Javier NEIRA
A las cinco en punto, como si fuese el primer miura de la tarde, el haiga de apertura del desfile del Día de América en Asturias llegó a la plaza de la Escandalera, ante la tribuna de autoridades y amigos. Los datos del tiempo eran: 19,7 grados de temperatura, 996 milímetros de presión, 59 por ciento de humedad, nubes a 1.103 metros de altura y, ay, 90 por ciento de probabilidad de lluvia. Como los haigas tienen que ir a buen ritmo para no calentar en exceso, tras el miura hubo una larga pausa y después la Banda de Gaitas «Ciudad de Oviedo», afinadas en si bemol, como dijo la «speaker» por megafonía mientras la grúa de la TPA daba pasadas rasantes según el fenómeno denominado cabezas calientes.
Ambiente de gran fiesta. Gigantes y cabezudos, con Telva y Pinón al frente como eterno homenaje a Alfonso -creador de casi todo lo imperecedero del pasado siglo-, y después, la primera carroza de la tarde, original de Valdesoto, con dos impresionantes teitos, un verosímil oso de atrezo y ovejas y pitas muy vivas.
La ciudad y la provincia, como se decía cuando el desfile fundacional, hace ya casi 60 años, estaban ayer en la calle hasta sumar 100.000 personas. Un camión de Bomberos del año 1920, una carroza con monos, presidida por la cantante infantil Susana y su góndola, cantando entusiasmada, un espectacular grupo de gigantas autodeslizantes y sus fuegos japoneses, la carroza y el conjunto de Ecuador con su bandera nacional -como el resto de los países hermanos, mientras que la rojigualda apenas se vio-, y cuando el magnífico Bando de San Roque llegaba a la tribuna oficial -poco representativa de la ciudadanía y, a fin de cuentas un endémico tapón para el desfile- empezó a llover. Sí, la probabilidad era muy alta.
«¡Viva San Roque y el perru!», gritaban los llaniscos mientras, en segundos y como por magia, el paisaje se poblaba de paraguas. Los del bando del santo francés entregaron al alcalde, Gabino de Lorenzo, una montera picona que le ayudó a aguantar el chaparrón, y con él y como él miles y miles de ciudadanos. Nadie quería perderse la fiesta.
El orbayu, que al poco fue un aguacero sin contemplaciones, alteró el desfile. Las llaniscas arriesgaron sus espléndidos trajes -tan vistosos como caros y delicados-, pero dos carrozas hispanas que las seguían en el desfile tuvieron que abandonar porque las plumas naturales de marabú que exhibían valen un Potosí y en segundos habrían sido pasto del agua. A grandes males, grandes remedios. El cortejo apretó el paso y gracias al nuevo ritmo lució más el desfile, el público aguantó a pie firme, mientras las serpentinas húmedas acortaban el vuelo. Tras los dominicanos llegó la carroza con la reina del Centro Asturiano y su grupo, muy vistoso y después, el Mateín, ¡sin paraguas!, acompañado de muchos niños vestidos de asturianos, y los peruanos -también con su bandera- cantando «amigo de la tristeza soy / buscando un amor yo voy».
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