David ORIHUELA
Vejaciones sexuales, malos tratos físicos y psíquicos y una familia secuestrada en su propia casa, sin comida, sin dinero y amenazada de muerte para que no pidiese ayuda. Es el infierno que, según se desprende de las investigaciones judiciales y policiales, se vivía en el piso de la familia Blanco en el número 19 de la calle Mariscal Solís, en Vallobín. Una macabra espiral de violencia difícilmente comprensible que culminó el pasado 23 de junio, la noche de San Juan, con el asesinato y descuartizamiento de la joven María Luisa Blanco. Su hermano Pablo y dos inquilinos que también vivían en el piso, Jesús V. P. y Cristian M. P., permanecen encarcelados desde entonces, acusados de la terrible muerte. En la vivienda, un piso de apenas 60 metros, convivían siete personas: María Rosario Blanco y sus dos hijos (María Luisa y Pablo Luis), Cristian y la pareja formada por Jesús y Larissa L. R., con su bebé de pocos meses. El padre de la víctima, Gil Blanco, separado de su esposa, vive en Vázquez de Mella, en el mismo barrio.
¿Cómo se llegó a la cima del horror? Todo empezó en agosto de 2008. Pablo Luis ofreció su casa a Cristian, que por entonces, según asegura, «vivía y dormía en la calle». El chaval, de 20 años, no mantenía ningún tipo de relación con su familia, así que se instaló en el piso de Mariscal Solís.
Un mes después, Cristian llevó a la casa a su gran amigo de la infancia Jesús, un año menor que él, y a su novia, Larissa, de 17 años. Cristian idolatraba a Jesús, al que llamaba «el Duke». En la extensa red de relaciones en internet, con perfiles en redes sociales, blogs y redes de contactos, Cristian muestra su devoción por Jesús. En su declaración ante la juez deja ver que lo que también le tenía era pavor.
La madre de la víctima asegura que Cristian se portaba «de maravilla» con la familia Blanco antes de llegar Jesús a la casa. «El jaleo», como dice Rosario, empezó en octubre, un mes después de llegar la pareja a la casa. A ninguno de los habitantes del piso, salvo a la madre, que trabajó en el hospital Monte Naranco, se le conoce oficio. María Luisa, la víctima, tenía una pensión por incapacidad.
Desde octubre de 2008 hasta mayo de 2009 la situación fue empeorando. Ese mes Larissa dio a luz un bebé. Los inquilinos, encharcados en el pequeño tráfico de drogas para arañar ingresos, se hicieron con el mando de la casa aprovechándose de una familia con dificultades de adaptabilidad social. A la madre y a la joven que luego fue asesinada les quitaron las tarjetas de crédito y las obligaron a firmar la compra financiada de varios artículos de informática y hasta una motocicleta para Jesús. A las dos mujeres sólo les daban latas de fabada o lentejas. Pero el pasado 23 de mayo algo cambió. La madre y sus dos hijos fueron a anular la tarjeta de El Corte Inglés, y con este gesto abrieron aún más las puertas del infierno. Rosario ya no tenía dinero ni para comer, y tanto ella como sus dos hijos pasaban hambre. Como respuesta a la anulación de la tarjeta recibieron una paliza. «Nos machacaron», afirma Rosario.
En un intento de salir del clima de terror, la familia Blanco puso una denuncia ante la Policía, y Pablo y María Luisa se fueron a casa de su padre. Jesús, cuya sola presencia aterrorizaba a los propietarios de la casa, los encontró, reventó la cerradura del piso de Gil Blanco, los llevó de nuevo a la vivienda de Mariscal Solís y los obligó a retirar la denuncia. Lo hicieron.
Cuando les quitaron las llaves de su casa, empezó el secuestro en su propia vivienda. Y se iniciaron lo que fuentes judiciales califican de «juegos macabros» ideados por Jesús. Los hermanos fueron obligados a mantener relaciones sexuales delante de su propia madre. Y de continuo, castigos, golpes, vejaciones y amenazas. «Si hubiese pedido ayuda a gritos por la ventana, me hubiesen matado», asegura la madre.
El delirio de Jesús le llevaba a obligar a María Rosario a decirle en voz alta que era él el que mandaba en la casa. La madre pidió ayuda a una asistente social y a una abogada, pero no fue suficiente. Le dijeron que los echase de casa. No pudo.
Y llegó la noche de San Juan. María Luisa fue asesinada y descuartizada. Dos días después, una llamada alerta a la Policía, que a las seis de la tarde acude a la vivienda. Los investigadores, profesionales con décadas a sus espaldas, aseguran no haber visto nunca nada igual. Cuando Pablo abrió la puerta a la Policía, dijo: «He matado a mi hermana, el cuerpo está en la nevera, y la cabeza en el congelador». La joven fue estrangulada con una barra de hierro y los implicados pensaban hacerse con perros para desaparecer el cuerpo. Los implicados se acusan ahora mutuamente del crimen.