a verse el taller La Biela, la floristería de Ascensión y la taberna El Parnasillo. En la calle madrileña se desarrolla una acción llena de dinamismo y detalles, guiños populares en la escenografía y una pasarela de lujo con la firma de Pepa Ojanguren. En la escenografía, diseñada por Gerardo Trotti, se saca partido a los niveles de las casas de la clase media acomodada de Madrid, complementado con un movimiento sobre la escena impecable, al servicio del libreto. Orden y concierto sobre un lío amoroso doble.
En la solución musical, comandada por Virginia Martínez, se profundizó en una partitura de agudos cambios de estilo y combinaciones instrumentales, con sentido de la escena y sensación de continuidad. En ella, la Joven Orquesta «Oviedo Filarmonía» puso a prueba sus atriles, con especial nivel en el segundo acto.
El trío de voces protagonista, por su parte, hizo gala de sus dotes dramáticas en los números cantados y en el texto hablado, extenso, mostrando así una gran técnica vocal sobre el escenario. Sabina Puértolas fue una Ascensión de carácter, coqueta y natural. La soprano se manejó con soltura en su papel, con registro equilibrado y un fraseo de buenos acabados, como en la romanza «No corté más que una rosa» o en los dúos con Joaquín, muy bien «emparejadas» ambas voces.
En este rol masculino, el barítono se encuentra con una partitura muy ambiciosa, que David Menéndez abordó con solvencia, en lo referido a la extensión del registro, el volumen y las bellas melodías. Jorge Rodríguez-Norton, el tercero en discordia, dejó buen sabor de boca, luciéndose dramática y vocalmente, como en los números centelleantes en los que ambos candidatos al corazón de Ascensión se baten. El reparto de «La del Manojo de Rosas» tuvo además dos actores de excepción, Rafa Castejón, que, con Paloma Curros, destacó en los números de musical, y Paco Maestre, un Espasa que tuvo que defender gran cantidad de texto y al que no le va aquello de «por la boca muere el pez».