BORIS IZAGUIRRE
Comunicador y pregonero
Chus NEIRA
Borsalino y jet lag por el vuelo desde Miami, Boris Izaguirre (Caracas, 1965) aterrizó ayer en Oviedo para dar el pregón de San Mateo y pasar un fin de semana con amigos que incluirá bajar el Sella y acudir a la ópera. «Como James Bond», bromeó. Dice que Oviedo le hizo «click» y se enamoró definitivamente cuando presentó la gala, el año pasado, de los Premios Líricos.
-Y ahora pregonero. De lo culto a lo popular. ¿Convive bien con uno y otro lado del mundo?
-Quizá forma parte de mi educación, pero siempre pensé que nada está reñido, que todo se puede unir. Es una de las razones por las que soy comunicador, para unir las cosas. El poder de la televisión y de la literatura es ese, argumentos que agrupan, que unen.
-Aunque el escritor trabaja de forma muy íntima y el presentador muy expuesto.
-Pero al actuar siempre tienes un camerino, que es un lugar muy sagrado y muy silencioso. No soy actor, no soy cantante. Siempre he actuado en lugares íntimos como los platós de televisión, donde generalmente se produce una rarísima intimidad.
-Lo del pregón es distinto.
-Ojalá. Creo que lo interesante es plantearse un pregón en un momento como el que estamos viviendo en todo el mundo, celebrar una fiesta en el momento en que menos motivos hay de fiesta. Hay que echar mano de lo entrañable para superar estos momentos difíciles. Y si es acompañado, mejor.
-Acaba de llegar de Miami. ¿Ve crisis por todas partes?
-Es increíble, la globalidad sirve también para eso. Hace dos años veías a gente cargando con bolsas por todo el mundo, y ahora vas por los mismos sitios y es raro cuando ves a uno. Es como si los movimientos estuvieran paralizados. Todo el mundo tiene las mismas estadísticas aterradoras, pero también te encuentras a gente joven que te dice que una crisis sirve para crecer. Ese ímpetu me parece una buena idea.
-¿Pero usted es apocalíptico con las crisis o ya vislumbra la luz?
-Yo siempre he vivido en el Apocalipsis, con la deuda externa que tanto nos marcó en Venezuela. Ahora todo el mundo vive con eso. Aquello fue lo que me hizo dejar mi país y llegar a Galicia, y así empecé mi vida en este país. Por eso para los inmigrantes de los noventa es importante que nos mantengamos acá. Es una prueba más de nuestra nacionalidad adoptada superar la crisis aquí.
-¿La crisis mejora el arte?
-Lo estás viendo en la literatura. No es casual el fenómeno Larsson. Tiene que ver con que el lector ha vuelto a tomar las riendas de su influencia en la cultura en general. Es un momento estupendo para quienes escribimos pensando en el lector.
-A la televisión le afecta más.
-Le ha dado donde más le duele. Se ha dado cuenta de que tiene que hacerse más humilde. El ejercicio de todos nosotros es entender la necesidad de la humildad mientras dure la crisis. Ojalá que este proceso sirva para entender que no todo está basado en el éxito, en el dinero, que la audiencia es sólo un dígito.
-¿Primer recuerdo de Oviedo?
-El más importante es el de 1994, cuando viene a la feria del libro de Oviedo a presentar «Azul petróleo», que es una de mis novelas más complicadas, con un incesto escandaloso. Sin embargo, fue la feria del libro de Oviedo, que apostó por ella, la que dio un giro a la vida de este libro.
-Y la visita definitiva, dice, fue la del año pasado.
-Es una capital que, siendo muy española, le pertenece a otros países de la UE por su talante y por su mundo cultural que procede de ese teatro. Oviedo es como una ciudad adosada a un teatro. Eso es un sueño.
-Chávez en la Mostra y ahora en España. ¿Cómo lo ve?
-Los años de carrera televisiva lo han convertido en un «showman». Creo que ha estado bastante inteligente en la alfombra roja. Aquí tendrá manifestaciones numerosas en su contra. Es complicado analizarlo, supongo que cuenta también con ello.