PEPE MONTESERÍN
Es la ópera «Ariadna en Naxos» metáfora sobre la conveniencia de sobreponerse a una decepción amorosa con otro amor. O sea, cómo quitarse una mancha de tomate con otra de calamar. La pobre Ariadna, a quien Teseo abandona en la isla de Naxos, supera su dolor animada por Zerbinetta y cuatro cómicos (uno de ellos, Scaramuccio, Juan Noval Moro, tenor de Pola de Siero) y se va con Baco, o sea, Guatepeor, un gordito canadiense que, entre trago y trago de su petaca, le dice a Ariadna: «Und eher sterben die ewigen Sterne, Eh' denn du stürbest aus meinen Armen», es decir, «¡Antes morirán las estrellas eternas que tú entre mis brazos!», ya le vale. Yo quitaría lo de «eternas», más por redundante que por falaz, e inclinaría un pelín hacia abajo la pantalla traductora, situada en el dintel de escena del Campoamor, más arriba del bambalinón, ajena al patio de butacas.