Chus NEIRA
No es la primera vez que pasa. La explanada del Tartiere da para mucho, y la carpa del Eco Festival, prevista para acoger a unas seis mil personas, difícilmente sumaba ayer bajo los haces de láser las dos mil setecientas almas en el ecuador de la cita electrónica de San Mateo, a las once de la noche. Quedaba mucha noche y, en teoría, más oleadas de público, por mucho que en ese momento, sobre el escenario, oficiara la estrella del cartel: el francés Laurent Garnier.
La primera edición de este «Electronic Culture Oviedo» había arrancado mucho antes, sobre las cinco de la tarde, con el ovetense Hugo Rolán haciendo un set para los pocos que empezaban a dejarse caer bajo la inmensa carpa. En los alrededores, la tónica era un goteo constante de chavalería variopinta cargando con bolsas de plástico y arsenal botellonero para calentar el previo.
Después de la sesión del asturiano, que sufrió un poco de retraso por las pruebas de sonido del francés y sus músicos, siguieron «Âme y Karotte», con propuestas techno surtidas, del palo experimental al más profundo, hipnótico y efectivo.
Para cuando Laurent Garnier y los suyos se subieron al escenario, pasadas las diez de la noche, la carpa ya empezaba a presentar un digno aspecto de hervidero electrónico. A pesar del poco público, el personal se había esparcido los suficiente para cubrir el hueco de medio aforo. Y se lo pasaban bien. Sobre el escenario, el francés dirigía a sus muchachos (dos músicos en la sección de vientos, un acompañante a la cacharrería digital de la mesa central desde donde el jefe mandaba y un tipo para todo que fundamentalmente se encargaba del Fender Rhodes y de un bonito sintetizador analógico). No lo hacía como los directores clásicos ni como los líderes del rock. Un híbrido. Frenética gesticulación y órdenes como las de un entrenador desde la banda en un partido de cuartos.
Garnier se lo pasaba en grande y exprimía el lado más interpretativo de un género que, por otra parte, basa su éxito en todo lo contrario (el loop, el ritmo que escupe la máquina). Abajo, cubatas de plástico, brazos en alto surcando el drum'n'bas, colgantes y juguetes con lucecitas maravillosas, miradas perdidas, halladas, trapicheos, risas, postureo, colegueo, pandillas y fiesta. Mucha fiesta. Que de eso se trataba la cosa. Hasta las seis. O así.