SABINA PUÉRTOLAS
Soprano, protagoniza «La del manojo de rosas»
Pablo GALLEGO
«Estoy muy contenta. Satisfecha sería la palabra». A menos de dos días para que terminen las funciones de «La del manojo de rosas», Sabina Puértolas, soprano, hace balance de su paso por el puesto de flores de la protagonista de la zarzuela de Sorozábal, en una nueva producción del Ayuntamiento de Oviedo que cuenta con el patrocinio de LA NUEVA ESPAÑA. «Al principio entré muy emocionada, porque me acordé de Milagros (Martín). Este personaje (Asunción, la protagonista) es ella. Y el buen ambiente que reina entre el reparto, compuesto en su mayoría por jóvenes cantantes españoles, hace que la relación entre los personajes vaya más allá. «Las funciones se van volando, porque hay mucha química entre nosotros, y en escena hay una obra, pero fuera hay otra. Y no sé cuál es más interesante. La fiesta de fuera llega hasta el escenario».
-¿Qué le preocupa más cuando le toca enfrentarse a un papel nuevo, la partitura o la dramaturgia?
-En la ópera tienes la ayuda de la música, que te da la dramaturgia, pero en la zarzuela tienes la palabra, así que estás completamente desnuda. Para mí es mucho más difícil la zarzuela. Y no sólo por el texto, en lo vocal también, es muy grave. De cantar «La sonnambula» o «La hija del regimiento», aquí estoy en los infiernos. Pero me encantan los riesgos, y si me ofrecen algo es porque creen que puedo hacerlo.
-Emilio Sagi asegura que usted será una de las grandes.
-Pues dígale que no (ríe). No sirvo para ser una de las grandes. Si llega llegará, pero no porque yo lo provoque.
-¿No quiere ser una diva de la ópera?
-Yo ya soy diva. Estoy en un momento de mi vida en que, con mi hijo y mi marido, formamos un equipo de tres muy bien compenetrado. Él me apoya en mi trabajo, y hago lo que quiero hacer. Soy relativamente poco conocida, pero tengo contratos en el Covent Garden. No me gustan las grandes masas, ni saber que te critican por haber cogido el puesto de otra. No quiero exponerme tanto. Prefiero las cosas de cara.
-¿Se valora lo suficiente poder vivir de hacer lo que le gusta?
-No. Me encanta cantar, y el escenario. Además vivo bien, tengo contratos, y puedo permitirme el lujo de traer a mis padres para que cuiden al peque. Vivo. Y me encanta disfrutar. Es cierto que viajamos mucho, pero el Campoamor es un teatro en el que te encuentras como en casa. Vengo de Lausana, en Suiza, todo precioso, en francés, muy así, pero a las seis y media cerraba todo. ¿Dónde me metía yo? Mis suegros son de Mieres, así que aquí me voy a una sidrería, paseo, hago mis compras, estoy encantada.
-Hasta canceló «Semele» en Bruselas.
-Empezaba los ensayos el 4 de agosto, pero le dije a mi agente «no quiero ir a Bruselas». Sé que el teatro se me ha cerrado, pero quería estar aquí. Necesitaba estar aquí. Hay momentos en la vida en que decides algo y tienes que acatarlo.
-¿Un buen mánager es básico para sobrevivir?
-Sí. Yo no sirvo para negociar, soy demasiado directa. Tengo claro qué quiero hacer, pero las cosas no se hacen así. Estoy muy agradecida a mi agente, él lo hace todo, y se gana el sueldo, porque lo que yo quiero es estar con mi familia. Así que voy allá, canto y regreso. Ahora mismo es el equilibrio perfecto.
-¿Cree que la coyuntura económica actual afectará a futuros proyectos?
-Seguramente sí, porque de algún sitio lo tienen que quitar. Mis contratos futuros son en teatros grandes, así que espero que no pase nada. Pero en los que dependen de subvenciones éstas bajarán, los cachés también, y la escenografía y la orquesta serán más pobres.
-¿Italia es quizá el país que más lo está sufriendo?
-Italia es un desastre, pero lo era ya hace años. En el resto del mundo te dicen las fechas, pero allí no. Ya caerá. Me pasó cuando canté en la Scalla «Un ballo in maschera» con Mutti. Pero donde mejor me encuentro es en Francia. Allí se trabaja muy bien, tratan a todos igual. Desde el primero hasta el último.
-¿Qué es más difícil, conseguir el primer papel con el que la carrera empieza a rodar, o mantenerse a cierto nivel sin caer?
-Los comienzos con siempre muy difíciles. Incluso estuve seis meses con «Ópera 2001», recorriendo España en autobús.
-¿Las compañías itinerantes están infravaloradas?
-Mucho. Porque dan opción a que pueblos pequeños con teatros grandes vean una ópera en condiciones. No éramos Di Stefano y la Callas, pero la función era decente. Estoy orgullosa de haber empezado así, porque yo ahí aprendí muchas cosas. Muchas.
-¿Se plantea establecerse fuera de España?
-No. Me gusta ocuparme de mi casa. Y aunque sea capaz de cantar un do o un mi sobreagudos también friego los platos. Además de cantante soy madre, esposa y ama de casa. De vez en cuando tienes que bajar el ritmo un poco, porque si no acabas creyéndotelo. Y al final todos somos mortales.
-Uno de sus puntos fuertes es la música barroca. ¿Debería programarse más?
-La primera vez que lo hice no pensaba que iba a ser capaz. De ahí me fui al «Ariodante» de Haendel en el Real, y con Christophe Rousset he hecho muchas cosas. Parecía soso, frío, pero hay melodías preciosas. Ves que la ópera puede ser todavía mejor con unas cuantas cositas del Barroco. De cara al bel canto te abre la mente. Hay que hacer más barroco.
-¿Se deja de aprender alguna vez?
-No. Deberíamos estar aprendiendo siempre. Por circunstancias externas tu cuerpo y tu mente cambian, no somos cantantes y ya está. A lo mejor dentro de un año soy otra. Puede pasarte algo en la vida, un golpe duro o por el contrario algo muy bueno, que te hace cambiar. Y eso también afecta a la forma de cantar.
-¿Alguna vez ha dicho «no» a las exigencias de un director de escena?
-No, porque prefiero hablar. Negociar. Me gusta experimentar, y le cambio una cosa por otra. Pero en temas de vestuario nunca me ha tocado quitarme las bragas o cosas así, y espero que no me toque. Porque no me gustaría decir que no y tener que irme. Esas cosas no me gustan.
Sabina Puértolas
Formada entre España e Italia, la soprano navarra se ha hecho, poco a poco, con un puesto en el firmamento de las cantantes que dominarán los teatros internacionales en los próximos años.
Después de su debut en «La Generala» y tras interpretar a la Rosina de «El barbero de Sevilla» en Lausana, ha vuelto a Oviedo para protagonizar «La del manojo de rosas» de Sorozábal, junto al asturiano David Menéndez, en una producción de Emilio Sagi con dirección musical de Virginia Martínez. Muy vinculada a Asturias -la familia de su marido es de Mieres- cuando baje el telón del Campoamor cantará tres conciertos con José Carreras, será Nanetta en «Falstaff» con Ruggiero Raimondi, Farnace en Viena o Satirino de «La Calisto» en París a las órdenes de Christoff Rousset, uno de sus directores fetiche.
«Con mi hijo y mi marido formo un equipo de tres, no me gustan las grandes masas ni saber que te critican por haber cogido el puesto de otra»
«No somos cantantes y ya está, la vida te hace cambiar y eso afecta a la forma de cantar»