JONATHAN COCKER
Director de escena de «Tosca»
Pablo GALLEGO
Jonathan Cocker dirige una escuela de ópera en Londres. «Los cantantes de hoy en día lo tienen muchísimo más difícil que los de hace veinte años», asegura. «La competencia es feroz, y ya no sirve sólo cantar; la ópera se ha convertido en un deporte en el que sólo el más completo gana». Durante estos días Cocker dirige los ensayos que culminarán el próximo 8 de octubre con el estreno de «Tosca», el segundo título de la 62.ª temporada de ópera de Oviedo, que, entre otras instituciones, cuenta con el patrocinio de LA NUEVA ESPAÑA. El objetivo, «contar una muy buena historia, siguiendo las pautas dramáticas de Puccini del principio hasta el final».
-¿Resulta complicado trabajar según las ideas de otra persona?
-Cuando era estudiante trabajé con Anthony (Besch), así que recuperar ahora su trabajo junto a Peter Rice me produce muchísima emoción. Espero que seamos capaces de hacer justicia a sus ideas.
-¿Qué papel juegan los cantantes en esta producción?
-Son los absolutos protagonistas. Todos han cantado antes este papel, y no me sorprendería que el señor Pons tuviese el récord en número de interpretaciones de Scarpia. Sólo tienen que adaptarse a las ideas que yo les propongo, porque aquí lo importante no son los vestidos o los decorados, sino el carácter de cada personaje, algo que viene dado por la música y la palabra.
-¿Quién es Floria Tosca?
-La pasión. Hasmik (Papian) será una «femme fatale» increíblemente inteligente, capaz de manipular y hasta de matar para sobrevivir y conseguir su objetivo, el amor de Mario, un sentimiento que se transmite en las arias del pintor. Los tres protagonistas forman un triángulo fantástico.
-Parte del público critica la preponderancia del director de escena sobre el responsable musical.
-Quizás algunos me llamen antiguo, pero, según mi opinión, la función de la escena es contar una historia a partir de la música, más allá de las ideas de cada director. A nadie se le ocurre coger un Velázquez y pintar el fondo de otro color, pero sí se le puede cambiar el marco (ríe).
-En este caso, a 1943.
-Y funciona muy bien, tanto en el desarrollo de los personajes como para el público. Quienes no lo hayan vivido lo recordarán de las películas, de las historias de sus padres o sus abuelos, y el impacto visual y sentimental es inmediato; acerca la ópera a la realidad más próxima.
-¿Cuál es el punto de partida para una nueva producción de ópera?
-¿Para mí? La música. Escucharla, sin ningún estímulo visual, para ver qué sensaciones me produce. Después trabajo el texto y la relación entre los personajes. Cuanto más simple es la escena, más atención se presta a la música y al texto. Y a partir de ahí, con el responsable de la escenografía construimos un mundo.
-¿Encuentra diferencias entre el público anglosajón y el español o el italiano?
-No es que los ingleses no aprecien la ópera, es que no son nada ruidosos; pero los países latinos producen mucha más energía, gritan, hablan, discuten, se tocan. Es algo cultural.
-¿Se imagina una Tosca gorda?
-La imagen importa, pero también sacar lo mejor de cada cantante. Si su voz es la adecuada y resulta creíble como actriz, ¿por qué no?